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LA OPINIÓN PUBLICADA

De Podemos a Vox

Publicado: 17/01/2026 ·06:00
Actualizado: 17/01/2026 · 06:00
  • Pablo Iglesias e Íñigo Errejón durante un acto en Valencia.
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Hubo un tiempo, allá por 2014, en que Podemos parecía invulnerable. Daban igual las críticas o los ataques desde los medios: el público que se había ido a Podemos quería creer, se había ilusionado con el cambio y les iban a votar, pasara lo que pasase. Las encuestas daban guarismos, a finales de 2014, que ponían a Podemos por delante del PSOE y disputándole una eventual victoria electoral al PP.

En aquel momento, cuando Podemos alcanzaba el 30% de intención de voto, según algunas encuestas, muchos se preguntaron de dónde salía tanta gente. En las Elecciones Europeas de mayo de 2014 Podemos obtuvo un 8% de los votos. Dada la naturaleza de esas elecciones (no hay mucho interés por ir a votar, pero sí hay alicientes por ejercer el voto protesta), parecía verosímil pensar que se trataba de un votante bastante politizado, fundamentalmente proveniente de la izquierda española. Sin embargo, esa erosión del PSOE no podía explicar, por sí misma, que Podemos ascendiese nada menos que veintidós puntos, hasta el 30% en los sondeos de algunos meses después. Además del votante clásico de la izquierda (PSOE - IU), Podemos también había logrado entrar en los abstencionistas, un colectivo de población variopinto, pero (lógicamente) caracterizado por su desafección hacia la política y el sistema de partidos tradicional. Dispuestos, al menos algunos de ellos, a volver a las urnas, o a ir por primera vez en su vida, si alguien lograba ilusionarles.

Un votante en el que, a su vez, los electores más jóvenes estaban sobrerrepresentados, precisamente porque ya en 2015, igual que ahora (bueno, igual no: ahora es peor, pero ya me entienden), los jóvenes veían que sus intereses y prioridades no estaban en absoluto representados por el bipartidismo clásico. Y un votante que, dado que Podemos provenía de la izquierda y se ubicaba en ese espacio (cada vez más nítidamente conforme pasaba el tiempo), contribuyó a oscilar la balanza electoral hacia la izquierda, en respuesta al cansancio con los años de gobierno del PP y Mariano Rajoy y sus dificultades para lidiar con la crisis económica.

De hecho, la disyuntiva entre ser una alternativa al PSOE o aspirar a algo más fue uno de los factores de enfrentamiento más importantes entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Iglesias pensaba en Podemos como una especie de Izquierda Unida más potente, que pudiera disputarle al PSOE uno de los dos puestos del bipartidismo. Errejón, en cambio, buscaba un votante más transversal mediante una estrategia de oposición a los poderes clásicos (los de arriba y los de abajo, etc.), para al final, si todo salía bien, acabar haciéndose con el espacio político... del PSOE. Dos estrategias para un mismo fin, ninguna de las cuales logró su objetivo principal, como es notorio (pero por muy poco).

Diez años después, y siete años después de que Pedro Sánchez, apoyado por Unidas Podemos, alcanzase La Moncloa, la izquierda no tiene ningún poder irradiador entre aquellos votantes que quieren protestar o buscan un cambio. Por dos sencillas razones: llevan siete años gobernando y no han satisfecho las necesidades de colectivos de votantes que, en principio, podrían ser afines, por desposeídos. La surrealista medida (desde el punto de vista de las políticas progresistas) anunciada por Pedro Sánchez para aliviar las cuitas del mercado del alquiler de viviendas, consistente en librar del IRPF a los caseros que no suban aún más los alquileres, habla por sí misma respecto de las prioridades del PSOE entre la disyuntiva de satisfacer a la clase media rentista, que en parte les sigue votando, o a las capas de población precarias que sobreviven como pueden a unos alquileres desatados.

Así que en 2026 estamos viviendo una situación que es un espejo de la que vivimos en 2014: ante la ausencia de alternativas, y con una gran contestación social a las limitaciones de quienes llevan años gobernando, hay un colectivo muy importante de votantes que está optando por el único partido que encarna una enmienda total al orden vigente. Y ese partido es Vox. Lo cual explica, por un lado, su crecimiento electoral. Por otro, la aparente invulnerabilidad de Vox a sus insuficiencias o contradicciones, como apoyar a Donald Trump a muerte, cuando es un dirigente que se dedica a amenazar, desde diversos puntos de vista, la lozanía de la patria española; o como participar y apoyar al gobierno de Carlos Mazón y al mismo tiempo ser el principal beneficiario electoral del desastre de la Dana. Y, por último, también explica las dificultades en las que se acabará encontrando Vox para integrar a sus votantes, que comienzan a ser variopintos, en un mismo proyecto (cualquiera que éste sea).

  • El presidente de Vox, Santiago Abascal, y el presidente de Estados Unidos Donald Trump. -

Porque Vox nace como una escisión del PP que aspira a ocupar un espacio a su derecha, igual que Podemos respecto de IU y el PSOE. Sus primeros votantes tienen una consistencia ideológica muy clara por su procedencia. Pero con el tiempo, conforme se ha prorrogado el Gobierno (y la agonía) de Pedro Sánchez, a este colectivo inicial de votantes se han unido otros, sobre todo jóvenes, sobre todo hombres, cuya adscripción ideológica, aunque en apariencia esté igual o más radicalizada que la de los votantes iniciales, en realidad responde sobre todo a la necesidad de protestar frente a un estado de las cosas que perciben como injusto en sus fundamentos, y del que culpabilizan a quien está en el Gobierno.

De ahí que el eje electoral se esté inclinando hacia la derecha, igual (o, de hecho, más) que cuando en 2015 se inclinó hacia la izquierda. Se inclina no porque el PP suba (de hecho, baja ligeramente respecto de sus resultados de 2023, ya decepcionantes), sino porque el PP más o menos resiste y Vox acaba recibiendo, directa o indirectamente, los réditos del desplome progresivo de la izquierda, con un PSOE cada vez más debilitado y unos partidos a su izquierda hundidos y además divididos. Si a ello unimos que el sistema de distribución provincial de escaños, que prima a la "España vacía", beneficia mucho más a la derecha, podemos intuir que las próximas elecciones no sólo darán lugar a una mayoría de PP y Vox, sino a una mayoría muy clara, en votos y más aún en escaños (en la mayoría de las provincias el reparto será entre tres opciones, y de ellas dos pertenecerán a la derecha). Y después, sólo después, empezaremos a ver la vulnerabilidad electoral de Vox, una vez -como es previsible- no solucionen mágicamente los acuciantes problemas que afectan a la sociedad española, entre otras cosas porque tendrán que legislar a favor de algunos de sus votantes y en contra de los otros. En su favor, que a los votantes les costará olvidar la inoperancia del Gobierno que les habrá precedido.

  • El presidente de Vox, Santiago Abascal. -

 

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