La expresión es coloquial, pero describe una técnica de poder tan vieja como eficaz: no eliminar al rival, sino desgastarlo. No enfrentarse a él de forma abierta, sino aislarlo, dejarlo sin recursos, exponerlo al fracaso y, finalmente, presentar su caída como algo inevitable. Felipe II fue un maestro en ese arte. Y la política española contemporánea no ha inventado nada nuevo.
El caso paradigmático es Juan de Austria, hermanastro del rey y héroe de Lepanto. Carismático, popular, querido por el ejército y con una imagen pública que eclipsaba a la del propio monarca. Para Felipe II, obsesionado con el control y la estabilidad, aquello no era una virtud, era un riesgo para su liderazgo.
¿Qué hizo el rey? No lo ejecutó ni lo apartó de golpe. Le dio un gran destino —Flandes—, pero sin dinero suficiente, sin tropas adecuadas y bajo vigilancia constante por gente de su absoluta confianza. Juan de Austria fue enviado a gestionar un conflicto imposible, sin margen real de maniobra. Fracasó, se desgastó y murió joven, política y físicamente agotado. Nadie lo traicionó de frente. Simplemente, lo dejaron solo.
Cinco siglos después, la lógica es idéntica. Cambian los escenarios, no el método.
En la política española actual, el poder raramente fulmina a alguien de manera directa. Prefiere quemarlo. El patrón se repite: figuras con liderazgo propio, respaldo territorial o capital simbólico suficiente como para incomodar al líder acaban siendo neutralizadas sin ruido.
El caso de Susana Díaz es ilustrativo. Presidenta andaluza, controlaba el mayor aparato territorial del PSOE y tenía ambiciones nacionales. El error no fue perder una elección, sino disputar el liderazgo de Pedro Sánchez. A partir de ahí, el apoyo desapareció. Sin red, sin protección, sin margen.
Algo similar, aunque con distinto perfil, ocurrió con Pablo Casado. Formalmente líder del PP, pero sin control real del partido. Cuando el conflicto con Ayuso estalla, el aparato no actúa. Nadie lo defiende. En 48 horas queda políticamente solo. No fue una conspiración: fue una retirada en cascada de apoyos.
También está el ejemplo de Inés Arrimadas. Su ascenso fue fulgurante, pero sin estructura ni poder orgánico real. Se la proyectó como líder nacional sin los mimbres necesarios. Resultado: desgaste rápido y desaparición política. Promoción sin control es otra forma de sacrificio.
Más sutil es el caso de Margarita Robles. Popular, respetada y eficaz. Nunca se la quema, pero tampoco se la deja crecer fuera de su ministerio. Integrada, útil y contenida. Felipe II habría aprobado la estrategia: mejor tener al talento dentro, pero limitado.
La lección es clara en política, la lealtad pesa más que la brillantez y la autonomía se castiga. El problema no es destacar, sino hacerlo sin permiso.
El poder moderno, como el del siglo XVI, rara vez necesita mancharse las manos. Le basta con controlar el grifo de los recursos, los apoyos y los tiempos. El resto lo hace el desgaste.
Juan de Austria no cayó por incompetente. Cayó porque era demasiado peligroso. En eso, la política española sigue siendo sorprendentemente clásica.