Opinión

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Cruzar en Teherán

Publicado: 04/03/2026 ·06:00
Actualizado: 04/03/2026 · 06:00
  • Imagen de archivo del cielo de Teherán en plena ofensiva israelí y estadounidense contra el país, a 28 de febrero de 2026
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La intrahistoria de esta columna comienza en Teherán. El bombardeo de Israel y Estados Unidos y la respuesta iraní reactivaban los recuerdos de mi breve viaje por la capital del antiguo imperio persa. Hace ya más de seis años. Allí aprendí a cruzar entre el caos de un tráfico incandescente. Los semáforos son poco menos que un adorno, los pasos de cebra parecen considerarse un vestigio del occidentalismo del Sah y las avenidas son amplias. Los vehículos, coches, furgonetas, camiones y, sobre todo, un incesante avispero de motocicletas, no se detienen. “Para cruzar”, me advirtieron, “debes evitar el contacto visual con los conductores”. “Si ven que los ves, no se paran”. La única solución posible es un salto de fe como el de Indiana Jones a punto de acceder al cubículo del Santo Grial. Y confiar en que la suerte te deposite en la acera de enfrente.

El siguiente compás de este pequeño vals se detenía en la amabilidad persa. Los iraníes de la calle son simpáticos, amables. Dispuestos a compartir contigo un cucurucho de pistachos, a preguntar por tu origen, a invitarte a un té en el bazar. El Gobierno, todo lo contrario. Pasé dos noches de hotel frente a un cartel en el que una foto del ayatolah Jamenei incitaba a los ciudadanos a delatar los comportamientos contrarios al régimen de sus conocidos o amigos. En todo momento, mis compañeros y yo, todos periodistas alicantinos, nos sentimos vigilados, encerrados en un circuito estrecho de calles céntricas, exhibidos como trofeos. Solo en el exterior de los enormes jardines de la universidad, en el horizonte lejano de las montañas y en la recepción en la Embajada española tenía uno la sensación de volver a respirar sin el asma del totalitarismo fundamentalista. De Irán me traje un ejemplar en farsi de los Rubaiyat de Omar Jayam (poemas medievales sobre la alegría de vivir y contra las instituciones religiosas y opresoras, editados en castellano) y unas ganas tremendas de volver a recorrer lo que no me dejaron ver, a celebrar la libertad de un pueblo que merece otro presente y, por lo que se puede presumir, otro futuro. Sin bombas ni correajes.

Pero las columnas como esta cobran vida mientras las piensas. Y lo que iba a ser el remate, probablemente lúgubre, el último verso de un haiku de dolor, lo transformó en el verso suelto de otro poema la risa de una vecina que debe de estar a punto de cumplir un año. Hoy (ayer, para ustedes) me desperté con los balbuceos de mi vecinita, que empieza a tratar de expresarse. Que ríe con su madre. Que llena el patio de luces de mi edificio con el viento fresco de la inocencia. Me hizo pensar en el último bebé que ha llegado a mi familia, también niña. Como territorio, tiendo a cubrirme de borrascas. Como la de pensar en qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás. Pero en esta ocasión, las dos pequeñas me sacaron de las tinieblas. He repasado mi edición en castellano y he encontrado que el sentido último de esta columna ya lo escribió Jayam: “Cuando vaciles bajo el peso del dolor, y estén ya secas las fuentes de tu llanto, piensa en el césped que brilla tras la lluvia; cuando el resplandor del día te exaspere, y llegues a desear que una noche sin aurora se abata sobre el mundo, piensa en el despertar de un niño”.


@Faroimpostor
 

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