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Tribuna libre

Convivencia, tensión y cobijo

"La historia nos recuerda que Bizancio, Constantinopla, Imperio Otomano y Turquía-Estambul han sido territorio de tránsito, comercio y encuentro entre pueblos"

Publicado: 11/04/2026 · 06:00
Actualizado: 11/04/2026 · 06:00
  • Una persona pasa frente a la Mezquita de Chora, en Turquía.
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¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo convivir cuando la diferencia no es la excepción, sino lo habitual? Busquen y encontrarán donde existen lugares, personas con tradiciones, creencias y formas distintas que comparten calles, instituciones, ritmos de vida, generando dinámicas complejas de relación. En ellas, nos permiten observar cómo se construye una convivencia cuando no existe una identidad única que la sostenga. Claro ejemplo de ello lo palpamos en los países en torno al Mediterráneo.

Aquí, en ese ambiente, la hospitalidad crece y adquiere un papel central. No se trata únicamente de recibir al otro, sino de reconocerlo como alguien con quien se comparte un mismo espacio. Ello implica apertura, límites, normas y formas de organización que hacen posible la ansiada convivencia. El Líbano, hasta hace poco era todo un ejemplo. 

En los espacios simbólicos, como iglesias, mezquitas y sinagogas, elementos de diversas culturas conviven en un mismo ámbito, haciendo visible una memoria compartida que no siempre ha estado exenta de tensiones. No estamos ante una convivencia simple, esta superposición de significados muestra que la convivencia no implica borrar el pasado, sino aprender a habitarlo. Acoger, en muchos casos, no significa diluir la identidad, sino compartirla desde un marco definido. Desde esta perspectiva, en contextos contemporáneos la hospitalidad viene vinculándose con la ciudadanía democrática, especialmente en sociedades plurales donde es necesario equilibrar reconocimiento y regulación.

La historia nos recuerda que Bizancio, Constantinopla, Imperio Otomano y Turquía-Estambul han sido territorio de tránsito, comercio y encuentro entre pueblos. Su posición estratégica entre Europa y Asia la convirtió durante siglos en un eje fundamental de intercambio cultural, religioso y económico. Estamos ante un espacio privilegiado para comprender la hospitalidad en contextos de diversidad histórica y social. La coexistencia de mosaicos cristianos y elementos islámicos materializa una forma singular de hospitalidad simbólica: el reconocimiento tangible de narrativas históricas diversas en un mismo espacio.

Las imágenes de la tradición bizantina conviven con la caligrafía islámica. Esta convivencia no elimina la tensión inherente a los cambios de uso y significado, pero sí pone en evidencia una disposición a integrar huellas del pasado en la configuración presente. Santa Sofía se presenta como un espacio donde la memoria no es completamente expulsada, sino reinscrita, permitiendo que diferentes tradiciones permanezcan visibles y dialoguen desde la propia especificidad.

 

La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza"

 

Tal configuración permite observar que la hospitalidad auténtica no supone la dilución de la identidad del anfitrión ni la neutralización de su tradición. Por el contrario, implica la capacidad de acoger desde una pertenencia sólida y explícita. La regulación no contradice la hospitalidad, la estructura y la hace posible, pues define los límites dentro de los cuales el encuentro puede darse sin que el espacio pierda su significado religioso: la norma, en este contexto, opera como condición de convivencia y como expresión de identidad que se mantiene visible y coherente.

Hoy, en mercados, calles o espacios públicos, la relación con el visitante, combina gestos de cercanía con dinámicas propias de una ciudad global. Las sociedades actuales están oscilando entre la apertura al otro y su percepción como posible amenaza o recurso económico. En este sentido, la ciudadanía no debe entenderse únicamente como un estatus legal. Las ciudades globales deberían ser escenarios donde se redefinen constantemente las formas de pertenencia. La hospitalidad contribuye a este proceso al facilitar el encuentro entre personas distintas. 

Sin embargo, acoger al otro no es proceso sencillo. Requiere disposición y, en muchos casos, la capacidad de cuestionar prejuicios propios, aceptando que la convivencia no elimina el conflicto, sino que lo gestiona.

En un mundo atravesado por tensiones constantes, convivir no es un punto de partida, sino una tarea en construcción. La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza. Y en tal desplazamiento, se decide algo mayor: si todavía es posible vivir juntos.

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