Cartagena, plató del abandono

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Tribuna libre
Publicado: 22/07/2026 · 06:00
Actualizado: 22/07/2026 · 06:00
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Cartagena ha vuelto a los titulares por el cine. La producción es The People of the Book, adaptación de la novela de Geraldine Brooks —ganadora del Pulitzer, publicada en 2008 y traducida en España como Los guardianes del libro—, dirigida por Michael Haussman, producida por Miriam Segal para Good Films Studios Spain, con un presupuesto de 18 millones de euros. El rodaje se desarrolló entre el 13 y el 17 de julio en la Batería de Santa Ana, en Cala Cortina y en varias calles del casco histórico —Lizana, Beatas, Serreta y Duque, en el entorno del antiguo Club Santiago—, con los cortes de tráfico correspondientes. La alcaldesa y el presidente autonómico visitaron el set y presentaron el rodaje como confirmación de que la Región de Murcia es ya un destino habitual para el audiovisual internacional: 50 producciones en 2025, 75 previstas para 2026. Ninguna de las declaraciones institucionales explicó por qué se eligieron esas calles concretas.

Que un fragmento de Cartagena sirva, sin necesidad de maquillaje, como sustituto verosímil de ciudades arrasadas por la guerra y el exilio no acredita el atractivo escénico de la ciudad: constata su estado de abandono.

La trama de la novela entrelaza el viaje de una familia que huye de Irak a Bosnia tras el conflicto con el ISIS, con la historia de salvaguarda de la Hagadá de Sarajevo, un manuscrito judío iluminado de seiscientos años de antigüedad, a través de varias líneas temporales: el Sarajevo de la posguerra en 1996, la Viena de 1894, la Venecia de 1609, la Barcelona de la expulsión de 1492 y la Sevilla de 1480. Es, en definitiva, un relato de guerra, exilio y persecución religiosa. Para representar ese escenario no fue necesario levantar decorado alguno. Bastó con filmar en el tramo más deteriorado del casco histórico de Cartagena. Ahí se sitúa el problema que intento señalar: la misma ciudad que se presenta como destino turístico en expansión, receptora de inversión nacional e internacional y aspirante a repoblar su centro con población joven, ha ofrecido su barrio más pobre y con mayor grado de exclusión para representar ciudades devastadas por la guerra y el exilio a lo largo de varios siglos, sin que la administración haya considerado necesario matizar ese uso.

El contraste es verificable sobre el terreno. Mientras la calle Mayor, el Carmen o la Puerta de Murcia se muestran como escaparate de la ciudad que se quiere proyectar, un conjunto de calles a pocos minutos de distancia —Serreta, Duque, Beatas, Lizana— carece de proyecto de rehabilitación desde hace años y ha quedado reducido, en buena parte, a solares de aparcamiento. No consta inversión pública destinada a revertir ese deterioro. Sí ha bastado, en cambio, para que una productora internacional encontrase en esas calles el escenario que necesitaba, sin recurrir a atrezo ni efectos añadidos.

El dato relevante no es que se haya rodado allí, sino que haya podido rodarse allí tal cual está.

El propio calendario de rodaje resulta revelador. Según la convocatoria de casting publicada por la agencia Modfie, el equipo filmó del 15 al 28 de junio en Alicante —Bocairent, Villajoyosa, El Campello, la Terminal de Ferry de Alicante, Santa Pola y Villena—, del 29 de junio al 12 de julio en Alcoy, y del 13 al 17 de julio en Cartagena. Las localizaciones alicantinas se eligieron por su valor paisajístico y patrimonial; la de Cartagena, por su valor de degradación. Alicante, de hecho, tiene en marcha desde este mismo año la revisión de los planes especiales de sus principales núcleos históricos, con el objetivo declarado de proteger el patrimonio y revitalizar barrios como el Casco Antiguo o el Raval Roig. Cartagena, en cambio, no actualiza su Plan Especial de Protección y Ordenamiento del Casco Histórico desde 2005; el encargo de su revisión se adjudicó apenas el año pasado. Almería, por su parte, ha construido su relación con el cine desde el valor escénico de su paisaje —el desierto de Tabernas, sus decorados de western—, no desde el deterioro urbano de su trama histórica. Cartagena es, en este contexto, la única de las tres que ha podido ofrecer pobreza real como localización, sin necesidad de simularla.

Los argumentos económicos a favor del rodaje son reales y no conviene minimizarlos: ingresos por alojamiento, contratación de figurantes y personal local, retorno de la estrategia de ayudas de la Región de Murcia Film Commission. El problema no es esa política industrial, sino el mensaje que se desprende de su aplicación en este caso concreto. Que un fragmento de Cartagena sirva, sin necesidad de maquillaje, como sustituto verosímil de ciudades arrasadas por la guerra y el exilio no acredita el atractivo escénico de la ciudad: constata su estado de abandono. El dato relevante no es que se haya rodado allí, sino que haya podido rodarse allí tal cual está.

Cartagena no ha sido elegida por su belleza: ha sido elegida por su desidia.

Cuando esas imágenes circulen internacionalmente, lo que quedará asociado a Cartagena no será el patrimonio modernista de la calle Mayor ni el Teatro Romano, sino la miseria de un barrio que las sucesivas administraciones no han resuelto. Cabe argumentar que ninguna producción menciona el nombre real de la localización. Pero la noticia de que el rodaje se hizo en Cartagena ya ha circulado en prensa, en redes y en el debate político municipal. El daño de imagen, si existe, no depende de que la película lo confirme explícitamente; depende de que la situación descrita sea cierta.

La conclusión que se impone es de diagnóstico, no de relato: si una parte de la ciudad puede representar sin artificio siglos de guerra y pobreza extrema, mientras ciudades mediterráneas comparables actualizan sus planes de protección patrimonial, el problema no es de comunicación institucional. Es de gestión urbana acumulada durante décadas. Cartagena no ha sido elegida por su belleza: ha sido elegida por su desidia.

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