La identidad de Cartagena no puede entenderse sin su historia. Mientras algunas ciudades simplemente existen, Cartagena parece haber vivido varias vidas. A lo largo de más de veinte siglos ha conocido épocas de esplendor, desolación, resurgimiento y declive.
Cada una de esas etapas ha dejado una huella que aún está presente en sus piedras y, sobre todo, en la personalidad de quienes la habitan.
Mirar atrás no es un ejercicio de nostalgia. Es la mejor manera de comprender cómo se ha forjado una personalidad colectiva tan singular y por qué la ciudad afronta hoy sus desafíos de una forma distinta a otras.
Este recorrido por el pasado es un intento de descifrar cómo la historia ha moldeado el carácter cartagenero y si ese legado puede servir para afrontar los problemas que condicionan su futuro.
Cartagena parece haber vivido varias vidas. A lo largo de más de veinte siglos ha conocido épocas de esplendor, desolación, resurgimiento y declive
Tres mil años de persistencia
A diferencia de muchas ciudades españolas que crecieron lentamente alrededor de un núcleo primitivo, Cartagena nació con un plan. En el 227 a.C., los cartagineses fundaron Qart-Hadasht para convertirla en pieza clave de su proyecto ibérico.
Apenas tuvo tiempo de estrenarse: dieciocho años después ya resistía un asedio que la llevaría de manos púnicas a latinas.
Bajo el dominio romano alcanzó gran importancia. Teatro, anfiteatro, foro y edificios públicos reflejaban el esplendor de una ciudad que llegó a ser capital de la Hispania Carthaginensis, una de las mayores provincias del Imperio en la península.
La caída de Roma abrió tiempos inciertos. Se sucedieron incursiones de pueblos bárbaros, destrucciones y declive, aunque los bizantinos devolvieron durante un tiempo parte de su antigua relevancia.
Fue un respiro breve. La irrupción visigoda cerró aquel paréntesis e inauguró una larga etapa de retroceso.
Durante al-Ándalus, la ciudad subsistió gracias a una virtud que nunca perdió: su magnífica posición estratégica. Aunque reducida en población e influencia, su puerto siguió siendo una puerta abierta al Mediterráneo, manteniendo contactos con el norte de África y Oriente Próximo.
No era ya la gran urbe de otros tiempos, pero conservó suficiente importancia militar y comercial como para evitar que la historia la borrara del mapa.
Tras la conquista castellana de 1245 comenzó un largo estancamiento. Cartagena dejó de ser protagonista para volver al banquillo, pero siguió siendo útil como plaza defensiva frente a la piratería berberisca y las rivalidades europeas.
Tras el ocaso de la espléndida Carthago Nova romana, Cartagena pasó cerca de un milenio lejos del protagonismo de antaño.
El gran impulso llegó en el siglo XVIII, cuando Carlos III la convirtió en la capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo. Arsenales, cuarteles e infraestructuras atrajeron a militares, comerciantes y funcionarios, devolviendo a la ciudad un papel destacado en la vida económica y estratégica de España.
La resistencia es, probablemente, la primera seña de identidad del cartagenero. Aquí el carácter no se elige, se hereda
El siglo XIX volvió a poner a Cartagena frente a la adversidad. Resistió la ocupación napoleónica y sufrió el prolongado asedio cantonal de 1873-1874, cuyos bombardeos castigaron duramente buena parte de la ciudad.
Cuando todo apuntaba a un nuevo retroceso, la minería cambió el guion. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, la riqueza extraída de la Sierra Minera trajo una bonanza que llenó sus calles de elegantes edificios modernistas.
El siglo XX no concedió tregua. Entre tensiones sociales y crisis políticas, Cartagena desempeñó un papel clave durante la Guerra Civil como base naval republicana, una condición que la convirtió en blanco habitual de bombardeos con graves consecuencias humanas y materiales.
La posguerra trajo privaciones y un largo estancamiento, aunque no definitivo. Desde los años cincuenta, la construcción naval y la industrialización empezaron a reanimar la economía.
Escombreras se convirtió en polo energético, el puerto volvió a moverse con soltura y, entre los sesenta y primeros setenta, Cartagena disfrutó de una de sus etapas de mayor prosperidad contemporánea.
En 1982, la integración en la Región de Murcia abrió una etapa administrativa nueva, de esas que reorganizan el mapa sin pedir permiso al paisaje.
Desde entonces, se ha asentado la percepción de una progresiva centralización en la capital regional, que habría ido restando peso institucional y capacidad de decisión a la comarca cartagenera.
Y así, entre siglos, mar e historia, Cartagena ha ido forjando su carácter más allá de papeles y decretos, dejando que lo esencial aflore donde siempre ha estado: en la personalidad de quienes la habitan.
Así es el ADN del cartagenero
La resistencia es, probablemente, la primera seña de identidad del cartagenero. No es mérito propio, sino supervivencia aprendida a base de asedios, crisis y olvidos.
Aquí el carácter no se elige, se hereda. Es una obstinación casi patológica: caerse y levantarse, porque no queda otra.
Cartagena siempre ha sido, por peso y por historia, mucho más de lo que su tamaño sugería. De ahí nace un orgullo cívico que raya en lo épico y una conciencia de "nosotros contra el mundo" que, cuando se siente ninguneada, salta a la yugular.
Es una mezcla rara de disciplina militar y rebeldía cantonal: gente poco dada a la resignación y alérgica a que le digan qué tiene que hacer.
Cartagena no es un búnker: ha sido siempre una ciudad abierta. El mar, más que una frontera, ha funcionado como puerta de entrada de todo lo que importa: ideas, gentes y mercancías.
Y ese contacto constante con el Mediterráneo ha hecho que lo distinto no se contemple con extrañeza, sino con la naturalidad de quien lleva siglos acostumbrado a convivir con lo que llega del azul.
La cuestión no es si Cartagena será capaz de superar este nuevo episodio, sino si sabrá aprovechar la experiencia acumulada durante siglos para recuperar la iniciativa
La última pieza de este retrato procede de la Cartagena más laboriosa: la del campo cercano, las minas, los astilleros y la industria.
De ese esfuerzo cotidiano nació una cultura del trabajo, donde el oficio no se explicaba, se ejercía. También una solidaridad práctica, sin proclamas, hecha en la faena compartida.
Y una respuesta colectiva ante la dificultad, forjada más en el tajo que en los discursos.
Todo ello sigue vivo en sus tradiciones, entre muchas otras, como la sobriedad de la Semana Santa, la memoria festiva y teatralizada de Carthagineses y Romanos, el arraigo de los bolos cartageneros y una gastronomía que no necesita demasiadas explicaciones.
El nuevo asedio
La amenaza que hoy afronta Cartagena ya no llega en forma de ejércitos ni bombardeos.
Es más discreta, pero también más constante: no golpea de una vez, sino que se cuela sin llamar en la vida cotidiana.
Y lo hace en forma de una acumulación de problemas que, lejos de actuar por separado, han acabado por darse mutua compañía y refuerzo.
El síntoma más evidente se aprecia en el deterioro urbano. Más allá de los espacios más cuidados del centro, proliferan fachadas apuntaladas, solares degradados y edificios históricos que siguen esperando una rehabilitación que, como tantas promesas, nunca acaba de llegar.
A ello se suma la pérdida de dinamismo económico. La fuerte dependencia de las grandes corporaciones ha favorecido un tejido empresarial poco diversificado e innovador, dificultando la creación y consolidación de iniciativas locales.
En ese mismo orden de cosas, se encuentran unas infraestructuras de transporte insuficientes. La conectividad ferroviaria, en particular, sigue muy por debajo de lo que exige una ciudad industrial, portuaria y turística de primer nivel, lo que resta competitividad y limita sus oportunidades de crecimiento.
Las consecuencias se perciben también en el estancamiento demográfico. El envejecimiento de la población, la salida de jóvenes en busca de oportunidades y las dificultades para retener talento cualificado van restando, poco a poco, empuje y capacidad de progreso.
Como si lo anterior no bastara, Cartagena arrastra también una evidente falta de liderazgo institucional. A menudo da la impresión de que, llegado el momento de defender los intereses de la ciudad, cada cual atiende primero a lo suyo.
Las rivalidades políticas, los intereses partidistas e incluso la inacción acaban pesando más que las necesidades del conjunto.
La desafección ciudadana es, en buena medida, el resultado de todo lo anterior. Cada vez más vecinos observan la situación con una mezcla de perplejidad y frustración, mientras los problemas se enquistan y las soluciones, cuando llegan, lo hacen tarde o directamente nunca.
Cartagena ha atravesado situaciones bastante peores a lo largo de sus más de dos mil años de existencia y, sin embargo, ha salido adelante tras convulsiones de todo tipo que han puesto a prueba, una y otra vez, su continuidad y su capacidad de adaptación.
La cuestión que hoy se plantea no es si será capaz de superar este nuevo episodio, sino si sabrá aprovechar la experiencia acumulada durante siglos para recuperar la iniciativa y reclamar el lugar que su historia, su potencial y su ambición todavía, con cierta obstinación, le reservan.