El sábado 3 de octubre, mi amiga Marta y yo fuimos a Campus Radio 3, la fiesta universitaria organizada para celebrar el comienzo del curso en Cartagena por Radio 3 y el Ayuntamiento, con la colaboración de la UPCT donde Arde Bogotá actuó y presentó en primicia su nuevo álbum, Manufacturas del club de la gente sola.
Al comentar la canción Antifiesta, le comenté que me llamaron la atención los 2.200 euros con propina y el rascacielos de 47 plantas con el piso 2; Marta también se había fijado en los 2.200 euros. Las dos pensamos que quizá la letra dijera “años”. Después analizamos toda la letra y empezamos a ver posibles pistas sobre Cartagena y la autonomía. No sabemos si esa era la intención del grupo, pero nos gustó pensar que sí.
Y de ahí nace este relato.
Más de 2.200 años de historia de Cartagena, una comarca con más población que 15 provincias españolas. Y una ley Nacional que, en su artículo 147.2, establece que el Estatuto de Autonomía debe contener la denominación de la comunidad que mejor corresponda a su identidad histórica.
900 pueblos que emiten una melodía triste de violines al unísono para la ciudad que dirige la orquesta, mientras celebra su éxito en soledad en una discoteca reservada para sí misma. Las paredes de terciopelo lila que recuerdan al color púrpura fenicio.
Para hacer olvidar a Cartagena, organiza una celebración a lo grande. Alquila una limusina, paga más de 2200 euros y todavía deja propina. Se sienta sola en un asiento de 15, mientras la historia de la comarca se queda fuera.
Entonces empiezan a sonar canciones de la ciudad ausente, de su historia y su identidad, de una memoria que parecía imposible de bailar sin ella. Pero el anfitrión las hace suyas, como si bastara con ocupar el escenario para quedarse también con la música.
Más allá de dos amantes que dejan de quererse por una relación imposible, dos ciudades unidas por una historia que una de ellas no puede borrar, en la que no hay solidaridad. Una intenta convertir el vínculo en recuerdo y la otra sigue presente en cada canción que le arrebatan. Se puede bailar sobre esa historia, se puede tapar con ruido, pero no hacer que nunca haya existido.
Por eso quien organiza la fiesta se nombra administrador único de su tristeza. Quiere olvidar bailando, bebiendo, perdiendo la cabeza. Quiere que los demás celebren mientras la música tapa la pena y la rabia. Pero cuanto más desmesurado es el espectáculo, más visible resulta la soledad de quien necesita organizarlo.
Luego levanta 1 rascacielos de 47 plantas. Lo reviste de yeso y le da un aire terrible, aunque por dentro está vacío. En el ascensor deja una voz grabada, mecánica, para que hable por la ciudad ausente. Al pulsar el piso 2, la grabación le recuerda que el dos ya no es su número: donde pudieron imaginarse 2 provincias, ahora se impone una. El 2 deja de ser una cifra compartida.
1 edificio, 47 plantas y el botón 2: 147-2. La voz artificial pretende restar el dos, pero la combinación abre la puerta al artículo constitucional que habla de los Estatutos y de la identidad histórica. Y el 2 vuelve a significar algo más que una ausencia: dos es más cuando sumar significa reconocer, no borrar.
Gengar como sombra de Clefable, la luz y la oscuridad que conviven, pero uno ha de desaparecer para que el otro exista. La relación seguirá siendo imposible si uno convierte la unión en apropiación y el olvido como solución.
Por eso esta no es una fiesta para todos. Una ciudad ocupa el centro; las demás quedan alrededor, como invitadas que no reconocen la celebración como suya. Hay luces, violines, baile y una multitud de sonidos. Pero debajo de tanto ruido permanece la pena.
Eso es la antifiesta: celebrar como propio lo que nació de una historia compartida, intentando borrar a quien dejó su huella. Y descubrir, cuando la música se detiene, que la ciudad ausente todavía está en todas las canciones.