Alonso Salgado, el último obispo enterrado en la Capilla de los Vélez de la Catedral de Murcia

Opinión

  • Vicente Alonso Salgado.
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La Catedral es tenida por los murcianos como su joya más preciada y admirada. Y con razón. Sólo el conjunto que a la vista del local y el forastero forman la fachada barroca de la plaza de Belluga y la imponente torre, asomando tras ella, ya merece ese reconocimiento. No sé si alguien dejaría de incluirla en la relación de aquello que resulta imprescindible conocer en Murcia. Por eso me gusta detenerme cuando un grupo de turistas avanza por la calle del Arenal, procedente de la Glorieta, y se dispone a doblar la esquina al llegar a Belluga. Quiero contemplar sus rostros y oír sus exclamaciones.

La Catedral es, en buena parte, su fachada y su torre, pero también las puertas de los Apóstoles y de las Cadenas o de la Cruz, y capillas como las de los Vélez y Junterón, sin olvidar los tesoros que alberga el Museo. Pero hay otras muchas curiosidades y detalles llamativos, como el sepulcro que conserva las entrañas del rey Alfonso X el Sabio o la urna con las reliquias de San Fulgencio y Santa Florentina, que se procesiona por el interior del templo el día 16 de enero, cuando la iglesia hace memoria del primero, patrón de la Diócesis.

Pero hay otros enterramientos relevantes en las capillas catedralicias, como los del escritor y diplomático Diego Saavedra Fajardo y el poeta José Selgas, situados en la dedicada a otro murciano ilustre, el beato Andrés Hibernón, sepultado y muy venerado en Gandía.

Al otro lado del coro, se sitúa la capilla del Sagrado Corazón de Jesús, y en ella recibieron sepultura los obispos Tomás Bryan y Livermore, nacido en Málaga, pero de ascendencia irlandesa, que rigió la diócesis entre 1885 y 1902, y Javier Azagra Labiano, obispo auxiliar de 1970 a 1978 y obispo de 1978 a 1998.

No son los únicos. Los hay de los primeros tiempos de la mitra Cartaghinense, tras la Reconquista, como los hay del pasado siglo, y entre ellos, precisamente, el sucesor de Bryan y Livermore, el escolapio Vicente Alonso Salgado.

Me gusta detenerme cuando un grupo de turistas se dispone a doblar la esquina al llegar a Belluga. Quiero contemplar sus rostros y oír sus exclamaciones"

Hace ahora medio siglo, el periodista Serafín Alonso daba a conocer que las obras que se llevaban a cabo en la capilla de los Vélez habían descubierto bajo la misma la sepultura del citado obispo, que ejerció como tal desde su llegada procedente de la diócesis de Astorga, en 1903, hasta su fallecimiento en el palacio episcopal de verano de Santa Catalina del Monte en octubre de 1931.

Contaba el diario Línea el 30 de septiembre que durante las obras realizadas, que se encontraban en su última fase de ejecución, en los trabajos para poner al descubierto el primitivo pavimento de piedra, que fue rellenado a primeros de siglo con un enlosado de mármol blanco, fueron hallados los escalones del altar, y se procedió siguiendo instrucciones del responsable de la actuación, que lo era Pedro Sanmartín Moro, a descubrir otras zonas de enlosado, a fin de conocer el trazado y estado de conservación del pavimento en piedra, llegando así hasta la zona de enterramiento de ilustres clérigos.

Abajo, la falta de circulación de aire y las emanaciones de aguas del subsuelo había formado a lo largo del tiempo una atmósfera irrespirable que propició el fermentado del recinto, cubierto por una bóveda de ladrillo capaz de soportar el suelo de la capilla. En el centro de la estancia, había un pilar colocado probablemente cuando el último enterramiento, ante el estado insalubre de la estancia y la posibilidad de desprendimientos de la cubierta.

Bajo la posición teórica del altar mayor, se encontraron los restos mortales del último prelado enterrado, el citado Vicente Alonso Salgado, reducidos a la osamenta, algún trozo de vestuario y ornamentos de su jerarquía eclesiástica. No se hallaron restos de la mitra ni del ataúd, conservándose solo las asas barrocas de la caja que acogió al obispo escolapio.

En otros rincones de la estancia, montones de restos óseos mostraban el recuerdo de los enterrados en aquel lugar desde siglos atrás, y en algunas zonas el agua había desprendido parte del basamento, que reclamaba, por ello, una urgente restauración.

El obispo Alonso Salgado dejó indicado que se le diera sepultura en la Capilla de los Vélez"

Si retrocedemos en el tiempo hasta octubre de 1931, sabremos que el mismo día del fallecimiento, el cuerpo del obispo fue depositado en una caja negra con herrajes de plata y en un coche fúnebre fue trasladado desde Santa Catalina del Monte hasta Murcia, a donde llegó a las once de la noche. Todos los campanarios de la ciudad habían tocado “a muerto” dos horas antes para anunciar a la población el fallecimiento del prelado.

Fue llevado primero a la galería de retratos del Palacio Episcopal, y luego a sus propias habitaciones, donde fue amortajado y revestido con las vestiduras pontificales moradas y la mitra blanca. Sobre el pecho, la cruz pectoral, y en el dedo anular, el anillo de su dignidad de prelado.

El cadáver fue expuesto en la capilla pública de Palacio, y velado por los hermanos de la Luz, las Siervas de Jesús, seminaristas, Cabildo Catedral, párrocos y escolapios, entre otros religiosos.

El obispo Alonso Salgado dejó indicado que se le diera sepultura en la Capilla de los Vélez, que por aquellos años oficiaba como de la Comunión, a cuya restauración y mejora había contribuido de su peculio particular. Y, en efecto, allí se habían localizado sus restos 45 años más tarde.

No fue un obispo cualquiera este orensano. Tomó posesión de la Diócesis el 29 de octubre de 1903, y su primera preocupación fue el fomento de las vocaciones sacerdotales, para lo que creó un seminario especial, pensando en los hijos de los agricultores, pobres y distantes de la ciudad.

Organizó la Semana Social, creó la Federación Católica Agraria, instituyó la cátedra de Sociología en el seminario, para interesar a los futuros sacerdotes en los problemas obreros y favoreció el Círculo católico de Obreros.

Igual que en Astorga, visitó toda la diócesis, ganándose el afecto de la totalidad de los estamentos sociales, como se demostró en el homenaje que le ofrecieron con ocasión de los cincuenta años de su ordenación sacerdotal y veinticinco de la episcopal. En 1929, con casi 84 años, fue de nuevo homenajeado por sus fieles, agradecidos por los veinticinco años como pastor. Habiéndole ofrecido la Santa Sede los arzobispados de Sevilla y Zaragoza.

Su artritis le llevó a retirarse al palacio episcopal de Santa Catalina, donde murió a los 86 años de edad.

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