Existen profesiones que muchos no se atreverían a ejercer sin una preparación rigurosa. Arquitectos, marinos, ingenieros espaciales, diseñadores de moda, cirujanos, directores de Orquesta, bailaores… Detrás de cada uno de ellos encontramos años de trabajo, estudio y aprendizaje. Para llegar a buen puerto han tenido que recorrer millas contra viento y marea. Más aún, cada vez más ciertos conocimientos se van perfilando y mejorando con el tiempo y ello conlleva a una revisión continua de aquello que se creía sabido.
Resulta curioso que no siempre exijamos algo parecido a quienes asumen una responsabilidad extraordinariamente delicada: gobernar. Aquí, el postureo es el ama de la casa y la lógica junto a la sensatez está en el cuarto oscuro. Un político puede llegar a dirigir un municipio, una comunidad autónoma o incluso un país. Puede tomar decisiones que afectarán a la educación de miles de jóvenes, a la economía de las familias, a nuestros hospitales, a la cultura o a las oportunidades de las generaciones futuras. Sin embargo, no siempre nos preguntamos qué preparación humana e intelectual posee para asumir semejante responsabilidad y tomar las decisiones precisas. Unos, seguro, muy bien, otros, “ellos mismos”.
Los partidos deberían preguntarse seriamente cómo preparan a sus dirigentes. No basta, en algunos casos, tener ciertos estudios, el funcionamiento interno de una organización, dominar la comunicación política, desenvolverse ante una cámara o aprender a responder al adversario. Tampoco debería ser suficiente con obtener un aprobado raspado en aquello que podríamos llamar la formación del gobernante.
El cultivo del intelecto, el equilibrio personal, el conocimiento de nuestros mecanismos emocionales, la capacidad de escuchar, el pensamiento crítico y el amor por la verdad deberían ocupar un lugar central en su preparación"
El cultivo del intelecto, el equilibrio personal, el conocimiento de nuestros propios mecanismos emocionales, la capacidad de escuchar, el pensamiento crítico y, especialmente, el amor por la verdad deberían ocupar un lugar central en su preparación. Porque gobernar no consiste solamente en administrar presupuestos, aprobar leyes o inaugurar infraestructuras. Gobernar significa, antes que nada, gobernar para personas. Y las personas somos complejas.
No necesitamos muertos vivientes ocupando responsabilidades públicas: personas encerradas en consignas, argumentarios y esquemas prefabricados que repiten una y otra vez aquellos que esperan escuchar los suyos. Necesitamos mujeres y hombres despiertos, capaces de pensar, dudar, escuchar y aprender. Una buena formación interna, tanto nuestra personalmente como la maquinaria del partido nos puede poner en contacto como una mejora personal y en contacto con otras vidas. Nos permite salir, aunque sea momentáneamente, de nuestra propia experiencia, para contemplar el mundo desde otros ojos.
Tal vez algunos de nuestros dirigentes nunca hayan leído Los miserables, El conde de Montecristo o Anna Karenina. No son libros imprescindibles por sus títulos concretos, naturalmente. Lo importante es aquello que la gran literatura puede hacer dentro de nosotros. Sus personajes nos introducen en territorios que las estadísticas no pueden mostrar. Nos hablan del sufrimiento, la injusticia, el amor, la venganza, la culpa, la esperanza, la ambición, el perdón, la desesperación o la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. El ser humano raramente cabe en una etiqueta.
Algo parecido puede suceder con nuestros ciudadanos, detrás de cada decisión humana existe un mundo interior que desconocemos. Una persona no es solamente aquello que vota. Tampoco es exclusivamente su profesión, su renta, su edad, su procedencia o el lugar donde vive. Cada ciudadano lleva consigo una historia. Y al ser humano difícilmente podemos comprenderlo sin entrar, de algún modo, en contacto con esa historia.
Necesitamos, por tanto, entrenarnos en un gimnasio diferente. Un gimnasio en el que no se fortalecen los músculos, sino la mirada. Si educamos la mirada en la lentitud de la comprensión, hasta es posible que anhelemos una formación auténtica para ayudarnos a comprender que nuestras convicciones no agotan toda la realidad. Los grandes pensadores pueden enseñarnos mucho en este terreno. Filosofía, historia, literatura, sociología, psicología, economía, ciencia y arte amplían nuestra manera de contemplar el mundo. Pero ninguna formación verdadera debería producir arrogancia. Si el conocimiento sirve para algo, es precisamente para descubrir cuánto desconocemos.
El político debería poseer curiosidad intelectual y criterio para rodearse de personas que sepan más que él. Necesitamos dirigentes capaces de mirar simultáneamente hacia atrás, alrededor y hacia delante.
Necesitamos recuperar el valor de la formación. Necesitamos dirigentes que no tengan miedo a pensar y ciudadanos que no se conformen con consignas. Personas capaces de mirar la realidad sin simplificarla inmediatamente, conscientes de que detrás de cada cifra existe una vida y detrás de cada vida, una historia.
Mariano Galián Tudela
Presidente del partido nacional Valores en la Región de Murcia