Murcia

La Virgen con el cuello torcío que destapó una mentira en la Murcia del siglo XVI

  • Iglesia de La Merced
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MURCIA. Murcia nunca dejará de sorprendernos y la historia que traemos esta semana, aunque es sabida por muchos, no deja indiferente  a nadie.

Esta es la crónica de un milagro silencioso, una historia de orgullo, justicia y una mirada que se negó a ser testigo de la mentira. En el corazón de Murcia, allí donde el bullicio de la universidad se funde con la paz del convento, la Iglesia de la Merced custodia un secreto de madera y fe que ha sobrevivido a los siglos: la leyenda de la Virgen del Cuello Tuerto.

Para entender esta historia, debemos viajar a la Murcia del siglo XVI. Era una ciudad de contrastes, donde las huertas rodeaban murallas árabes y los hidalgos paseaban su arrogancia por calles estrechas. En este escenario vivía un caballero de estirpe noble, poseedor de tierras y títulos, pero esclavo de una soberbia que no conocía límites.

Este caballero, cuyo nombre la historia ha preferido borrar para no manchar el honor de su linaje, se vio envuelto en un pleito de deshonra. Había seducido a una joven de familia humilde bajo promesa de matrimonio, una palabra que en aquel entonces se consideraba un contrato sagrado ante Dios. Sin embargo, una vez saciado su capricho, el noble negó tal promesa, mancillando el nombre de la muchacha y sumiendo a su familia en la vergüenza.

La familia de la joven, desesperada y sin recursos para enfrentarse al poder del noble en los tribunales de los hombres, apeló al único tribunal que el caballero no podía comprar: el de la Iglesia. Se le exigió que jurara su inocencia ante la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, una de las tallas más veneradas del antiguo convento mercedario.

El caballero, confiado en que una estatua de madera no podría desmentir sus palabras, aceptó el reto con una sonrisa cínica. Creía que el cielo estaba demasiado lejos para ocuparse de los asuntos de una campesina.

El día señalado, la iglesia estaba abarrotada. El aire pesaba, cargado de la humedad del río Segura y el aroma de los cirios que ardían en las capillas laterales. El caballero caminó por la nave central con paso firme, haciendo resonar sus espuelas contra el mármol frío. Se detuvo ante el altar mayor, donde la Virgen de los Remedios, con su rostro tallado de forma frontal y serena, parecía observar a cada fiel con una paz infinita.

El sacerdote extendió los Evangelios y le pidió que pusiera la mano sobre ellos. El hombre, con una frialdad que heló la sangre de los presentes, alzó la otra mano hacia la imagen de la Virgen y exclamó:

-Juro ante esta sagrada imagen que jamás di palabra de matrimonio a esa mujer. Que la Virgen sea testigo de mi verdad y, si miento, que caiga sobre mí su castigo.

En ese instante, un silencio sepulcral se apoderó del templo. El caballero, buscando reafirmar su mentira, clavó sus ojos en el rostro de la Madre de Dios. Pero lo que sucedió a continuación no fue el rayo divino que muchos esperaban, sino algo mucho más sutil y aterrador.

Mientras el caballero mantenía su mirada desafiante, la madera de la talla comenzó a crujir. Fue un sonido seco, como el de un árbol que se dobla ante un vendaval invisible. Ante los ojos estupefactos de los frailes, los nobles y el pueblo llano, la Virgen giró lentamente su cabeza.

No fue un movimiento rápido, sino una rotación pausada y firme. La Virgen de los Remedios no quería mirar al hombre que usaba su nombre para consagrar una infamia. Su rostro, que antes miraba al frente con amor maternal, se desvió hacia la derecha, dejando al caballero frente a un perfil de madera que le negaba la mirada.

El noble, pálido como la cera, cayó de rodillas. El terror que no había sentido ante la justicia de los hombres le atenazó el corazón al comprender que el cielo acababa de llamarle mentiroso. La multitud rompió en un grito de asombro y pavor. El caballero huyó de la iglesia, y se dice que acabó sus días en un monasterio lejano, buscando un perdón que nunca sintió merecer.

Pasaron los días y los mejores escultores de la región fueron llamados para intentar reparar la imagen. Sin embargo, por más que aplicaron sus herramientas y su ingenio, la cabeza de la Virgen permanecía inclinada. Se cuenta que, al intentar forzarla a su posición original, la madera emanaba un calor sobrenatural o emitía quejidos que hacían desistir a los artesanos.

La Iglesia comprendió que aquello no era un defecto, sino un mensaje. La Virgen del Cuello Tuerto se quedó así, con la mirada esquiva, como un recordatorio eterno de que la verdad es sagrada.

Hoy en día, si caminas por la calle de la Merced y entras en la Iglesia de la Merced, todavía puedes encontrarla. En su retablo, la Virgen sigue mirando hacia un lado, guardando el secreto de aquel caballero y protegiendo a los murcianos de la soberbia y el engaño. Es, sin duda, uno de los rincones más mágicos y cargados de leyenda de toda la Región de Murcia.

*Santi García es responsable de Rutas Misteriosas

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