La reciente decisión de Estados Unidos de restringir el acceso de determinados usuarios extranjeros a algunos modelos de inteligencia artificial (IA) más avanzados se ha presentado como una medida vinculada a la ciberseguridad. Sin embargo, mirando con perspectiva, esta decisión puede interpretarse como una evidencia de una transformación en marcha mucho más profunda: la consideración de la inteligencia artificial de frontera como tecnología crítica, como un activo estratégico de interés nacional.
Durante décadas, determinados países han protegido tecnologías que se percibían como capaces de alterar los equilibrios económicos, científicos o militares. La energía nuclear, los satélites, los superordenadores o los semiconductores constituyen ejemplos evidentes. Hoy, la IA, se incorpora a esta categoría.
Y esta decisión obliga, además, a una reflexión si miramos por el retrovisor de la historia. A lo largo de siglos ha habido una sucesión de revoluciones tecnológicas que han transformado radicalmente las sociedades. La escritura permitió conservar y transmitir conocimiento. La imprenta multiplicó su difusión. La revolución industrial transformó la producción. La electricidad alteró la vida cotidiana y la economía, e internet conectó el planeta. Y cada una de estas transformaciones generó nuevas oportunidades, pero también nuevas desigualdades. Las sociedades, las empresas y los individuos capaces de adoptar antes estas tecnologías obtuvieron ventajas significativas frente a aquellas que no pudieron o supieron hacerlo.
Todo indica que la IA ha iniciado una transformación más acelerada y profunda, y también diferente, porque la característica singular de la IA es que es mucho más que una poderosa herramienta. Es una tecnología capaz de amplificar capacidades cognitivas humanas.
La IA permite acelerar procesos de investigación, mejorar la toma de decisiones, optimizar sistemas complejos, automatizar tareas intelectuales y generar nuevo conocimiento. Su influencia alcanza simultáneamente a prácticamente todos los sectores económicos y científicos, y el impacto en la formación será enorme. La IA no compite únicamente con determinadas profesiones o actividades; va a modificar la forma en que las sociedades generan y utilizan el conocimiento.
Durante años hablamos de brecha digital, pero este concepto es insuficiente para describir lo que está ocurriendo. El acceso a la IA generativa se ha extendido rápidamente, incluso viralmente. No obstante, los resultados obtenidos son extraordinariamente distintos. La diferencia no reside en quién tiene acceso, sino en quién sabe utilizar la tecnología de forma eficaz. Quizás podríamos hablar de una brecha de amplificación porque la IA multiplica capacidades preexistentes. Allí donde existen talento, conocimiento, organización y liderazgo, los beneficios se multiplican. Por el contrario, allí donde esos elementos sean escasos, el impacto será mucho más limitado.
Si lo pensamos, la alfabetización en IA puede convertirse en una de las competencias fundamentales del siglo XXI. Las personas capaces de formular preguntas relevantes, interpretar resultados, verificar información y colaborar eficazmente con sistemas inteligentes dispondrán de ventajas significativas. Y estas capacidades, por ahora, no van a ser sustituidas por la IA. Paradójicamente, el avance de la inteligencia artificial incrementa el valor de capacidades profundamente humanas como el pensamiento crítico, la creatividad, el liderazgo, la empatía y el juicio ético, lo que nos da pistas claras de cómo enfocar el reto de la educación ante la IA.
Sabemos que organizaciones muy avanzadas ya están utilizando la IA para acelerar la innovación, mejorar la productividad y optimizar procesos. La disponibilidad de datos, talento especializado y capacidad organizativa va a permitir que determinadas empresas obtengan productividades y beneficios exponencialmente superiores a otras. Y esta dinámica puede favorecer una concentración creciente de recursos, conocimiento y poder económico acrecentando determinadas situaciones bien conocidas de oligopolios o casi monopolios que dificultan el desarrollo equilibrado de algunos sectores económicos.
Pero la dimensión geopolítica es probablemente la más relevante y en Europa deberíamos ser ya plenamente conscientes. La IA requiere infraestructuras energéticas, centros de datos, semiconductores avanzados, talento altamente cualificado y ecosistemas de innovación robustos. Los países que controlen estos recursos estarán en condiciones de liderar la próxima fase de desarrollo económico y científico. De la misma forma que el siglo XX estuvo condicionado por el acceso a la energía y la capacidad industrial, todo apunta a que el siglo XXI podría estar determinado por la capacidad de desarrollar y desplegar inteligencia artificial avanzada.
En Europa se habla desde hace algunos años de la soberanía energética, industrial, tecnológica y digital. Una cuestión que centra el debate en la UPV y que, en la medida que nuestra capacidad de desarrollo de I+D+i y de transferencia nos lo permiten, estamos empeñados en ser actores activos. Ahora la IA introduce una nueva dimensión que podríamos denominar la soberanía cognitiva, que no es un concepto nuevo, pero sí visionario del desafío actual.
En España y en Europa estamos, ahora mismo, ante un reto incluso más desafiante: la realidad es que una parte creciente de la investigación, la educación, la innovación o la gestión pública depende de sistemas inteligentes desarrollados y controlados fuera de nuestras fronteras, un factor que está provocando que la dependencia deje de ser exclusivamente tecnológica.
Esa dependencia pasa a afectar a la propia capacidad de generar conocimiento, establecer prioridades y tomar decisiones estratégicas, por no hablar de las implicaciones geopolíticas y en el ámbito de la defensa. La soberanía cognitiva no implica aislamiento ni autarquía tecnológica. Significa disponer de capacidades suficientes para preservar la autonomía de decisión en ámbitos esenciales.
Europa por ahora dispone de fortalezas todavía extraordinarias ya que cuenta con universidades de prestigio, sistemas científicos sólidos, con una importante capacidad industrial y una larga tradición de cooperación internacional. Y, sin embargo, necesita acelerar sus inversiones en computación avanzada, inteligencia artificial, formación de talento y desarrollo de ecosistemas innovadores.
La autonomía estratégica europea dependerá, en gran medida, de su capacidad para participar activamente en esta nueva revolución tecnológica. Miremos a las decisiones que han motivado que abordara la redacción de este artículo: estamos a tiempo, pero ya vamos a con retraso.
Sin duda, las universidades desempeñan un papel central en este escenario. Su responsabilidad va mucho más allá de implementar la IA a la enseñanza o la investigación. Debemos formar a quienes dirigirán la transformación de las sociedades. La verdadera diferencia no estará entre sociedades con IA y sociedades sin IA. La diferencia estará entre sociedades aumentadas por la inteligencia artificial y sociedades incapaces de aprovecharla.
Y las universidades tecnológicas, como la UPV, tenemos la responsabilidad de liderar esta transición formando profesionales capaces de integrar conocimiento, tecnología, valores y pensamiento crítico. Estamos ante una oportunidad extraordinaria y un desafío histórico. Pero más allá de las oportunidades, asistimos a la amenaza de que se amplíen desigualdades existentes y se generar nuevas formas de dependencia.
La cuestión decisiva en las próximas décadas no será quién dispone de IA, sino quién posee la capacidad de transformarla en conocimiento, innovación, prosperidad y bienestar compartido. Puede originarse una nueva brecha global y ante esto debemos reaccionar.
José E. Capilla es el rector de la Universidad Politécnica de Valencia (UPV)