Ruega por nosotras llega a los cines este viernes con una historia sobre el Patronato de Protección a la Mujer, una parte de nuestro pasado reciente que buena parte de la sociedad desconocía. Zoe Bonafonte, una de sus protagonistas, interpreta a Ana, una joven que ingresa en una institución que se presentaba como un lugar para corregir a las mujeres cuya moral no se ajustaba a los cánones de la época. Una especie de reformatorio que en realidad era una cárcel encubierta del que se beneficiaban, incluso, grandes empresas de la sociedad del momento.
P. La película me ha impactado mucho. El Patronato de Protección a la Mujer se suponía que servía para enderezar a las mujeres que no se ajustaban a la moral de entonces, pero era una cárcel encubierta. Me ha provocado una sensación muy asfixiante. La vi ayer por la tarde para preparar la entrevista y, aunque después vi otra película antes de dormir, seguía pensando en Ruega por nosotras. ¿Ha logrado entender cómo la sociedad podía permitir y aceptar algo así, si es que se puede entender?
R. Ese es precisamente el problema: la sociedad no era consciente de que esto estaba pasando. Era una institución ideada de una forma muy inteligente para que estas mujeres entrasen y, al salir, no fueran capaces de hablar de lo que habían vivido por el estigma y por el sentimiento de culpa y de vergüenza que les metían en el cuerpo. Tenían un gran sistema para mantener todos esos abusos encubiertos.
P. Ese estigma hacía que después no quisieran hablar de ello, de modo que nadie podía saber realmente lo que sucedía allí. Aunque suene duro, era una especie de violación de la persona, de su integridad.
R. Efectivamente. Es una metáfora que he usado en alguna ocasión, porque el sentimiento es algo similar: salir de ahí y no querer hablar de ello, porque encima quien pasa vergüenza eres tú, cuando no has hecho nada malo para encontrarte en esa situación.
P. Mientras hablamos, sigo teniendo la película en la cabeza. Creo que al espectador también le dejará ese poso, y eso es de lo más bonito que se puede decir de una película. Me fascina cómo su interpretación transita con tanta naturalidad entre la Ana que ingresa y la que tiene que adaptarse a un entorno al que no está acostumbrada. Viene de una familia acomodada, de tener una buena vida, y acaba convirtiéndose casi en otra persona. ¿Cómo ha construido esa transformación con Daniel y el equipo de dirección?
R. Precisamente, ese era el reto. Hablas de dos, pero yo diría que son aún más. Ana es muchas Anas a lo largo de la historia, porque una situación así, el trauma, te cambia, te construye y te moldea.
A medida que pasas por algo así, buscas nuevas herramientas para sobrevivir, estrategias de supervivencia. Su personalidad también cambia porque, al final, eso es precisamente lo que intenta la institución: aplastar, machacar la personalidad de una chica con muchísima dignidad y con muchas ganas de vivir. Ese es el conflicto de la película.
A la hora de interpretarla era muy importante tener en cuenta que las películas no se ruedan de forma cronológica. En cada escena que iba a grabar tenía que tener muy presente en qué punto de la película me encontraba, qué cosas le habían pasado ya, cuáles no, qué información tenía y cuál todavía desconocía. Desde ahí podía entender en qué momento del arco del personaje estaba.
Acabé teniendo que dividir al personaje en casi doce Anas, por así decirlo. Fue un trabajo muy técnico para entender en qué punto de la película estaba, pero luego, a la hora de interpretar, lo técnico tiene que quedarse en casa. Hay que llevar esa información trabajada y después ver qué surge en el momento.

- Zoe Bonafonte y Manuela Calle en un momento del rodaje. -
- Foto: David Herranz
P. El espectador muchas veces no es consciente de eso: la primera escena de una película no tiene por qué ser la primera que se rueda.
R. De hecho, hay algo muy irónico en esta película: la primera escena que rodamos fue aquella en la que me despierto en el Patronato después de que mis padres me hayan sedado. Y la última que rodamos fue aquella en la que mis padres me sedan. Se cerró un ciclo: empezamos con mi primera aparición dentro del Patronato y terminamos con mi último momento de libertad en la película.
P. ¿Hasta qué punto tiene que interiorizar al personaje para que esos saltos durante el rodaje, por cuestiones logísticas y de otro tipo, no afecten a la interpretación? Y, después de transformarse en Ana, ¿puede dejar de serlo cuando se apagan los focos?
R. Uno de los retos de esta película era que la historia real resultaba tan dura que tenía que hacer un trabajo muy consciente para dejar la película en el set y no llevármela a casa. Saber que aquello había ocurrido de verdad me afectaba el triple. Cuando me informaba y preparaba el personaje, lo pasaba muy mal en casa y lloraba por la empatía que sentía hacia estas mujeres.
Era muy importante que eso no afectase también al personaje, porque esta chica no se pasa la película llorando por las esquinas. Tenía que hacer un proceso de diferenciación: dejar esa empatía en casa y, a la hora de rodar, trabajar desde el personaje y desde lo que sabe. Ella no sabe dónde está ni dónde la han metido.
Pero, después de acabar Ruega por nosotras, tuve un duelo. Fue un duelo por todo lo que había vivido emocionalmente a lo largo del rodaje.
P. Lo entiendo, porque solo con verla me ha pasado algo parecido. Era una institución que contaba con el beneplácito del poder de la dictadura, pero también con el de las familias y las empresas. La película muestra cómo los trabajos que obligaban a realizar a las mujeres beneficiaban a algunas de las compañías más importantes del país. ¿Logra entender a aquella sociedad, a esas familias y, en concreto, a la familia de Ana, que sería un ejemplo de muchas otras?
R. Para interpretar al personaje tuve que hacer un ejercicio de intentar entender. Puedo entender el miedo, ese contexto social de la época en el que había que seguir una norma, una dictadura, y en el que era muy importante lo que los demás opinaran. También puedo entender que muchas familias no eran conscientes de dónde estaban metiendo a su hija.
Eso es así: muchas chicas que pasaron por allí, cuando llegaban a casa —las que volvieron a casa—, eran incapaces de contarles a sus padres lo que habían vivido. Había familias que sí eran conscientes, pero muchas no.
El sistema estaba tan bien montado para que no saliese información de dentro que se llegaba al punto de que había familias que no sabían dónde estaban metiendo a sus hijas. Eso es lo que puedo llegar a entender. Si no, no hay forma de justificarlo: es imposible entender cómo le haces esto a tu hija.

- Zoe Bonafonte en un momento de la película. -
- Foto: David Herranz
P. Por hablar de la parte de luz de esta historia, me gusta mucho cómo ensalza la amistad y las relaciones que tejemos incluso en los momentos más duros: esa familia que uno elige, como ha comentado en alguna entrevista. ¿Damos poco valor a la amistad en una sociedad que tiende a ser tan individualista?
R. Efectivamente. Creo que Ruega por nosotras, a pesar de ser una historia que ocurre hace ya 50 años, habla también de temas muy actuales: de lo colectivo frente a lo individual, de cómo, si estamos todas aisladas y cada una va a lo suyo, es mucho más difícil organizarse y protestar por lo que no está bien. La película habla de esto, pero también es un reflejo de la sociedad actual.
El otro día hablaba con una superviviente del Patronato y me decía que se había visto muy reflejada en esa relación. Me contaba: «Yo tenía una amiga y recuerdo sentir la piel de su mano, porque nos dábamos la mano por la noche. Era todo lo que podíamos hacer y todo el afecto que nos podíamos dar».
Por la noche, las niñas se echaban a llorar en la habitación, entre sollozos silenciados. En esa situación, lo único que te queda es tener a alguien, tenerse las unas a las otras. Creo que de eso va un poco la película.
En esos centros se castigaban las amistades y se premiaban las traiciones. Es así, porque lo colectivo da más miedo. Si todas aquellas niñas se hubiesen unido contra las monjas, eran cinco contra cien, por decirlo de alguna forma. Era mucho mejor tenerlas aisladas y que no pudieran comunicarse entre ellas.
P. Está trabajando mucho y le llegan buenos papeles. El de El 47 también lo era, y creo que Ruega por nosotras puede darle muchas alegrías. ¿Le cuesta relativizar el momento profesional que vive? No me refiero tanto a la fama como a haber empezado a trabajar a una edad en la que mucha gente todavía no sabe qué quiere ser. ¿Cuesta bajarse de esa nube profesional?
R. A veces me dicen que peco precisamente de lo contrario. Siento que durante estos años todavía no he tenido el tiempo ni el momento de procesar todo lo que ha ido pasando. He ido día a día, que creo que es la única manera de sobrellevarlo: viendo qué me trae la vida y peleando por hacer mi trabajo lo mejor posible, manteniendo el foco donde hay que mantenerlo.
Los premios, los estrenos y los eventos están muy bien, pero eso es purpurina. Mi trabajo es estar en casa preparando un personaje y después interpretarlo delante de una cámara o en un teatro. Creo que, al contrario, peco de no entender todavía todo lo que me ha pasado.
Tengo la suerte de poder seguir trabajando. Hay gente que hace una gran película en un momento de su vida y después desaparece del panorama. Por el momento, no ha sido mi caso. Así que sigo trabajando y poniendo la cabeza donde tengo que ponerla.

- Zoe Bonafonte y Manuela Calle en un momento de la película. -
- Foto: David Herranz
P. Sin olvidarse de disfrutarlo, que también es importante. Para terminar, le hago una pregunta habitual en mis entrevistas. Con una oferta tan amplia de películas y series, y tantos estrenos cada semana, ¿qué ha visto últimamente que le haya gustado y quiera recomendar? Aunque sea una película o una serie de hace unos años.
R. Voy a hacer dos recomendaciones que no tienen nada que ver entre sí. Por una parte, El castillo, una serie que afortunadamente está teniendo mucho éxito. Por primera vez veo representada la realidad de la prostitución sin purpurina y sin vestiditos de lentejuelas. Ves un retrato real en el que se nota mucho la visión femenina de las directoras.
También se nota en la ausencia de sexualización. Hay un detalle que me parece muy interesante: en las escenas más sexuales, a ellas no se las ve. Me parece un gran acierto. Todos están muy bien. De hecho, está Xavi Sáez, que interpreta a mi padre en Ruega por nosotras, y hace un papel increíble.
También recomiendo Obsession, una película que ya ha salido de los cines, pero que creo que habla muy bien de lo que es el cine y de cómo, si se toman decisiones inteligentes, se pueden hacer grandes cosas con un presupuesto bajo.