MOLINA DE SEGURA. ¿Qué ocurre cuando se pierde a una madre? ¿Qué sienten el cuerpo y el alma cuando responde el silencio al cotidiano grito de "¡mamá!"? Con la muerte de quien nos da la vida, nos sentimos más lejos de ella y un poco más cerca de la mortalidad. "Cuando la madre muere, el muro cae y la muerte está ahí, enfrente, ya ineludible". Con un peso insostenible caen estas preguntas en la obra Tres noches en Ítaca, de Alberto Conejero. Preguntas sin respuesta porque la palabra 'orfandad' no puede recoger —aun con toda su sonoridad— el inmenso vacío que se abre con la muerte de una madre. Así, por unas horas, el espectador que tuvo el placer de asistir a la representación de esta pieza dramática en el Teatro Villa de Molina el pasado sábado compartió vacío con Penélope, Elena y Ariadna, hijas de Alicia, la excéntrica profesora de griego cuya ausencia se transforma en presencia constante en los recuerdos que saborean con dulzura y amargura las tres hermanas protagonistas de esta tragicomedia.
Como el viaje a Ítaca del reconocido poema de Kavafis —que atraviesa la obra de principio a fin a través de la evocadora voz de Julieta Serrano—, la travesía en la que se embarcan las tres cariátides, como las llamaba su madre, tiene como puerto de llegada la isla de Ítaca, adonde se dirigía Odiseo tras escapar de las sirenas, el cíclope, los lestrigones y el reconocimiento de la muerte de su madre en su descenso al Hades. Como ya es costumbre, el espíritu inmortal de la literatura griega reposa sobre el texto de Alberto Conejero, el cual comenzó a gestarse en las clases de griego impartidas por una apasionada profesora a quien el dramaturgo dedica este texto como carta de amor.
Acompañando en perfecta armonía el delicado trabajo dramatúrgico de Conejero se encuentra la dirección de María Goiricelaya, quien apuesta por dar voz a las poéticas acotaciones que, a modo de coro griego, conectan al espectador con los personajes que protagonizan la tragedia. Aparentemente sacadas de las lecturas que fascinaban a su madre Alicia, las heroínas de esta obra —Penélope, Ariadna y Elena— se muestran infinitamente más complejas que sus correlatos literarios, con quienes comparten, no obstante, pequeños rasgos y actitudes: la esposa 'fiel', la víctima de una mentira y la mujer que aguanta.

- FOTO: Geraldine Leloutre
Amaia Lizarralde, Marta Nieto y Cecilia Freire son las tres actrices que encarnan a estas mujeres y que desgarraron su alma y su voz el pasado sábado ante el público de Molina de Segura. Merecido aplauso el que recibieron las intérpretes al término de la obra, quienes supieron equilibrar con absoluta destreza y dominio la ligereza de la comedia con el drama que desprendía el asunto trágico. En este sentido, las actrices realizaron toda una proeza interpretativa al sostener la emoción en el punto exacto para regalar al público unas agradecidas dosis de humor frente a un dolor al que no se podía poner nombre.
Tres noches de duelo compartido en la isla más nombrada por Homero acotan temporalmente el viaje emocional en el que nos embarcamos al asistir a la representación de Tres noches en Ítaca, una obra sobre el duelo y la reconciliación, el refugio y la familia, el pasado y el presente. Y en ese momento en que se va haciendo el oscuro, o puede que en el tránsito de la oscuridad a la luz, "con la sabiduría que has alcanzado, con tu experiencia, ya habrás comprendido qué significan las Ítacas".