Música y ópera

Slayer y su hermosa lírica: "Lloviendo sangre"

El disco 'Reign in blood' del grupo estadounidense, con un cubano y un chileno en sus filas, logró que un judío lanzase al mercado una canción sobre el doctor Mengele

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VALÈNCIA.  Me envía un compañero del instituto, antiguo camarada del metal (esto es, con alopecia amenazante y problemas auditivos impropios de nuestra edad), un vídeo hecho por IA de Slayer interpretando Raining blood como si fuera un tema funk de los 70. Cuando aparecieron estas tontunas, me dio la impresión de que la música del futuro iba a componerse en prompts de usuario, y una hiperindividualización de la oferta, el sueño húmedo del capitalismo. 

Ahora tengo más dudas, porque si se va a crear algo a partir de lo anterior, antes habrá que saber cómo fue, es decir, escucharlo. Y parece que al final la IA en la música solo ha servido para la aparición de miles de autores fantasma que quieren rascar céntimos de euro por saturación del streaming. Toda una revolución, sí, y no me cabe duda de que me voy a encontrar con Slayer como Miliki y Rita Irasema y a Miliki y Rita Irasema como Slayer hasta que me entren ganas de arrancarme los ojos o tirar el móvil por la ventana. 

Sin menoscabo de la creatividad de los usuarios de redes sociales armados con IA, pocos fenómenos habrá habido en la música popular del siglo XX en los que la comunión de los fans con el artista haya sido algo tan íntimo e intenso como la de Slayer con sus seguidores. Había una VHS original, Live Intrusion, que traía las famosas imágenes de un señor escribiéndose Slayer con una cuchilla en el antebrazo, rociarlo de alcohol y prenderle fuego para pronunciar “Slayeeeeer” mientras le ardían los tajos. 

Me hago cargo de que semejante hazaña solo se puede enfocar desde la enajenación mental, pero hay una parte de mí que lo entiende. Sin exteriorizarlo así, circunscrito solo a mi imaginación y el air guitar a solas en el váter, algo tiene ese grupo que te saca fuera de ti. Es un verdadero hechizo, un trance. Y dentro de su discografía, si hay un hito inmortal, ese es Reign in blood (reinado en sangre, en castellano) donde destaca su canción, Rainning blood, (lloviendo sangre). Como ven, eran un prodigio de imaginación. 

Para entender este torpedo recomiendo su volumen en la famosa colección de libros sobre discos 33 1/3. Ahí se cuenta cómo el grupo, que con Hell Awaits se había ido a canciones más largas y densas, decidió volver a la crudeza de su primer álbum, Show no mercy, pero de forma perfeccionada. Uno de los motivos fue la fusión, lo que siempre hace que los géneros evolucionen. Jeff Hanneman, el guitarrista, estaba alucinado con la escena punk/hardcore (DRI, Minor Threat, Dead Kennedys, GBH, Discharge…) y llevó ese pulso histérico e incesante a sus composiciones. 

El productor, Rick Rubin, hizo el resto. Supo ver lo que querían reflejar, pero le pulió completamente el sonido para añadirle contundencia. Eliminó reverb para que fuese seco como, en sus palabras, “un puñetazo en un ring de boxeo”. Su ingeniero era Andy Wallace, al que años después le llamó Kurt Cobain para que grabara Nevermind precisamente por lo que había hecho aquí, y la paradoja es que le decepcionó porque le quedó muy pop, pero esa es otra historia. 

Lo fascinante es de dónde venía Rubin antes de trabajar con Slayer: del hip-hop. Los dos álbumes anteriores que había producido eran de Run DMC y Beasty Boys, y más atrás, el de Big Audio Dynamite, el grupo de Mick Jones, de los Clash. Sin embargo, en 1985, vio a Slayer junto a Peter Daugherty, descubridor años después de Red Hot Chilli Peppers, en un cartel con Megadeth y Exodus o Anthrax –no recuerda cuál de los dos- donde los pasó por encima a todos. 

Las canciones estaban compuestas desde casa. Kerry King lo hacía en su habitación y grababa los riffs en cintas de casete, y Hanneman hacía lo propio con una caja de ritmos. Con el material que tenían se reunían en el garaje de Tom Araya y ensamblaban las canciones. Salvo el mencionado detalle del sonido, Rubin solo les animó a meter el grito del principio, porque creían que ahí faltaba algo, una puerta para entrar en semejante disco, una introducción a modo de resumen de lo que se venía. Es un grito que sale del alma, sin ningún tipo de adorno. No es lo que haría Rob Halford, sino lo que haría cualquier persona si le aplastan los dedos de los pies a martillazos. 

Y luego, en la última, Rainning blood, metió lluvia al final de la canción. No tuvo nada de poético, no se puso a llover en el estudio, la pista venía en una galería de efectos de sonido y con ella lograron que el disco se fuese a veintinueve minutos y un segundo. Créanme, no le hace falta ni un segundo más. 

Esta canción concretamente evocaba algo típico en el metal, la historia de fantasía de un alma expulsada del cielo que se venga asesinando a los ángeles, por eso llueve sangre. Se me ocurren pocos inicios de canción más transformadores que este para quién ha amado el metal. Da igual la edad, es oírlo y pasar de hombre a neardenthal. Quizá sea por el doble bombo, en este disco fue de las primeras veces que se empleaba a velocidades de más de 200 pulsaciones por minuto.  

Pero el problema del histórico LP no estuvo aquí, sino en el inicio. Después del citado grito, la letra empieza a hablar de Auschwitz. En Columbia ya estaban hartos de Ozzy, tenían denuncias porque se les culpaba de incitar al suicidio de adolescentes y, en cuanto escucharon esa letra, dedicada al doctor Mengele, hubo una reunión de urgencia con el número uno: Al Teller, presidente judío del sello, que había perdido a sus padres en el Holocausto: 

«Escucharon el comienzo de “Angel of Death”», recuerda George Drakoulias, compañero de universidad de Rubin y entonces becario de Def Jam. «Y empieza diciendo: “Auschwitz, the meaning of pain / The way that I want you to die”. Recuerdo a la gente saliendo de la reunión horrorizada. Pensaban que era un disco pronazi. Al ser judíos, Teller y [el presidente de CBS Walter] Yetnikoff lo consideraron ofensivo».

Prácticamente, todos los accionistas de Columbia eran judíos y les mandaron a paseo. A Rubin lo rescató John Kalodner, de Geffen, distribuida por Warner, que le dijo: “Publicaré este disco ahora mismo. Me importa una mierda. Me da igual. La banda es brillante”. Curiosamente, también era judío, pero se conoce que le importaba menos. Todo sucedió sin que el grupo se enterara de nada, lo habían delegado todo en el productor. 

Para tener esas letras y ser una de las primeras piedras y más firmes del metal extremo, es alucinante cómo llegó a ser disco de oro. No vendió como Metallica poco después, pero fue una barbaridad igualmente. Hasta llamó la atención de Tori Amos, que hizo una versión. Encima, teniendo en cuenta que Wal-Mart y Kmart se negaron a venderlo. 

Es conocido que Slayer siempre han rechazado las acusaciones de ser nazis, supremacistas  o cualquier tipo de miseria humana similar, pero lo han hecho con sordina, para mantener el misterio, mientras en su iconografía hay una heráldica con aguiluchos que no evoca otra cosa que no sea el fascismo. ¿Desde un punto de vista artístico? Pues podría ser. 

Hanneman, como tantos otros, era un obseso de la II Guerra Mundial, coleccionaba parafernalia del conflicto y, aún así, dijo que la canción era “como un documental” sobre los horrores de ese campo de concentración y ese doctor, que experimentó con humanos de forma espantosa. Le parecía ridículo tener que apostillar el la letra que el doctor Mengele “era malo”, que eso se sobreentendía. 

Su padre estuvo en el desembarco de Normandía, así que se presupone que no debería ser un apologeta de quienes intentaron matarlo en la playa con todo lo que tenían a su alcance. De hecho, fue su padre quien le inició en este tipo de coleccionismo, pues se trajo un montón de imaginería nazi del frente. Tal vez por eso el club de fans del grupo se llamaba Slaytanic Wehrmacht, algo que tampoco gustó en Columbia.  

El batería, Dave Lombardo, era cubano y el bajista, Tom Araya, chileno. Siempre se ha dicho que el supremacismo blanco del grupo, de ser así, quedaba un tanto tocado por su composición diversa. Para Araya, narrar los horrores más espantosos de la Historia es una forma de expresión, si se quiere de transgresión. Nunca lo ha visto como política.

Yo estoy completamente de acuerdo. Todo en su conjunto, música y letras, son algo que te sacude y te hace sacar toda la agresividad que llevas dentro. Es terapéutico. Y es algo que me comentó en una ocasión Dave Rotten, uno de los padrinos del death metal en España, que él con el metal lo que hacía era relajarse. Lo asegura la ciencia, el metal sirve de regulación emocional, de catarsis. No te enfada o te pone rabioso, como sería de suponer, sino al revés. Ya se sabe, el heavy no es violencia, y este disco, sin lugar a dudas, es el que más fácil te transporta a ese estado hipnótico después del cual… te quedas nuevo. 

 

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