La actriz, conocida por Valeria, protagoniza Casi todo bien, una historia sobre frustraciones, sueños que no llegan y la tendencia a sabotear la propia felicidad. En esta conversación, López repasa los golpes de la industria, la inestabilidad del oficio y la necesidad de aprender a relativizar el éxito.
Semana de Sant Jordi y estreno de Casi todo bien, una película muy ligada al mundo literario. ¿Qué te atrajo de esta historia?
Me interesó mucho el guion desde el principio y también los directores. Aunque es su ópera prima en cine, ya conocía su trabajo y tenía muchas ganas de ver qué hacían en este formato. Cuando leí el texto, me pareció muy interesante cómo abordaba temas como las frustraciones, las pasiones o las neurosis, y sobre todo esa tendencia tan humana que tenemos a auto boicotear nuestra propia felicidad o nuestra propia paz, muchas veces bajo el pretexto de nuestras ideas o prejuicios.
Me resultaba muy reconocible todo lo que le ocurre a Hilario, el personaje de Marcel Borràs. Esa sensación de estar persiguiendo un sueño durante años, invirtiendo muchísimo esfuerzo y trabajo, y que ese sueño no termine materializándose en nada. Es un camino que puede ser muy triste. En esta profesión es algo bastante habitual, pero creo que se puede extrapolar a muchísimas otras.
Hablábamos el otro día de que probablemente nadie estudia arquitectura pensando en acabar reformando un baño, y sin embargo muchas veces la realidad va por ahí. Me parecía muy interesante poner ese tema en el centro.
Es una historia muy extrapolable, sobre todo a profesiones que dependen de la validación externa. En tu caso, viviste algo parecido al principio de tu carrera, cuando una escena tuya se cayó en montaje. ¿Cómo se gestiona algo así?
Fue un batacazo importante. Yo tenía 16 años, era mi primera película y estaba llena de ilusión, con todo lo que eso implica a esa edad: la proyección, las expectativas, el imaginario… Y de repente te dicen que esa escena no va a estar en la película.
No lo viví bien, fue un drama. Pero con el tiempo he entendido que lo importante no es tanto lo que te ocurre, sino qué haces tú con eso. Y en ese sentido, también conecto mucho con lo que plantea Casi todo bien.
Aquella experiencia me aterrizó de golpe en lo que es esta profesión: es despiadada, es salvaje y no hay nada asegurado. Eso, con los años, me ha ayudado a relativizar mucho las expectativas con los proyectos y a colocarme en un lugar más sano.
Para quien nos lea, puede ser importante ver que incluso alguien con una trayectoria como la tuya también pasa por momentos duros.
Sí, porque la industria también contribuye mucho a idealizar a los personajes públicos. Pero la realidad es otra: sufrimos, hay cosas que salen bien y otras que no.
Creo que es fácil hablar cuando todo va bien, pero es más complicado cuando no es así. Y en mi caso, el hecho de que mi carrera no haya sido un camino de rosas me ha dado mucha resiliencia, fuerza y una capacidad de relativizar que me ayuda a vivir mejor esta profesión.
Tu personaje, Carolina, tiene algo muy interesante: es muy sencilla en sus decisiones, muy clara. ¿Cómo la entiendes tú?
Sí, es un personaje muy interesante en ese sentido. Aunque sabemos menos de su vida que de la de Hilario, sí intuimos que ella también está en un momento de cambio.
Desde el principio se ve que no termina de estar cómoda en su entorno: con sus amigas, con los lugares que frecuenta, incluso consigo misma. Es como si se le hubiera quedado pequeño el traje. Y de pronto aparece Hilario, que es un personaje mucho más enroscado, y eso le resulta estimulante precisamente porque es muy distinto a ella.
Creo que se complementan muy bien. Carolina tiene esa capacidad de ir a lo sencillo, de decidir si algo le gusta o no le gusta y actuar en consecuencia. No está enganchada, no se queda en lugares donde no quiere estar. Es impulsiva, pero también muy libre, y eso es lo que de alguna manera le aporta a Hilario, como un soplo de aire fresco.
En la película no se cuenta todo sobre Carolina. Como actriz, ¿cómo rellenas esos huecos?
Imaginando, que es probablemente lo que más me gusta del proceso. Yo necesito construir un pasado para el personaje, entender de dónde viene, qué ha vivido, aunque luego eso no aparezca en pantalla.
Hablé mucho con los directores sobre cómo imaginaban ellos a Carolina y a partir de ahí fui completando ese universo. Por ejemplo: ¿por qué vive sola en una casa así?, ¿qué ha pasado en su vida para estar ahí?, ¿por qué tiene ese halo de misterio?
Yo tengo respuestas para todas esas preguntas. No porque tengan que verse en la película, sino porque me ayudan a interpretarla. Al final, es un ejercicio de imaginación y de tomar decisiones como actriz.

- Silma López y Marcel Borrás durante un instante de la película. -
- Foto: Ellas Comunicación
La película también retrata muy bien la noche madrileña.
Sí, totalmente. Yo ahora estoy en otra etapa y salgo menos, pero ha habido momentos en los que salía muchísimo y Madrid tiene algo muy particular.
No hace falta que sea fin de semana para que pasen cosas. Puedes salir un miércoles, cenar, tomarte algo y acabar en un sitio completamente inesperado, con gente muy distinta. Eso forma parte del encanto de la ciudad y creo que la película lo recoge muy bien.
Llevas varios años encadenando proyectos. ¿Eso te permite vivir con más calma o sigues con la sensación de que todo puede cambiar en cualquier momento?
Intento vivirlo con más calma, sobre todo desde que soy madre. Pero es verdad que es un equilibrio complicado.
Cuando encadenas proyectos, todo parece ir bien: hay estabilidad, hay trabajo, hay visibilidad, la economía funciona… Da la sensación de que el trabajo llama al trabajo. Pero la realidad es que esta profesión, salvo para unos pocos, va por rachas.
Yo siempre tengo presente que en cualquier momento puede llegar una etapa de parón. Y ahí aparece toda la neurosis: si volverán a llamarte, qué pasará…
También creo que parar es necesario. Dejar espacio para que surjan otras cosas. En mi caso, después de hacer proyectos más mainstream, como Valeria, tenía muchas ganas de explorar otros caminos más autorales, como el cine o el teatro. Y eso a veces solo ocurre cuando sales de esa rueda constante.
¿Siempre tuviste claro que querías ser actriz?
No del todo. De pequeña quería ser deportista del Circo del Sol, pero me lesioné y ese sueño se acabó bastante rápido.
Luego empecé a actuar muy pequeña, casi como una actividad extraescolar, de una manera muy orgánica. Y poco a poco fui entendiendo que quería dedicarme a esto.
También me pasó algo curioso: cuando descubres tu vocación, parece que todo lo demás deja de tener valor. Y con el tiempo entendí que no, que también podía ser buena en otras cosas y que podía ser feliz haciendo otras cosas, aunque no me llenaran igual.
Has formado parte de un fenómeno como Valeria. ¿Las plataformas han sido una bendición para la industria?
Creo que, como casi todo, tienen luces y sombras. Por un lado, son un escaparate enorme. En nuestro caso, en Valeria, muchas éramos actrices desconocidas y nos puso en el mapa. Eso es una oportunidad increíble.
Pero también hay aspectos que creo que se deberían revisar: las condiciones, los derechos, las diferencias entre países… Esa exposición tan grande beneficia mucho a las plataformas, y creo que ahí hay un debate importante que todavía está sobre la mesa.
Para terminar, ¿qué estás leyendo o viendo que recomendarías?
Estoy leyendo Galleteras, de Laura Sanz, que cuenta la historia de las mujeres de la fábrica Fontaneda, las que empaquetaban las míticas galletas María. Me parece muy interesante.
En cine, Hamlet, que ha tenido muchísimo éxito y me gustó mucho. Y en series, he visto recientemente Better Man, en Filmin, que me ha encantado. Tiene una premisa muy interesante.