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CRÍTICA DE CINE

'Si pudiera, te daría una patada': el lado oscuro de la maternidad

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VALÈNCIA. La película Si pudiera, te daría una patada comienza con un plano tan de cerca de Rose Byrne, que solo puedes ver la expresión de su rostro. En off, se escucha a su hija, que tiene una enfermedad rara (no se especifica) y requiere de cuidados constantes. La pequeña, en la consulta de la psicóloga, describe a su mamá como una mujer de plastilina. Su papá es duro como una piedra, pero ella se estira. 

No hay nada casual en esta escena introductoria, en la que se puede percibir el pánico de la protagonista frente a una situación que no sabe cómo manejar, así como la soledad e incomprensión como madre y mujer en la que se encuentra. Porque, es cierto, ella se estira, pero, ¿hasta qué punto?

El padre se encuentra ausente y ella, Linda, está en una situación límite ya que tiene que hacerse cargo de los cuidados, que implican una máquina conectada al estómago de la pequeña para que se alimente por las noches. 

Desde el principio nos sumergimos en una situación de angustia y de horror cotidiano que se adereza con notas de humor muy negro y elementos fantásticos que distorsionan la realidad. 

Si pudiera, te daría una patada es la ópera prima de Mary Bronstein, que había estado anteriormente vinculada al movimiento ‘mumblecore’, del que surgieron Lena Dunham o Greta Gerwig y que ahora se convierte, gracias a esta película, en una autora radical y sorprendente dentro del cine estadounidense contemporáneo. 

La película supone una auténtica patada al concepto tradicional de maternidad. Linda es una mujer abnegada que vive por y para su hija, también es una trabajadora profesional dentro del sector de la psicología, pero no es capaz de cuidar de sí misma y de los problemas que arrastra, porque está sola y está harta de cargar con todo. 

Linda bebe alcohol, consume drogas cuando puede porque, si pudiera, le daría a todo una patada. Su casa se ha inundado por culpa de un enorme agujero que se abierto en el piso de arriba y tiene que trasladarse a vivir a un motel con su hija y con esa máquina que la alimenta mientras duerme. 

El retrato de Linda, la protagonista, se construye desde la crudeza y la proximidad. La cámara, como en esa escena de inicio que comentábamos, se mantiene pegada a su rostro, captando cada fluctuación emocional: desde la fragilidad extrema hasta destellos de humor negro y resignación. En su rostro hay pánico, vulnerabilidad y hartazgo. 

La película evita cualquier sentimentalismo fácil. Mary Bronstein opta por una puesta en escena radical que refuerza la sensación de encierro y ansiedad, de forma que el espectador se ve atrapado en la misma atmósfera opresiva que vive la protagonista. El rostro de la hija se mantiene fuera de campo casi hasta el final, intensificando la incertidumbre y la angustia.

El guion no escatima en mostrar la presión social sobre la maternidad y la culpa constante que recae sobre quienes no se ajustan al modelo ideal, de forma que, la mínima muestra de insatisfacción con el rol materno puede conducir al aislamiento social, mientras los hombres se encuentran excluidos de la ecuación de los cuidados. 

En este descenso a los infiernos domésticos, la directora introduce destellos de humor absurdo, como la aparición de un hámster que la protagonista describe como “demoníaco”. Esa ironía, lejos de suavizar el relato, acentúa la sensación de vértigo y permite al espectador respirar en medio del desasosiego.

La puesta en escena, con fotografía de Christopher Messina y producción de A24, entronca con el cine independiente más arriesgado, recordando por momentos a los hermanos Safdie, aunque desde una perspectiva marcada por la experiencia femenina. El uso radical del montaje y el sonido convierte la película en una experiencia extenuante que no deja respiro durante dos horas. 

Uno de los mayores logros de la cinta reside en la empatía que suscita la interpretación de Rose Byrne. La actriz logra que el espectador acompañe a Linda en su naufragio emocional, transitando desde el rechazo inicial hasta una profunda compasión. Se trata de un trabajo tan brillante como desgarrador. 

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