Los problemas de los críticos con la música que gusta

Música y ópera

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

Proliferan las teorías sobre qué música se escuchaba y cuál se debía escuchar en los 80

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VALÈNCIA. Esta semana se ha subido a YouTube un vídeo impagable, son unas escenas de la vida nocturna y juvenil del Vigo de 1986. La calidad de la imagen es tan impresionante que es como estar ahí. Normalmente, todo esto lo vemos granulado o en fotos viejas, con unos colores que forman parte del misticismo ochentero. Sin embargo, esta imagen es tan limpia que hipnotiza. En los 90, me pasaba horas analizando cómo vestía esta gente en revistas viejas. Esto es un festival para buscar detalles, se aprecia cierto revival 60s, pero lo mejor son los punks y rockers del final. Entiendo perfectamente por qué cuando era un niño ver sus pintas por la calle me dejaba en estado de shock. 

Por supuesto, en el vídeo el locutor alude a la discusión estéril y absurda sobre si Movida sí o Movida no. El término, que es una palabra que todavía se emplea en la calle, fue aparecer en El País y hasta hoy ha manchado como una lacra todo lo que tiene que ver con esa época. En realidad Movida madrileña no significa nada, lo que pasó durante esos años pasó en toda España y no solo eso, también en todo el mundo. El punk y la Nueva Ola cambiaron la cultura popular juvenil tanto en Estados Unidos como en la URSS y Yugoslavia. 

Aquí se ha dicho sin atisbo de vergüenza que Felipe González favoreció “La Movida” para que la juventud se distrajera, cambiara la senda revolucionaria por la hedonista y así poder meternos en la OTAN. Me pregunto entonces quién permitió la aparición, promoción y clips de Кино en 1981 en Leningrado. ¿Y Paraf en Yugoslavia? En el país de la sevdalinka, trubaci y narodna muzika resulta que en la televisión estatal tenían a chavales con el pelo de colores tocando géneros post-punk y new wave. Es obvio que los amigos de la especulación socio-política emplean con demasiada frecuencia su imaginación como fuente documental. 

Esta semana en bluesky también se ha hablado de este tema con el especial sobre la música de gasolinera de la Cadena SER y el rechazo inicial que sufrió en los medios un grupo como Camela. Es una historia muchas veces contada, tanto que ya es un cliché, decir que en los 80 se eclipsó la “música de gasolinera” para encumbrar la modernidad y otro tipo de ofertas en “los canales oficiales”, porque esta trataba en sus letras los problemas de la España real, tales como la droga, el paro, la pobreza, la cárcel, etc… y había que ocultar todo eso.

El argumento es curioso porque Los Chunguitos, El Fary, Los Chichos y demás se hincharon a salir por la televisión pública, que era el canal oficial que más público reunía. En Onda 2 y Radio 3 no les hacían mucho caso, cierto. Pero es que habría sido un descojono. Al margen de la asociación de la copla y géneros adyacentes con el franquismo, para las nuevas generaciones era la música de sus padres y sus abuelos. Les interesaba lo anglosajón y los españoles que aplicaban aquí esas fórmulas ¿Por qué? Porque habían elegido esa vía para molar. 

Si ha habido una relación estrecha entre juventud y música no ha sido tanto un marcador de clase, como se dice ahora, sino un intento de parecer enterado, en la onda, al loro –que decía aquel alcalde- o, en definitiva, bien adaptado a algo apenas conocido y cambiante como es lo moderno. Con los gustos musicales en la sociedad de consumo todo el mundo ha pretendido siempre distinguirse. Ser mejor que otros, pertenecer a comunidades especiales en las que tú estás y el otro no, porque tú eres chupi. Es algo completamente normal, porque en la adolescencia los jóvenes experimentan biológicamente una crisis de identidad que conduce a este tipo de comportamientos ¿Por qué hay gente que sigue igual con cincuenta y pico años? Eso es otra cuestión, aquí lo importante es que el capitalismo supo aprovechar esa demanda adolescente de identidad y al fenómeno lo llamamos Historia del pop o Historia del rock. Tanto me da, todo consistía en vender discos al segmento más amplio de la población, que ahora es el más pequeño.

Eso no quiere decir que a través de comentarios sobre música se pudiera encontrar racismo. Yo de preadolescente tenía una casete de varios de Camarón que me gustaba mucho por Volando voy, y cuando lo ponía raro era no oír: “¿Qué haces escuchando chachos?” Yo creo que hasta muy al final de los 90 no empecé  ver el típico fan del rock en general, pero connoisseur flamenco que tener, no tenía ni puta idea, pero mostraba que se emocionaba con las grabaciones de Raimundo Amador con BB King, cuyo concierto si no recuerdo mal lo dieron en Canal+, lo tope de lo tope de la sofisticación y el buen gusto oficial extranjerizante… que también daba los toros a cámara superlenta. 

Pero eso no quiere decir que lo que plantea Delirios de España en su episodio número 2 sobre Camela tenga, en el fondo, mucho sentido. ¿Había un grupo de críticos, periodistas culturales y suplementos que decidían qué cultura era válida y establecían así un “buen gusto” oficial? Ya lo creo. Pero es que siempre ha sido así, incluso hoy, aunque es un fenómeno más diverso y complejo de lo que parece querer decir esa frase. ¿Eso pudo guardar relación con que Camela fuera inicialmente un grupo ignorado en los medios hasta que vendió tanto que era un escándalo no llevarlos? No creo. 

Si bien es cierto que les asociaban al universo gitano, sin serlo plenamente, el recuerdo que tengo yo es que, para el que estuviera en la música pop o rock de tendencia anglosajona o nacional, les daba risa porque era un grupo de letras extremadamente simples, formulista y que enganchaban fuerte con la primera adolescencia. Es decir, con el público menos sofisticado, con lo menos parecido a PJ Harvey, Sonic Youth y las cosas que les gustaban en aquella época a la mayoría de los que ahora elucubran teorías sobre esos años. 

La verdad es que nunca vi en aquellos años analizar obras maestras como Viviendo deprisa o Llámalo sueño a esos críticos que levantaban el meñique con Nick Cave, Blur o Pulp, pero tampoco les vi rechazar algo por ser de extrarradio. El llamado bacalao o más aún las divas del dance, que vendieron como churros y llenaron todas las pistas, tampoco han tenido nunca el más mínimo prestigio, se ha considerado siempre basura para las masas. Y no era porque fuese electrónica, sino porque estaba en todas partes y a la peña le encantaba. A un refinado crítico musical nunca le verás ahí donde está todo el mundo si su negocio es la sofisticación. Es de Perogrullo. Tendrán que pasar unos años, olvidarse todo el mundo de aquello y, entonces sí, aparecerá el crítico hablando de ese artista exmasivo con una teoría o boutade que reúna atención sobre él. Entonces sí. Pero eso no es clasismo ni racismo, es ser gilipollas, y en España el negocio cultural es un gran refugio para esa categoría humana.

 

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