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'La gran ambición': Italia recuerda el eurocomunismo, mientras que en España es un hazmerreír y un tentetieso

La película italiana retrata el liderazgo comunista de Enrico Berlinguer, en el punto de mira de Moscú y de Washington al mismo tiempo

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VALÈNCIA. La película La gran ambición, disponible en Filmin, la biografía de Enrico Berlinguer, dirigente del Partido Comunista Italiano, tiene todas las palabrejas por las cuales en este país la izquierda heredera del PCE considera, a veces con palabras textuales, a Carrillo y a los comunistas españoles de los setenta como unos traidores. Esto es debido a que el gran tema de esta película es cómo el dirigente comunista italiano le rogaba al líder democristiano un gobierno de unidad nacional, una fórmula que se sostendría con, atención, consensos. 

Eso mismo es lo que intentó Carrillo en los primeros años del gobierno de Suárez. Quería que se percibiese al PCE como un partido capaz de asumir responsabilidades de gobierno, mostrar a la población una organización seria y realista, y no paró de proponerle un gobierno de concentración. Primero, sin éxito, para desmantelar el régimen; segundo, también sin éxito, para afrontar la crisis económica. Pero, por eso, cuando le propusieron los Pactos de Moncloa, aceptó en el acto, iba en su línea. En Italia, prácticamente al mismo tiempo –porque todo venía derivado de la misma crisis del petróleo- Berlinguer también apoyó medidas de ajuste para “estabilizar la democracia”. Es decir, para evitar golpes de estado. Paralelismos y simetrías. 

Lo cierto es que el líder italiano pagó en las urnas este apoyo a los democristianos. Las bases del partido nunca lo vieron bien. En el 79 no repitió el éxito del 76. Y en España, aunque en el 79 subieron en votos tras la aprobación de la Constitución, la estrategia de Carrillo se percibió como un fracaso con la segunda crisis del petróleo y se acentuaron las diferencias entre el sector renovador y el más ortodoxo. Sumado todo esto a la gestión autoritaria de Carrillo de las diferencias, el desenlace fue la descomposición del partido entre escisiones, pérdidas brutales de militantes y un fracaso sin paliativos en las elecciones del 82. 

Sin embargo, entro en Filmin y me encuentro una película italiana que recuerda a Enrico Berlinguer desde un enfoque empático y respetuoso que no por ello ignora los grandes problemas de la izquierda, que aún hoy siguen dividiéndola. Aquí, algo así sobre Carrillo o sobre los cuadros dirigentes del PCE de los sesenta y setenta es impensable. 

Las sutilezas de aquella época no son de dominio público, si alguien las ignora es precisamente la propia izquierda que aún hoy enarbola esas siglas y la película recibiría críticas despiadadas si no cayese en todos los memes de la década que acabamos de dejar atrás. La Transición fue una traición, te lo dicen los millennials que han crecido toda su vida en libertad. Los discursos de Negrín, Azaña, el manifiesto de 1956… todo traiciones. Recuerdo que cuando la serie Cuéntame abordó cuestiones de esa naturaleza lo hizo también de la forma más ahistórica e indocumentada posible, sumándose a la fiebre ágrafa del momento de tirar a la basura el legado de la izquierda en España… desde la izquierda.

Nada de esto quiere decir que La gran ambición sea perfecta. Aunque dure dos horas, el resultado es algo raquítico. No se puede meter tanto en tan poco. Al final, solo entiende los flecos y profundidad de la trama quien conozca a priori la historia del eurocomunismo y la figura de Berlinguer. Y no debería ser así. Se echa de menos una versión de lo que fue todo aquello, algo que solo se podría haber logrado con una serie. Salvatore “Totó” Riina tiene una serie en la que cada capítulo duraba noventa minutazos, Il capo dei capi, pero Berlinguer, que puso en jaque a la URSS y cambió a la izquierda en su país y también en España y Francia, solo peliculita. Paradojas moldeadas por el gusto de los telespectadores. 

Hay un aspecto en el que incide Segre, trata a su protagonista como un personaje solitario. Es trágico. No logró nada de lo que se propuso y el respaldo dentro de su partido fue muy relativo, de los cuadros a la militancia. Si algo le impulsó fueron los excelentes resultados electorales y la tremebunda afiliación al partido que se produjo bajo su liderazgo. 

Lo que no puede ser más evidente es el retrato de Moscú. No es que Breznev intentara marcarle la línea a Berlinguer y que abandonara sus principios democráticos, es que intentaron asesinarlo en Bulgaria. Ahí comienza la película. No solo se desglosa la ideología del líder italiano, una tercera vía que se apartaba de la socialdemocracia y el maoísmo, también se muestra con claridad lo que era el fascismo soviético y lo que ya fue la coronación con las Brigadas Rojas.  

Por otro lado, la película explota la nostalgia. Está llena de cortes con imágenes reales de la época y se nota que posiblemente esté dedicada al público boomer que era joven e impresionable durante esos años. Esos pasajes sirven no solo como testimonio de los tiempos, sino para comprobar lo que ya no es la izquierda, un movimiento que, en Europa Occidental, el único encanto que moviliza es el de que no gobiernen genuinos cafres, pero las promesas de una gran sociedad ilusionan más bien poco. Dan o para cinismo o para performance, pero para poco más. Hoy, cuando más está aumentando la desigualdad, la tendencia está siendo hacia la extrema derecha, que graciosamente promete consagrarla. Si la izquierda no ha podido dejar patente esta contradicción es que está flojita. 

Lo bueno es que esta película se puede contrastar con Il divo, de Paolo Sorrentino, mucho más interesante que sus videoclips posteriores, en la que se analizaba a Giulio Andreotti, el presidente de Italia en esos años convulsos. Un retrato poliédrico que no pretendía absolver al personaje, sino comprenderlo, y a la vez lo presentaba como útil en un país tendente al caos, un tic que los italianos comparten con nosotros, caer en los clichés sobre sí mismos por falta de autoestima real, no de fantoches. Y también alguien que era, aparentemente, completamente opuesto a Berlinguer, quien luchaba para que el poder, ante todo, fuese un compromiso moral. 

Con todo, lo más destacable de estos productos italianos es que tratan de explicar y de explicarse a los personajes y a la Historia, igual que la serie reciente sobre el asesinato de Aldo Moro, Exterior Noche. Son conscientes de los grises de la Historia. No dan leccioncitas y sobre todo sus autores no son cuñaos que se han documentado solo con aquellos textos que les dan la razón; que les dan la razón como a los tontos. 

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