Carlos Sadness acaba de publicar Arenal Sound, una canción que convierte la nostalgia festivalera en un retrato generacional. El artista barcelonés habla de la importancia de vivir el presente, de los sacrificios que esconde una carrera musical y de una industria cada vez más condicionada por los algoritmos mientras ultima su próximo disco.
Pregunta. Acabas de lanzar Arenal Sound, un tema que me ha encantado y del que ahora hablaremos. Además, tienes varios conciertos por delante. Mirando tu agenda parecía que hacías una pausa hasta septiembre, pero veo que no es exactamente así.
Respuesta. No, en realidad hay conciertos hasta octubre. Entre medias también estaré grabando el disco y viajando a México. Igual hay una pausa en España porque me voy allí, pero parar no paro. Puede que la web no estuviera del todo actualizada.
P. Entonces te espera un verano intenso: conciertos, grabación del disco...
R. Exactamente.
P. Justo lo contrario de lo que cuentas en Arenal Sound, donde hablas de la nostalgia de esos veranos que parecen eternos.
R. Sí, este verano habrá pocas vacaciones. Alguna escapada intentaré hacer entre semana.
P. Hay que aprovechar.
R. Claro. Muchas veces también aprovechas los conciertos para quedarte algún día más y conocer el sitio.
P. Me ha gustado mucho que la canción hable precisamente de ese espíritu de los festivales. Los que disfrutamos de ellos sabemos que tienen algo muy especial, casi único. Además, está esa nostalgia de cuando los vivíamos por primera vez. ¿De dónde nace la canción? ¿Por qué te surge ahora esa inspiración?
R. Creo que tiene que ver con que ya no podemos vivirlo por primera vez. Ya no existe esa novedad, pero sí hemos construido una colección de experiencias y recuerdos que forman parte de nuestra memoria festivalera. La nostalgia nace de ahí: de darte cuenta de que algo que todavía consideras parte de tu presente empieza a convertirse en pasado.

- Carlos Sadness. -
- Foto: Promoción Sin Fronteras
P. No sé si te ocurre, pero yo cada vez que vivo determinadas experiencias con amigos —un viaje, un partido de fútbol, cualquier momento especial— intento agarrarme mucho al presente porque pienso que quizá algún día no podremos vivirlo igual. ¿Te pasa cada vez más?
R. Sí, aunque también creo que las cosas emocionantes están en todas partes. A veces pensamos que solo es emocionante aquello que resulta único o extraordinario, pero las cosas bonitas están al alcance de todos. Muchas veces quedan opacadas porque no valoramos lo cercano o lo cotidiano.
Intento tener mucha conciencia del valor del presente. Creo que es una de las cosas más importantes para ser feliz: ser consciente de las cosas buenas que estás viviendo y disfrutarlas. No hace falta pensar constantemente que se van a acabar, pero sí saber que las estás viviendo y saboreando. Esa conciencia ayuda a estar conectado con el momento y no vivir siempre esperando lo siguiente.
P. Hablando de festivales, muchos artistas me comentan que se vive una energía muy especial. Pero también hay quien teme que el auge de los festivales termine perjudicando a los conciertos en salas. ¿Cómo ves ese equilibrio?
R. Bueno, en cierta medida sí ocurre, porque hay muchísima oferta de festivales y mucha gente siente cubierta su necesidad de música en directo con ellos. Pero también existe otro público que sabe que una sala permite ofrecer un espectáculo más largo, más profundo y con más matices.
Hay personas que prefieren claramente la sala antes que el festival. Depende mucho del momento vital y de los gustos de cada uno. Lo que sí creo es que cuando un artista sale de gira por salas tiene que ofrecer algo diferente al festival: un espectáculo propio, especial, algo que justifique esa experiencia para que la gente pueda elegir una cosa, la otra o ambas.

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P. Yo te confieso que cada vez disfruto más los conciertos en salas. Si tuviera que elegir entre verte en una sala o en un festival, probablemente escogería la sala.
R. Es lógico. En un festival la gente va por muchos artistas a la vez. La atención está más repartida. La sala implica una concentración absoluta en lo que está ocurriendo. Musicalmente suele ser una experiencia más intensa.
Aunque también hay festivales que funcionan casi como una sala porque el público va específicamente a verte. Pero el festival tiene otras cosas: el aire libre, el ambiente festivo, la mezcla de públicos, la parte social... Todo eso le da una personalidad diferente.
P. También tiene algo interesante: descubres artistas que quizá no habías escuchado antes.
R. Totalmente. Para mí los festivales fueron fundamentales para crecer y darme a conocer. No he sido un artista que haya sonado especialmente en radio ni que haya contado con grandes campañas de marketing.
Crecí precisamente en ese entorno. Ahí es donde alguien puede encontrarse con un concierto tuyo sin haberte prestado demasiada atención antes y acabar conectando con las canciones. Luego esa persona puede escucharte en casa y terminar yendo a un concierto tuyo en sala. Esa es una de las grandes virtudes de los festivales.
P. Precisamente tu carrera ha crecido de una forma bastante particular, quizá más alejada de los focos mediáticos tradicionales. Ahora tienes más de un millón de oyentes mensuales en Spotify, que es una cifra enorme, pero imagino que el camino no siempre ha sido fácil.
R. Ha habido momentos de todo tipo. Cuando tienes un proyecto propio siempre existe incertidumbre. Al principio dudas mucho de si realmente podrás vivir de ello.

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Con los años y el trabajo vas consiguiéndolo, pero requiere mucha paciencia y sacrificio. Hay etapas en las que no puedes dedicarte únicamente a la música y tienes que compaginarla con otras cosas. Es algo muy complicado. No es imposible, pero somos muy pocos los afortunados que conseguimos vivir de esto.
P. ¿Qué sacrificios has tenido que hacer?
R. Muchas veces consiste en dedicar toda tu energía, tu tiempo e incluso tu dinero a algo que todavía no está dando resultados económicos. Vivir con muy poco porque crees en lo que estás haciendo. Ir a tocar sabiendo que vas a perder dinero.
Son situaciones poco agradables, pero las haces con ilusión y con amor, sin saber siquiera si algún día tendrán retorno.
P. Tu música transmite muy buen rollo y mucha gente te identifica con esa imagen luminosa. ¿Alguna vez te sientes esclavo de ella? ¿Hay momentos en los que no te sale estar así?
R. En general soy una persona optimista, pero también creo que mis canciones tienen mucha carga emocional y mucha nostalgia. Si uno profundiza en el proyecto encuentra muchos matices y emociones diferentes.
Lo que ocurre es que se han popularizado más las canciones luminosas y optimistas, y eso ha reforzado esa imagen. Pero dentro de mi música hay muchas otras emociones.
P. Estás terminando un nuevo álbum. ¿Qué nos puedes adelantar?
R. Lo estoy acabando y también estoy viendo con qué discográfica saldrá. Estoy en esa fase de darle el empaque definitivo, que es lo que terminará definiendo su personalidad.
Creo que este verano será decisivo para el disco. Es un momento bonito porque siento que lo estoy viendo nacer. Es como si pudiera ver la ecografía de un bebé: todavía no sé qué nombre tendrá, pero sí intuyo hacia dónde va y cómo conecta con el momento vital que estoy viviendo.
Es difícil ponerle ahora mismo un titular porque todavía está creciendo.
P. Me llama la atención esa parte final del proceso. ¿Cambias mucho de opinión sobre las canciones que entran o salen del disco?
R. Muchísimo. Tengo una pizarra con todas las canciones y voy anotando en qué punto está cada una: si le falta una letra, si hay que definir algo, si necesita cambios...
Las voy moviendo constantemente. Hay días en los que una canción sale del disco porque otra ocupa mejor ese espacio. Luego vuelvo a escucharla y pienso que quizá sí tiene sitio. Hay días en los que el disco tiene diez canciones y otros en los que tiene doce.
Es un proceso muy vivo. La pizarra se borra, se corrige y cambia continuamente. Y la verdad es que resulta bastante divertido.
P. ¿Consultas mucho con otras personas o te guías principalmente por tu criterio?
R. No demasiado. A veces enseño cosas a mi círculo cercano y observo sus reacciones, pero no suelo pedir demasiadas opiniones.
P. Tienes más de un millón de oyentes mensuales en Spotify y, sin embargo, te he leído últimamente reflexionando sobre el momento que vive la industria musical, sobre la competencia y el peso de los algoritmos. Llama la atención que venga de alguien a quien aparentemente le va tan bien.
R. Porque no es una preocupación personal, sino algo que afecta a todos. Dependemos cada vez más de los algoritmos y menos de la autenticidad, del talento o de la conexión genuina con la música.
Para quienes trabajamos precisamente con emociones, eso resulta frustrante. No nos entusiasma tener que grabar vídeos para TikTok o hacer determinadas cosas para que la gente llegue a las canciones. Nos gustaría que las canciones encontraran a su público de una manera más orgánica.
Pero vivimos en el mundo que vivimos y la comunicación funciona así. Poco podemos hacer contra eso.
P. Al mismo tiempo parece que estamos viviendo un gran resurgir de la música en directo.
R. Sí, aunque también tiene matices. Los festivales funcionan muy bien, pero llenar salas sigue siendo complicado. Conseguir que alguien decida gastar sus veintitantos euros para verte un jueves o un viernes no es tan sencillo.
Hay muchísima oferta cultural y muchos gastos en el día a día de la gente. Pero, por suerte, sigue existiendo ese deseo de compartir la música en directo. Y espero que nunca desaparezca, porque es una de las experiencias más bonitas que existen.
Todos tenemos recuerdos maravillosos ligados a conciertos y a salas.
P. Carlos, no te robo más tiempo. Ha sido un placer hablar contigo.
R. Igualmente.
P. Espero que podamos volver a charlar cuando llegue el nuevo disco.
R. Estaría genial.
P. Un abrazo.
R. Muchas gracias. Chao.