MURCIA. En las calles de Murcia, la memoria suele anclarse a un estribillo fugaz, a un vinilo rayado o al eco de una banda que se disolvió con el primer revés de la madurez. Pero luego está Alfonso Lozano, 'El Zurdo'.
A él no se le puede encerrar en el ámbar de una sola época porque, cuando la inmensa mayoría de aquellos muchachos que descubrieron el rock en los sesenta claudicaron y sepultaron la guitarra en el fondo de un armario, Alfonso decidió que la música no era un pasatiempo de juventud, sino una condena gozosa.
Y así sigue. Con el mástil entre las manos, acariciando las cuerdas como si el paso de los años fuera una burocracia que a él no le incumbe.
Para contar su historia completa hay un detalle que conviene exponer con la precisión de un cronista: Alfonso Lozano fue, probablemente, el guitarrista más guapo que ha dado el rock murciano.
En aquella época tenía la imantación instintiva de un ídolo de celuloide. Las muchachas se agolpaban al borde del escenario para escuchar el rock, naturalmente, aunque alguna mirada se desviaba con sospechosa frecuencia hacia el guitarrista.
Y para desgracia del resto de los mortales, además tocaba endiabladamente bien.
Mientras los demás nos peleábamos con las clavijas, sudando para afinar el instrumento, Alfonso parecía venir afinado de casa.
Demasiados dones para un solo hombre.
Pero quedarse en la anécdota estética sería una injusticia imperdonable. Tras aquella estampa de rompecorazones latía un músico extraordinario, un pionero absoluto que se forjó en las noches de cables enredados, válvulas hirvientes y verbenas interminables.
Cuando le pregunto cómo empezó, su respuesta tiene esa sencillez desarmante de las vocaciones puras:
-Simplemente me gustaba. Me inicié sin ningún antecedente.
Era un tiempo sin academias ni atajos. Elegir el rock era un acto de fe. Había que desgastar los surcos de los discos, adivinar dónde colocar los dedos y equivocarse mil veces hasta encontrar el acorde exacto.
Luego confiesa un pequeño secreto, casi un guiño a su propia leyenda:
-Toco la guitarra y canto, siempre lo he hecho. Aunque empecé tocando la batería… Muy poca gente lo sabe.
Murcia era entonces un archipiélago de reinos invisibles, territorios donde cada barrio y cada pandilla forjaban sus propios mitos. El Barrio del Carmen, de donde surgió Alfonso a finales de 1968 con Los Sonic, fue uno de aquellos epicentros. El centro de gravedad estaba en Vistabella, se desplazaría hacia Santa Eulalia y el Bar Latino, cambiando también la geografía de las noches murcianas.
El currículum de El Zurdo es, por sí mismo, un mapa de carreteras de medio siglo de música: Los Fénix, Siglo XX, Kilómetro O, Rusadir, Antorcha, Los Premiers, Los Delfines, Dorado, Los Tigres… hasta terminar bautizando su propio destino musical con El Zurdo Blues Band.
En los albores de los setenta, el firmamento pareció alinearse en el Teatro Romea. Con Siglo XX, Alfonso participó en el certamen SUPERPOPS. Para nuestra generación, pisar aquellas tablas consagradas era abandonar por una noche la clandestinidad de los ensayos para reclamar nuestro pequeño lugar en el mundo.
Aquella noche interpretaron temas que yo mismo había compuesto: El rock de Rosamary, Tinieblas y Lejos de la ciudad.
Han pasado más de cincuenta años, pero hay canciones que tienen la extraña obstinación de quedarse a vivir en algún rincón del alma.
Eran también años de trincheras musicales. Se espiaba al adversario, se medían las fuerzas y se afilaba el orgullo.
Le pregunto quiénes eran sus grandes rivales y la memoria responde como un resorte:
-Concretamente, y tajantemente, rivalizábamos con un grupo de Cartagena que en principio se llamaba Los Junior's y después se llamó Parábola.
Murcia y Cartagena. La vieja sangre cruzada palpitando hasta en los amplificadores.
Pero quizá una de las mejores maneras de medir la categoría de un músico no sea contar únicamente los escenarios que pisó, sino observar a quiénes ayudó a caminar detrás de él.
Y ahí aparece otra dimensión de Alfonso Lozano: la de maestro de maestros.
Entre los músicos que han reconocido su influencia y aprendizaje está Alfonso 'Al' Dual, uno de los grandes nombres murcianos de la guitarra de las últimas décadas. Al Dual llegó a conseguir algo extraordinario: convertirse en el primer español en triunfar en Memphis, Tennessee, cuna del rockabilly, al obtener el premio al mejor solista de rockabilly en los Ameripolitan Music Awards, compitiendo con nombres internacionales de enorme prestigio.
Que un músico capaz de llegar hasta Memphis tenga detrás la huella de aquel guitarrista del Barrio del Carmen dice probablemente más sobre Alfonso Lozano que cualquier colección de adjetivos.
Porque un buen músico puede dejar canciones.
Un maestro deja músicos.
Y el verdadero triunfo de Alfonso no fue sobrevivir a sus rivales, sino sobrevivir a la vida misma.
Mientras la adultez imponía su peaje de hipotecas, matrimonios, trabajos y rutinas, desarmando bandas enteras, él no cedió.
-¿Sigues en el mundillo de la música?
-Sí. Sigo tocando. Es lo que siempre me ha gustado: rock & blues. Nunca lo he dejado.
Nunca lo he dejado.
En esas cuatro palabras reside buena parte de la épica íntima de su historia.
Alfonso sigue destilando blues por las salas de la Región, sin nostalgia impostada y a dos palmos del público. Para él, la música jamás fue una simple afición, sino una relación casi carnal y espiritual.
-La música es como otra cosa más que te da la vida: una mujer, unos hijos, unos amigos. ¿Acaso estos no te dan también satisfacciones, decepciones, alegrías...?
Habla de la música conociendo sus cicatrices, aceptando sus silencios y celebrando, pese a todo, su fidelidad.
Le menciono entonces el manoseado axioma de que los viejos rockeros nunca mueren. Sonríe y despoja a la frase de su barniz romántico:
-Bueno, eso es una frase hecha que está muy bien. Es cierto. El verdadero rockero, cuando muera, morirá rockero. Pero no todos los que están, lo son.
Ahí habla el veterano.
Muchos antiguos compañeros son hoy hombres a los que saluda con la distancia clemente de quien decidió no bajarse nunca del tren. Porque cuando dos músicos se encuentran terminan hablando de música.
Alfonso, simplemente, nunca dejó de tener esa conversación.
La ironía más hermosa de su historia se llama continuidad, aunque tenga otra voz. Su hija canta y toca la guitarra, pero en una banda de jazz.
-No sigue mis pasos, sino los suyos- me dice riendo.
Y quizá esa sea también la mejor herencia de un maestro: no obligar a los que vienen detrás a recorrer su mismo camino, sino darles el valor suficiente para encontrar el propio.
Han pasado casi seis décadas desde aquel muchacho del Barrio del Carmen. Cambió Murcia, cambió la música y aquellas monumentales orquestas de verbena son hoy fotografías y recuerdos.
Nosotros, aquellos muchachos de mirada insolente, tampoco somos los mismos.
Las muchachas que suspiraban por él, naturalmente, tampoco.
Pero el milagro resiste.
Cuando El Zurdo enciende el amplificador y se cuelga la guitarra, el tiempo retrocede o, quizás, simplemente deja de importar.
Muchos músicos apenas tuvieron una época. Alfonso Lozano ha tenido una vida entera.
Y, por suerte para todos, todavía no ha terminado de tocarla.