Libros y cómic

SILLÓN OREJERO

'Agujero Negro', el cómic definitivo sobre la adolescencia

Charles Burns retrató, a través de una ETS que deforma a los jóvenes de un pueblo, toda la inestabilidad y ansiedad que suponía la adolescencia en la segunda mitad del siglo XX

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VALÈNCIA. Acaba de lanzar La Cúpula una edición especial en tapa dura de Agujero negro, la obra más famosa de Charles Burns. Es curiosa la sensación, cuando lo leí a finales de los 90 en Brut Comix (esta edición trae sus maravillosas portadas en un anexo) tenía la sensación de estar leyendo algo espectacular, pero no un clásico definitivo. Lo veía como una continuación de lo que ya había leído del pasado, uno más de los americanos underground que habían llegado a nosotros a través de El Víbora en esa década, y me imaginaba que nunca dejarían de salir monumentos así. Tal vez lo hayan hecho y yo no me he dado cuenta, pero mi impresión actual es que aquello fue una época dorada irrepetible. 

Al igual que con Daniel Clowes, en esta obra el blanco y negro estilizado que evocaba los años pulp del cómic en Estados Unidos era un lenguaje en sí mismo, atractivo de forma turbia por su belleza y repugnancia. Entre mis amigos, a este fenómeno lo solemos describir como que el autor con una mano asfixia y con la otra masturba al lector. Pero ya es muy tarde para vender esta obra, ya se han comparado hasta la saciedad sus pasajes oníricos con los davides, los cineastas David Lynch y David Cronenberg, y es unánimemente reconocido que su capacidad para desafiar la sensibilidad y a la vez seducir es un hito. 

Burns nació en 1955, con lo que en 1970 tenía quince años. Estaba en mitad de su adolescencia. Sabemos por las conversaciones sobre música que hay entre los personajes que la obra está situada en ese momento exacto de la década. Cuando empiezan a despuntar Bowie, Emerson, Lake & Palmer y lo peta el Harvest de Neil Young. Estéticamente, es una era dorada. Pero si rascas un poco más, también sabemos que fue abúlica. El aburrimiento dominaba la vida y bienes de consumo como los discos eran las pocas formas de evasión, junto a los cómics y el cine. 

Con desorientación y la falta de personalidad propias de esta época, tentaciones como el LSD y la marihuana eran oscuros objetos de deseo iniciáticos. Ante la rectitud moral de décadas anteriores y unos padres que vivían para trabajar, el hedonismo, con su doble filo, era la religión de aquellos jóvenes. Una forma de vida que, con ligeras variaciones y un crecimiento hipertrofiado de la explotación capitalista de este segmento de edad, se ha mantenido casi inalterable hasta la llegada de Internet. 

Por eso, Burns podía hablarle a tres o cuatro generaciones a la vez con su Agujero Negro. Luego cada uno habrá querido entender lo que quiera, hay estudios académicos sobre este cómic que incluso lo relacionan con planteamientos metafísicos. Como es sabido, la historia trata de unos adolescentes que sufren una ETS no identificada que les deforma y causa graves daños en la piel. No les queda más remedio que esconderse, que relacionarse solo entre ellos y formar sus propias comunidades. 

La premisa es claramente el VIH/SIDA, que poco se habla de lo que le supuso a la sexualidad de los jóvenes. A la paranoia por los embarazos no deseados había que añadir la de la transmisión de la enfermedad. Ignoro qué harán ahora los chicos, pero mi generación, o al menos yo, fue varias veces temblando a recibir los resultados de la prueba. Lo más sagrado, la diversión y satisfacción que se podían obtener con el sexo, de repente se convertía en un peligro mortal. Además, asociado a una muerte lenta y dolorosa, un verdadero horror. La realidad no le ha tenido nada que envidiar a Burns.

En este contexto, lo que le ocurre a los personajes se ha visto como una metáfora del vértigo de los cambios. Cómo la identidad, las expectativas vitales y los sentimientos, en su mayoría románticos y platónicos, pueden ser transformados e incluso pervertidos en una época como la adolescencia, que sin necesidad de fantasía, solo con atender a lo que dice un libro de biología, ciencias naturales en España, ya se ve que es una mutación operada a través de hormonas. 

Personalmente, siempre me ha parecido una historia sencilla, pero genial en sus postulados. Recoge la tradición de aventuras adolescentes y el género de terror y le aplica sus propias normas, muy influenciadas por las ocurrencias del pulp de décadas atrás, del que hemos comentado numerosos volúmenes en esta columna. Que la ansiedad adolescente retratada se haya querido llevar a metáforas sobre el neoliberalismo y una generación, la X en aquel entonces, paralizada por el hedonismo, que quiere rebelarse, pero no sabe cómo porque su propia rebelión es su camisa de fuerza, pues bien. Me parece una interpretación válida, pero no sé si Burns tenía tanto en mente.

Yo con lo que me quedo es con cómo reflejó la pureza de la adolescencia. Los sentimientos en esa época son intensos porque no tienen memoria, es la primera vez que se estrenan junto a pulsiones sexuales y relaciones basadas en el control y la supervivencia social. A veces no reparamos del todo en lo difícil que es ese periodo, parecemos los replicantes de Blade Runner, con sus emociones recién estrenadas, pero que no saben modular porque carecen de experiencia. 

La historia está muy bien contada a través de personajes arquetípicos del patio del colegio y la gran diferencia está en eso que denominamos viñetas, donde todo es posible y el único límite es la audacia del autor. En este caso, creo que no exagero si me refiero a Burns como uno de los grandes artistas de nuestro tiempo. Yo observo esto en mi estantería como otros ven un Picasso colgado de la pared. No estoy de coña. 

 

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