La política municipal de Cartagena, que ya llevaba tiempo instalada en ese género literario entre el esperpento y la tragicomedia administrativa, ha decidido directamente quemar etapas y entrar de lleno en la fase de "sálvese quien pueda". La moción de censura registrada por PSOE, MC y Sí Cartagena -con el apoyo imprescindible de los dos exconcejales de Vox Beatriz Sánchez del Álamo y Diego Salinas- no es solo un terremoto político para el Gobierno de Noelia Arroyo. Es, sobre todo, la confirmación pública de que el Ejecutivo local del PP y Vox hace tiempo que dejó de gobernar para limitarse a sobrevivir.
La moción tiene dos protagonistas claros. Mientras Jesús Giménez Gallo se postula abiertamente como futuro alcalde de Cartagena, el socialista Manuel Torres emerge como el gran arquitecto político de una operación para desalojar al PP y, especialmente a Vox, del Palacio Consistorial.
La comparecencia de este martes tuvo mucho de acto solemne, algo de funeral político anticipado y bastante de ajuste de cuentas. Sobre la mesa, una idea repetida hasta la saciedad: Cartagena está “colapsada”, “paralizada” y gobernada por un Ejecutivo incapaz de coordinarse incluso para saber si un edificio en ruina puede caerle encima a la gente mientras pasa por debajo.
El portavoz de MC, Jesús Giménez Gallo, ejerció de candidato oficioso a la Alcaldía -se da por hecho- y de jefe de la “operación rescate”, aunque realmente el protagonista en la sombra ha sido Manolo Torres, del PSOE. Y utilizó precisamente esa palabra: “rescatar”. Un término que en Cartagena empieza a usarse cíclicamente cada vez que gobierna el PP y las cuentas municipales entran en combustión espontánea. Según Gallo, esta moción no es “contra Noelia Arroyo”, sino “contra una forma de proceder”. Una frase elegante para resumir “años de improvisación, déficit creciente y proyectos bloqueados”.
El discurso de MC fue claro: el Gobierno local ha convertido Cartagena en una mezcla de propaganda, confrontación institucional y parálisis administrativa. “Mucho titular, mucha foto y poca ejecución”. Y ahí encontró rápidamente el PSOE terreno fértil.
Gallo: "No venimos a prometer milagros, venimos a prometer trabajo, estabilidad y un ayuntamiento que sirva cada día, cada hora, a los cartageneros"
Porque el portavoz socialista, Manuel Torres, compareció con un tono de quien quiere dejar claro que esta vez sí está dispuesto a entrar al barro. Habló de “Gobierno en descomposición”, de deuda disparada, de subida de impuestos y de una gestión basada en “anuncios y fiestas”. Traducido del lenguaje político al castellano corriente: el PSOE considera que el Ejecutivo de Arroyo funciona más como una agencia de eventos que como un ayuntamiento.
Eso sí, Torres también intentó vestir la operación de cierta épica progresista. Reivindicó un “Gobierno de progreso” y defendió que el PSOE actúa con el respaldo de las direcciones regional y nacional del partido. Porque, claro, una cosa es presentar una moción de censura y otra hacerlo sin avisar a Ferraz, que suele ponerse nerviosa cuando alguien mueve una silla institucional sin pedir permiso y si no que se lo digan a Ana Belén Castejón en la anterior legislatura.
Mientras tanto, Juan Pedro Torralba aportó el perfil más institucional de la comparecencia, aunque el mensaje fue igual de demoledor: habló de improvisación, ausencia de planificación y desprecio político hacia su formación. Traducido: que durante esta legislatura el Gobierno de Arroyo ha gestionado aliados y opositores con la misma delicadeza con la que se maneja una radial.
Torres: "El Gobierno de Arroyo solo sabe hacer anuncios y fiestas, pero que no ejecuta. En definitiva, el Gobierno de la parálisis y desde el PSOE creemos que así no se puede continuar porque Cartagena necesita un impulso y un cambio que le permita prepararse para afrontar el futuro".
Pero la verdadera bomba política no está solo en la alianza entre PSOE y MC -algo que en Cartagena ya entra dentro de lo imaginable- sino en los dos votos procedentes de exmiembros de Vox. Ahí está el auténtico núcleo radiactivo del asunto.
Porque durante toda la legislatura MC ha convertido el discurso contra el transfuguismo en una bandera política. Y ahora necesita exactamente esos votos para alcanzar la mayoría absoluta. Gallo intentó resolver la contradicción con una mezcla de pragmatismo y memoria selectiva. Básicamente vino a decir que el PP perdió autoridad moral para quejarse de nada desde que, según él, “usurpó” la Alcaldía en 2019. La teoría es sencilla: si el adversario cruzó antes ciertas líneas, uno ya puede circular por el arcén sin demasiados remordimientos. "Lo que no podemos hacer nosotros es cortarnos una mano y dejar que los demás puedan jugar con otras reglas. Las reglas se las ha puesto la señora Arroyo, que fue la que usurpó la Alcaldía en el año 2019. Y evidentemente desde entonces MC no siente que no tenga la legitimidad para explorar los votos de cualquiera de los integrantes del Pleno".
La escena alcanzó momentos especialmente surrealistas cuando Gallo llegó incluso a animar públicamente a concejales del PP descontentos a apoyar la moción. Algo así como abrir el mercado de invierno en pleno mes de mayo.
Y mientras todo esto ocurría, sobrevolaba constantemente una sensación incómoda: nadie estaba hablando realmente de ideología. Ni de izquierdas. Ni de derechas. Ni siquiera de programas detallados. Todo giraba alrededor de una palabra: gestión.
Porque el problema del Gobierno de Arroyo no parece ya político, sino operativo. La oposición afirma haber detectado que la ciudadanía empieza a percibir algo mucho más letal que el desgaste ideológico: la sensación de desorden.

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La propia Noelia Arroyo queda retratada indirectamente en casi cada intervención de los tres políticos. La describen como una alcaldesa más pendiente de Madrid que de Cartagena, más centrada en la confrontación con el Gobierno central que en resolver los problemas del municipio. Gallo ironizó incluso con que la alcaldesa ya “ha descontado” los meses que le quedan de mandato, reduciendo el calendario político a una cuenta atrás electoral permanente.
Giménez Gallo sobre pactar con tránsfugas: "Lo que no podemos hacer nosotros es cortarnos una mano y dejar que los demás puedan jugar con otras reglas. Las reglas se las ha puesto la señora Arroyo, que fue la que usurpó la Alcaldía en el año 2019. Y evidentemente desde entonces MC no siente que no tenga la legitimidad para explorar los votos de cualquiera de los integrantes del Pleno"
Y probablemente ahí esté una de las claves reales de esta operación: la oposición cree que el PP ya gobierna pensando en 2027 mientras Cartagena sigue acumulando problemas en 2026.
Ahora bien, tampoco conviene romantizar demasiado el nuevo bloque. La imagen de unidad tiene bastante de necesidad matemática. Aquí no hay una coalición nacida del amor político sino de una aritmética municipal desesperada. MC, PSOE y Sí Cartagena llevan años discrepando prácticamente en todo lo importante, incluido el Plan General de Ordenación Urbana, los modelos urbanísticos y buena parte de la estrategia de ciudad. Lo saben ellos y lo sabe cualquiera que haya seguido mínimamente la política local.
Pero también saben otra cosa: que el deterioro del Gobierno de Arroyo les ofrece una ventana de oportunidad irrepetible.
Por eso toda la comparecencia estuvo atravesada por una idea casi obsesiva: “Cartagena”. La repitieron como mantra, como escudo y como pegamento ideológico. Porque cuando una coalición es tan heterogénea, la única manera de sostenerla es construir un enemigo común suficientemente grande. Y ese enemigo, según el relato de la moción, es el actual estado del Ayuntamiento.
El 1 de junio, si no hay sobresaltos, Cartagena vivirá una de las mociones de censura más explosivas de su historia reciente. Y lo hará con una sensación extraña: la de asistir no tanto a un cambio político clásico como al colapso interno de un gobierno que hace tiempo dejó de parecer un gobierno sólido.
La gran incógnita ahora no es si la moción saldrá adelante -todo apunta a que sí, aunque conociendo a algunos de los protagonistas puede pasar una cosa y la contraria a la vez,- sino cuánto daño institucional dejará esta guerra cuando termine. Porque en Cartagena ya casi nadie discute que el Ayuntamiento atraviesa una crisis política seria. Lo preocupante es que algunos empiezan a asumirlo con la misma resignación con la que se comenta el tiempo o el tráfico.