La salida de Diego Salinas del Gobierno local de Cartagena ha dejado una imagen tan evidente como incómoda para la política municipal: en apenas unos meses, quien era acusado de conspirar en la sombra y jugar a dos bandas se ha convertido, para parte de la oposición, en un ejemplo de “coherencia” y “valentía”.
El cambio de discurso resulta especialmente llamativo en el caso del líder de MC Cartagena, Jesús Giménez Gallo. Cuando comenzaron el pasado año los rumores sobre contactos de Salinas con la oposición para una posible moción de censura contra la alcaldesa Noelia Arroyo, desde MC se lanzaron durísimas acusaciones contra el entonces teniente alcalde.
Los cartageneristas aseguraban que Salinas había acudido a ellos “por no estar satisfecho con su papel de segundón” dentro de su partido, denunciaban el “ninguneo” de sus socios de gobierno y hablaban abiertamente de reuniones, comidas y maniobras para propiciar un cambio de gobierno en el Palacio Consistorial.
Incluso fueron más allá. MC deslizó que Salinas practicaba un “doble juego” y apuntó que probablemente acabaría “saliendo por la puerta de atrás” del Ayuntamiento con acomodo en otra administración cuando amainase el temporal político.
Ahora, tras la ruptura definitiva con el Ejecutivo de Arroyo y su renuncia al acta de concejal, el tono ha cambiado radicalmente.
“El juego de equilibrios políticos en que ha convertido Noelia Arroyo la alcaldía de Cartagena se ha roto”, afirmó este jueves Giménez Gallo, que calificó la decisión de Salinas como “coherente y valiente” y sostuvo que el ya concejal de Empresa ha dejado claro que en el Gobierno local se estaban tomando decisiones “contra el interés de los cartageneros”.
Del político supuestamente conspirador al hombre que actúa por principios. Todo en cuestión de meses.
De político resentido a estadista
En la misma línea se expresó el portavoz socialista, Manolo Torres, quien aseguró que Salinas “demuestra valentía y coherencia abandonando el Gobierno” y deja en evidencia que Arroyo dirige “un Ejecutivo roto y sin rumbo”.
Mientras tanto, en el PP observan cómo la salida de quien fue uno de los pilares del pacto de gobierno agrava la sensación de fragilidad política en el Ayuntamiento. La renuncia no solo deja tocado el equilibrio interno del Ejecutivo, sino que además ha provocado un curioso fenómeno: convertir en estadista ejemplar a quien hace no tanto era retratado por algunos de sus actuales defensores como un político desleal, resentido y dispuesto a negociar en reservados de restaurante el futuro del bastón de mando de Cartagena.