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COMO AYER / OPINIÓN

Memoria de un olvidado

6/06/2020 - 

Una de las manifestaciones más evidentes de la vuelta a algo parecido a la normalidad es la actividad en las obras. Obras como las que afectan a las calles, a las infraestructuras, a los nuevos o remozados edificios… ese tipo de obras que implican movimiento de gentes portando casco (y ahora mascarilla), trasiego de vehículos que arriman materiales o retiran escombros, y su buena porción de ruidos asociados a todo ese trajín de operarios aplicados a distintas faenas.

Y una obra de alcance, que se ha puesto en marcha con la vuelta a la actividad, en pleno centro de Murcia, es la de la Casa Cerdá, ese noble y vistoso edificio de viviendas, coronado por la cúpula de un airoso templete, que hermosea la vista de la plaza de Santo Domingo, junto con el antiguo templo dominico, o los caserones de Almodóvar o del Banco Central.

El edificio, que se encamina hacia su centenario, pues fue construido en 1935, pasó recientemente de manos de sus propietarios, descendientes de quien impulsó su construcción, el comerciante Joaquín Cerdá Vidal, a las del empresario Trinitario Casanova, y de ellas a las de la empresa El Ciruelo, dedicada a la producción y exportación de fruta, que ha puesto manos a la obra de la que nos venimos ocupando, consistente en la renovación interior del inmueble para la construcción de pisos de lujo y reaprovechamiento comercial de los bajos.

Pero más que de la emblemática Casa Cerdá, quería ocuparme, aunque sea con la brevedad que exigen estas piezas sabatinas, del autor del proyecto, que no fue otro que el arquitecto murciano José Antonio Rodríguez, un grandísimo artífice demasiado desconocido y falto del debido reconocimiento. Un hijo de familia de clase media nacido en 1868 en la calle de la Morera, a espaldas del lugar donde erigiría la que sería una de sus obras más admiradas: la casa de Díaz Cassou.

Rodríguez estudió arquitectura en Madrid, venciendo la oposición paterna, y ejerció el oficio a partir de 1893, convirtiéndose pronto en arquitecto diocesano, sustituyendo al hellinero Justo Millán, el autor de la plaza de Toros o de la fachada de San Bartolomé, y desde 1901 en arquitecto municipal, cargo que ocupó hasta 1928 y en el que suplió a Pedro Cerdán, a quien se debe, entre otras muchas realizaciones, la fachada del Casino.

Rodríguez, que fue también fundador de la Cofradía del Cristo del Perdón, y durante muchos años su presidente, salpicó la ciudad de Murcia de algunos de los edificios civiles más representativos y reconocibles dentro de su maltratado patrimonio inmobiliario.

Y aparte de los citados Casa Cerdá y Casa Díaz Cassou, debemos anotar otros como la Convalecencia, actual sede del Rectorado de la Universidad de Murcia; la Casa Guillamón, con fachadas a la Frenería, la Puerta del Sol y San Patricio; la de la Sociedad de Cazadores, obra impulsada también por Cerdá, en el arranque de la Trapería; o el notabilísimo edificio que albergó, amén de viviendas, los célebres almacenes llamados ‘La Alegría de la Huerta’, en las Cuatro Esquinas, el negocio de la familia Cerdá desde su apertura, bien que con otro nombre, en 1891, hasta su cierre, ocho décadas después.

No acaban ahí, con ser muy notables, las realizaciones y logros de José Antonio Rodríguez, pues también fue suya la responsabilidad de alzar, en terreno tan complicado como el murciano, la célebre Casa de los Nueve Pisos, integrando en ella la portada y el claustro del Colegio de la Anunciata, reconvertido luego en fábrica de sedas ‘La Piamontesa’.

Evidentemente, no trabajó el arquitecto sólo para Murcia, pero en ningún lugar dejó obras del alcance de las que ejecutó para su ciudad natal. Entre estas puede citarse el Mercado de Abastos de Alcantarilla, el Teatro Cervantes de Abarán, o el campanario del Santuario de la Virgen de las Huertas, en Lorca, cuyo remate neomudéjar de ladrillo vimos todos desmoronarse con ocasión de los movimientos sísmicos que asolaron la ciudad en mayo de 2011.

El insigne artífice falleció en 1938, durante la Guerra Civil. Y en diciembre de 1939, restablecido el culto y habilitada la ermita del Pilar como parroquia de San Antolín, por haber sido ésta completamente destruida, la Cofradía del Perdón celebró una misa funeral por sus cofrades fallecidos durante los años de contienda fraticida. En la esquela publicada aparecía destacado, como fundador y presidente, José Antonio Rodríguez, un arquitecto que 72 años después de su muerte, sigue mereciendo un mejor conocimiento y un mayor reconocimiento.

José Emilio Rubio es periodista

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