PLATHMANÍA

Más allá del malditismo: la vida entusiasta de Sylvia Plath

La biografía Magia Cruda, de Paul Alexander, se aleja del cliché de la poeta suicida para abordar la existencia cotidiana de la autora estadounidense 

8/04/2023 - 

MURCIA. Ser perfecta o no ser nada. Ese era el mantra con el que el “demonio” interior de Sylvia Plath (así lo llamaba ella misma en 1957) azuzaba su ambición creativa. Ansiaba alcanzar el éxito, demostrar su talento como escritora, acumular logros en forma de obras publicadas, premios, reseñas laudatorias. Escribir, escribir y escribir hasta quedarse sin aliento. Pero no bastaba con esa autoexigencia en el ámbito profesional. Tocaba también cumplir con los elevadísimos parámetros sociales que se esperaban de ella como mujer criada en la primera mitad del siglo XX: ser la esposa ideal, la madre excelsa, la muchacha sin mácula. Ser perfecta o no ser nada. Una madeja de tensiones, dudas y frustración de la que da buena cuenta Magia Cruda, la biografía de la poeta estadounidense escrita por Paul Alexander y publicada por Barlin. Coincidiendo con los 60 años de su fallecimiento, se reedita este volumen (que salió al mercado en 2017) en una versión actualizada y con material adicional. 

Febrero de 1963: Plath se suicida en su apartamento londinense y, poco después, comienza a brotar a su alrededor el mito de la poeta maldita. Durante demasiado tiempo, hablar de la autora de Ariel fue sinónimo de abrazar el campo semántico de la locura, la depresión y la tormentosa relación con su marido, el también poeta Ted Hughes. Acercarse a su vida y a su obra parecía desembocar irremediablemente en un chapoteo morboso sobre su muerte durante esa desapacible mañana de febrero. Sin embargo, Magia Cruda va más allá de los clichés macabros que rodean a la escritora estadounidense y plasma en toda su complejidad a una creadora con contradicciones y entusiasmos exuberantes. Con un pavoroso miedo a la irrelevancia y la mediocridad, pero también con la ilusión de conocer la casa de Yeats, leer a Dostoievski o dejarse mecer por el sol en las playas de Benidorm. Para Lucía Navarro, responsable de la edición y revisión del texto actual, “cualquiera con un mundo interior complejo y una gran sensibilidad tiene muchas caras, muchos ‘yoes’, por lo que si se quiere hacer un retrato fiel de una escritora del calibre de Plath, es fundamental tratar de aportar toda la información posible y no mostrar solamente aquello que genera más interés por lo morboso: la infidelidad de Hughes, su experiencia en un hospital psiquiátrico, su trágico final”.

“Siempre había asociado a Plath con lo trágico y lo oscuro. Leer esta biografía resultó esclarecedor porque te muestra a un ser humano con períodos sombríos y otros luminosos. Básicamente, como todos”, señala Alberto Haller, editor de Barlin y responsable de la traducción junto a Sonia Bolinches. En ese sentido, Bolinches destaca como uno de sus fragmentos favoritos del libro aquel en el que se habla sobre la ‘hora azul’, “el momento en el que estaba más inspirada para escribir en el silencio de la madrugada, justo antes del amanecer”. 

Sin embargo, explica Navarro, la visión de este referente feminista que se transmite en la cultura popular “suele partir de su suicidio y no al revés, como si su existencia empezara en el final, o como si esta se entendiera por el suicidio, lo cual desvirtúa absolutamente la fuerza de su talento”. Quizás por ello, en el inicio del volumen, Alexander presenta a la poeta “en un episodi de creación, un punto álgido de su escritura. Se esfuerza en mostrar un instante luminoso en el que ella se repone y sigue creando. Este comienzo se convierte en la tónica de la biografía, que muestra a una Sylvia con un apasionado deseo por vivir experiencias. Me encantó encontrar el retrato de una chica inteligentísima, con una gran iniciativa”. 

Una escritora también es su contexto

Frente a los imaginarios truculentos de la muerte, este libro construye un inventario de cotidianidades, pero también un ambiente muy concreto (la conservadora y tradicional sociedad de los cincuenta) en el que Plath trató de triunfar como escritora. Conocemos sus intensas rutinas de escritura, su empeño por publicar en The New Yorker (a pesar de los múltiples rechazos) y su admiración por autores como T. S. Eliot o Anne Sexton, de quien se hizo amiga. Oteamos su afán por explorar los vericuetos del deseo y la sexualidad durante la adolescencia, pero también a la represión a la que debía someterse para no parecer “una chica fácil” y la sensación de injusticia ante la libertad de la que gozaban los hombres de su edad. Nos asomamos a la complicada y ambivalente relación con su padre, fallecido siendo ella niña, y con su madre, quien renunció a sus propias ambiciones y expectativas para entregarse a sus hijos. Compartimos su angustia ante la imposición de elegir entre carrera o familia. 

Según Haller, esa labor de contextualización resulta esencial “para alejarnos de la imagen de ‘loca’ que el cliché le ha asignado. Nuestros actos son fruto de un entorno, más allá de nuestra psicología particular, y es algo que no podemos obviar”. En la actualidad,  prosigue el editor, reforzar ese discurso resulta esencial, “pues existe cierta tendencia, muy neoliberal, a culpabilizarnos a nosotros mismos por lo que nos pasa y cómo nos sentimos —especialmente cuando nos sentimos mal—. Pues no: hay un contexto, y si tienes ansiedad igual es porque no sabes si podrás pagar el alquiler el mes que viene por una cuestión de precariedad estructural, no porque seas un inútil. En ese sentido, me parece una biografía, por su enfoque, bastante política”.  

Una postura con la que coincide Navarro al indicar que hablar de lo cotidiano no es solamente una cuestión íntima, sino también colectiva: “lo cotidiano de uno es lo cotidiano de su mundo, y la reconstrucción de la existencia diaria aporta mucha información de cómo el entorno nos moldea”. Algunas pistas al respecto: la autora de Tres Mujeres, Papi o Soy Vertical provenía de una familia de alemanes emigrados a los Estados Unidos, “que tuvo que convivir con ese estigma durante el auge del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Fue una estudiante universitaria en los cincuenta, cuando se alentaba a las recién licenciadas a formar una familia, pues la utilidad de la universidad por entonces consistía principalmente en encontrar marido o en convertirse en una mujer culta para estar al servicio de un marido”. Del mismo modo, “sufrió una enfermedad mental en un momento en el que los tratamientos eran más agresivos, y el apoyo social, nulo. Quiso ser escritora cuando de las escritoras se esperaba que escribieran novelas románticas o artículos sobre moda, de ahí el terror que la invadió durante su experiencia en la revista Mademoiselle ―como relata en novela autobiográfica La campana de cristal―. Y a pesar de publicar en las mejores cabeceras literarias de la época, cuando se separa de su marido tiene que luchar contra el estigma de ser una mujer soltera y con hijos”. La historia de Plath y de muchas de sus coetáneas , resume, “fue lo que fue por el mundo en el que le tocó vivir”.

Además, resalta Bolinches, gracias a esos retales de memoria logramos trasladarnos, por ejemplo, “a su trabajo en una granja en Massachusetts durante un verano de su adolescencia, disfrutando de las cálidas tardes en el campo; siendo una veinteañera, la acompañamos a glamurosas  fiestas en Nueva York y, durante su estancia en Yorkshire, nos quedamos con las prendas de lana que usaba para combatir el intenso frío estando en casa o paseando por la campiña inglesa y que, aun así, no conseguían que entrara en calor”. 

Magia Cruda es también una expedición por diversos testimonios que nutrieron la trayectoria de Plath. De la correspondencia que mantuvo con su madre a las conversaciones con compañeras de la Smith, la elitista universidad femenina en la que fue una estudiante modélica, o con algunos de sus novios de juventud. De los recuerdos de sus clases en el instituto con Wilbury Crockett (su profesor favorito) a las críticas de sus poemas aparecidas en medios como The Observer. Estas voces, por una parte, aportan perspectivas complementarias sobre el universo Plath, pero también responden a las limitaciones que se encontró el biógrafo a la hora de tejer este texto. Así lo relata Haller: Paul Alexander tuvo que hacer frente a la censura sobre la obra de Plath que ejerció Hugues. En esas piezas se hablaba de él de manera muy negativa, y como estaban legalmente casados cuando ella murió —aunque se encontrasen en proceso de separación—, él hizo y deshizo a su antojo durante décadas a fin de limpiar su nombre”.

De hecho, indica Navarro, Alexander tuvo acceso a diarios y cartas de la poeta “aunque no pudo citarlos, pues no consiguió permiso de su albacea editorial, Ted Hughes”.  De igual modo, considera que  los testimonios de amigos y familiares que vivieron y pasaron tiempo con Plath suponen un recurso fundamental “para contrastar y enriquecer los hechos. Toda esta información también ha servido para rellenar huecos de lo que Sylvia no dejó escritos y plantear teorías sobre su comportamiento”.

60 años de Plathmanía (y sumando)

Huyendo de fatalismos deterministas, este registro de vivencias que es Magia Cruda parece querer decirnos que las cosas sucedieron así, pero podrían haber ocurrido de otra manera. Que el suicidio fue un instante en la inmensidad del icono pop que es Plath, pero no el episodio definitorio… ni el inevitable. 

Seis décadas después de su fallecimiento, la Plathmanía, en lugar de opacarse, sigue sumando adhesiones. La potencia de sus versos descarnados conecta con audiencias que quizás no se enfrenten a los mismos fantasmas que la autora, pero que sí encuentran en sus demonios líricos un eco de los pesares propios. La fama y gloria que no obtuvo en vida (el único de sus poemarios que vio publicado fue El Coloso), y que tantísimo ansiaba, continúan germinando. Y con ellas, la fascinación por una creadora que es remolino de aristas, que no puede ser reducida a cuatro tópicos efectistas. “Siendo pura contradicción y rebeldía, con el paso de las décadas, continúa cautivando a las nuevas generaciones”, resalta Bolinches.

Por similares meandros discursivos se mueve Navarro: “era una mujer de un magnetismo arrollador, que destacaba; todo este ángel ha perdurado póstumamente. Hay una especie de rebelión en su deseo de ser escritora a pesar del contexto, en su valentía de sobreponerse, en su sana ambición de querer crear algo nuevo en la poesía. Esta pasión es lo que la ha hecho trascender a todos los niveles”. El salitre tras un baño en el océano, las críticas literarias, las lecturas en voz alta de Joyce. La euforia de la obra publicada, las noches de patatas fritas y martinis. Los electroshocks y los somníferos. La frustración del ángel del hogar, el miedo al fracaso. Las cintas en el pelo, los panecillos del desayuno, los gélidos inviernos ingleses. El ardor creativo. Las negativas editoriales, el corazón hecho añicos o esa jungla de incógnitas que es la maternidad. Fragmentos entremezclados de éxtasis y devastación: quizás esa sea la auténtica magia cruda que compone una vida. 

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