PRIMAVERA EN LA CÁMARA  / OPINIÓN

Juan Carlos I, Rey "eremito"

25/12/2020 - 

Tradicionalmente, los eremitas han sido gentes solitarias y algo nómadas, incluso. Las portadas de este viernes amanecen con figuras de Su Majestad el Rey, Felipe VI, en unas fechas en que la monarquía es percibida por apenas un 0,3% de los españoles como un problema. Mientras que los mediáticos anuncios de una Navidad mercantilizada desean que aquellos que están fuera vuelvan a casa, una pregunta sobrevuela algunas partes de los imaginarios colectivos: ¿dónde está el Rey Juan Carlos I?

Dejando sus huellas a lo largo de los desiertos del emir, Juan Carlos I disfruta de la tradición cristiana lejos de su hogar y su familia, según las fuentes oficiales; situación que ha servido de pretexto argumentativo a miembros del gobierno para reivindicar infructuosamente un espíritu reivindicativo moribundo: el republicanismo.

La obsesión de Podemos por sobrevivir ha querido arañar las cortinas de una Zarzuela inquebrantable, en cuyo interior aguarda el temple, el pragmatismo y la cordura del Jefe del Estado. Pese a que el vicepresidente 2º, Pablo Iglesias, en un una nueva gala de soberbia y estupidez, sospechaba que la ciudadanía española se cuestionaría su posición sobre el Jefe del Estado, olvidaba que no ha puesto un pie en una residencia de ancianos en ningún momento de este año, que el sistema sanitario precisa de una solución para no colapsar de nuevo, que los jóvenes siguen emigrando para poner en práctica su formación y que las llamadas colas del hambre se extienden de manera kilométrica por toda nuestra nación.

Quizás no piense Iglesias esta Nochebuena en las miles de personas que nos han dejado, ni recuerde a las decenas de miles de familias que han sufrido, ni hable sobre cómo acabar con el empobrecimiento que el gobierno del que él forma parte ha creado, porque, obviamente, en una mesa como la suya, donde abunda el buen comer, existen otras prioridades. Los discursos alevines y pobres traen consigo un descaro que sólo puede portar aquel que no siente respeto ni muestra vergüenza por sus compatriotas.

Al cabo, este año faltará mucha gente en la mesa, bien porque se hayan ido para siempre, bien porque estén perdidos por el mundo con una corona o un contrato laboral. Caerán lágrimas como puñales en muchas mesas de nuestro país, pero no en las de la Moncloa, cuyos huéspedes se aíslan de un mundo infeliz. La España que tenemos sigue siendo gris, y pienso, como Aristóteles pensó siglos atrás, que sólo el hombre feliz es aquel que puede hacer el bien, lo que parece imposible en nuestros días.

Este país tan doliente sucumbe cada día más a la infelicidad, mientras que cada uno de nuestros gobernantes, incapaces ellos de apartarnos del abismo oscuro que nos acecha, nos hunde en él con su inacción, su necedad, su insensatez y su juego infantil, negándose a ver el mundo que tienen a su alrededor y el sufrimiento de la gente. Seguirá el vicepresidente Pablo Iglesias y el gobierno sospechando sobre la monarquía parlamentaria de nuestro democrático Estado del Bienestar, pues no encuentran en su diminuto y estéril pensamiento hueco alguno para pensar en lo que realmente le importa a un país desesperado.

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