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Ética y liderazgo

30/11/2020 - 

MURCIA. En mi anterior artículo –Liderazgo y aceptación- defendía que el líder es ante todo la persona con autoridad, entendida ésta como algo distinto del poder. Y animaba a reflexionar sobre los aspectos que acompañan al verdadero líder: sabiduría y reputación, pero también compromiso y ejemplo.

Hoy me gustaría detenerme en otro aspecto que considero esencial: ¿ser líder requiere un comportamiento ético? O mejor: ¿es posible el liderazgo 'desconectado' de la ética?

Ya adelanto que en mi opinión el liderazgo sin ética, se prostituye. Voy a tratar de explicarlo, aunque soy consciente de que requiere de una argumentación 'espesa' y pido disculpas a mis lectores. Pero me parece que el tema es de suficiente interés.

Quizá lo primero es concretar qué entendemos por liderazgo. En 1991, Joseph Rost -entonces profesor de Universidad de San Diego y reconocido experto en la materia- publicó un trabajo en el que reunía 221 definiciones de liderazgo, después de haber analizado más de 585 libros, capítulos y artículos en los que dicho término aparecía en su título.

Y concluía que –detrás de expresiones distintas- todas las definiciones coincidían fundamentalmente en lo mismo: el liderazgo tiene que ver con una persona que consigue que otras hagan algo. Donde las definiciones diferían era en cómo los líderes motivan a sus seguidores.

En definitiva la diferencia entre todas esas definiciones se reduce a una cuestión: ¿cómo deberían los líderes tratar a los seguidores, y cómo los seguidores deberían tratar a los líderes?

"El liderazgo no debe consistir solamente en la eficacia. Su calidad va a depender también de la ética de los medios y los fines de las acciones que emprende"

Pero el hecho de que tantas definiciones coincidan en ese "conseguir que otros hagan" y sólo difieran en el aspecto motivacional supone que en realidad más que cuestionarse qué es el liderazgo la pregunta debería ser: ¿en qué consiste un buen liderazgo?

Y el uso del término 'bueno' toma aquí dos sentidos: "técnicamente bueno" (eficaz)  y "moralmente bueno" (ético). Por eso, para que la afirmación "él (o ella) es un buen líder" sea verdad, tiene que ser cierto que esa persona es eficaz y es ética.

Pienso que todos tenemos intuitivamente esta percepción, y queremos que nuestros líderes sean eficaces y éticos. Y especialmente en los difíciles momentos que estamos viviendo, en la sociedad hay una opinión casi unánime sobre la falta de auténticos líderes, que sepan buscar la unidad y el bien común de forma ética y eficaz.

Pero en el mundo de la empresa sigue siendo común decir que los líderes son buenos si son eficaces, sin dar mayor importancia a la ética de su comportamiento. Y sin embargo, sostener esta afirmación conlleva el riesgo de no valorar las consecuencias que puede tener –sobre todo en el medio y largo plazo- optar por la eficacia en detrimento de la ética.

Ese conflicto entre eficacia y ética lo planteó de manera magistral la filósofa contemporánea norteamericana Joanne B. Ciulla (pionera en el campo de la ética del liderazgo) en el denominado 'Dilema de Hitler'. La respuesta a la pregunta: ¿fue Hitler un buen líder? resulta afirmativa si definimos al líder como la persona eficaz a la hora de aglutinar a un gran número de personas para realizar una tarea. La respuesta es negativa si entendemos que la tarea es inmoral y/o si se ha llevado a cabo utilizando medios inmorales.

O sea, que el liderazgo no puede (o mejor no debe) consistir solamente en la eficacia. Su calidad va a depender también de la ética de los medios y los fines de las acciones que emprende. Otro ejemplo es el del héroe popular Robin Hood, que utilizaba medios inmorales para lograr fines moralmente dignos (robar a los ricos para dárselo a los pobres).

Pienso que la mayoría de nosotros preferiría tener líderes que hacen lo correcto, de la manera apropiada, y por motivos adecuados.

Ni dispongo de espacio ni es el lugar oportuno para desarrollar cómo el impacto de los valores del líder en una organización dependerá también de la teoría del liderazgo que adoptemos. Y así un líder 'Gran Hombre' (en la historia Alejandro Magno o Napoleón) influirá sobre sus colaboradores de manera distinta a como lo haría un líder carismático (Gandhi, Martin Luther King o más actualmente Barack Obama), o un líder situacional (Nelson Mandela, Lech Walesa o Vaclac Havel).

Pero lo que cada día parece más claro es que la ética del liderazgo no es algo optativo en el mundo de hoy. Muy al contrario se presenta como una necesidad. La información ha cambiado el equilibrio de poder entre líderes y seguidores, y la confianza (no el poder coercitivo) constituye la base sobre la que se asienta la autoridad de un líder.

La ética en el liderazgo empresarial es hoy esencial porque en la sociedad actual las personas ya no respetan a los demás simplemente por su cargo en el trabajo, y la sociedad en general rechaza el uso coercitivo o manipulador del poder.

Un líder que es moralmente digno de respeto posee lo que Joanne B. Ciulla llama 'poder referente'. La gente sigue voluntariamente a los líderes que a su vez saben respetar.

La confianza y el respeto son difíciles de instaurar por los líderes en las organizaciones. Pero cuando se consigue, los resultados a medio y largo plazo son asombrosos. Hay muchos estudios que demuestran que las sociedades (y las empresas) en donde las personas operan con un alto nivel de confianza son social y económicamente mejores que las sociedades con bajas cotas de confianza.

En realidad, para llegar a esa conclusión basta pensar en la diferencia entre una familia donde se da esa confianza y respeto entre sus miembros, y otra en la que no se da.

Javier Giner Almendral

Economista

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