¡BUH! (EN CLAVE ARTÍSTICA)

Ni apocalipsis zombi ni asesinos en serie: ¿a qué temen realmente los creadores?

Inventario de los miedos que acechan a los profesionales de la cultura… y de los conjuros con los que intentan plantarles cara

23/10/2023 - 

MURCIA. Poco importa que uno sea fanático del terror o que la sola mención del universo vampírico le produzca sarpullidos, hace ya tiempo que el final de octubre se transformó en un inmenso escaparate de los imaginarios del susto. Zombis, esqueletos, brujas y otros sospechosos habituales pueblan las agendas de estos días. Pero si nos alejamos de los códigos narrativos  de Halloween y ponemos la lupa en los profesionales de la creatividad, ¿qué miedos encontraremos albergados en sus corazoncitos? ¿Qué criaturas espeluznantes les acechan con cada nuevo proyecto? ¿Sus pesadillas están protagonizadas por psicópatas con motosierra o se alimentan, en cambio, de asuntos como la falta de inspiración?

Empecemos con un pavor que, desdichadamente, se ha convertido en habitual compañero de viaje en los trabajos culturales: la precariedad en todas sus formas y gamas cromáticas. Con escamas, veinte patas o un sangriento plan de venganza en mente, ella nunca falla. La fotógrafa Selen Botto disecciona así su desasosiego: “ganar dinero con lo que hacemos es muy complicado. Es un miedo real, algo que pasa y que creo que no dejará de pasar, por lo menos yo no veo una solución. Asumirlo es muy duro”. Un temor que rima con el del ilustrador Martín López Lam, cuyo fantasma lleva por nombre: “No llegar a fin de mes y no tener ingresos a la vista. Aunque se trata de una preocupación común para artistas y no artistas. También puede ser que llamen al timbre y sea el cartero que te trae una notificación de Hacienda o la Seguridad Social. Así sean buenas noticias, acojona ese sobre cerrado con tu nombre escrito…”.

Turno para la poeta y creadora escénica Elsa Moreno, quien se enfrenta a dos bestias pardas: “tengo miedo a ser incoherente y a estancarme. Me asusta que me desmonten, que me vean endeble, que tiren por tierra mi trabajo porque hay fisuras en el discurso. A la vez, siento que es inevitable. Es muy poco humano pretender que los posicionamientos sean firmes y sólidos. Somos contradictorios todo el rato y es normal, la contradicción es movimiento. Yo tengo muy identificadas mis contradicciones y a mí no me generan pavor, pero me siento vulnerable al pensar que puedo ser objeto de crítica y que mi obra se vea menospreciada”. En cuanto al estancamiento, señala que su temor reside en “no saber hacer evolucionar mi obra, no ser inteligente y quedarme en un refrito eterno de algo que en un momento me ha funcionado”, Al mismo tiempo, reflexiona, “es muy pronto para pensar que me vaya a estancar. De hecho, estoy arrancando ahora”.

Para Pedro F. Medina,  editor de Fandogamia, el pánico tiene unas coordenadas tan concretas como escurridizas: “encontrar gazapos en los libros que hemos publicado”. Y es que para él, no hay cosa más terrorífica que, después de haber hecho una tirada de 5.000 ejemplares de un título, descubrir que se ha colado una tilde que no tocaba (o al revés, que falta una): “a cada cómic le echamos horas y horas de revisión, tanto durante la producción como antes de ir a imprenta y, sin embargo, siempre acaba apareciendo algo. Un día estás en casa, abres el libro por una página aleatoria y encuentras el fallo a la primera: un error ortográfico, una palabra que se ha ido del bocadillo, moiré en alguna página que produce formas geométricas no deseadas… Es terrible, pero es así. Siempre tenemos una velita encendida a Titivillus, el demonio de los errores ortográficos, para que se comporte con nosotros”, relata.

Hechizos para ahuyentar a los monstruos

Desenmascarados los pavores, toda recopilar unos cuantos conjuros con los que plantarles cara (o, al menos, intentarlo).  López Lam ha encontrado una fórmula para tratar de sobreponerse a esos temores. Eso sí, confiesa que es más reconfortante que efectiva: “lloradita, cigarrillo, chocolate y LinkedIn. Nunca funciona, pero parece que hago algo”. El abracadabra definitivo de Moreno consiste en realizar “mucha autoterapia. Me escribo cartas (físicas o mentales) contestando a estos miedos como si fuesen de una amiga. Desmontando la paranoia para tranquilizarme. Intento pensar que no tiene tanta importancia lo que hago. Que el arte es muy bonito y necesario, pero no es tan importante; y tampoco lo son las críticas. No es como si un puente estuviese mal construido, que entonces se puede liar una gorda. Que un poema no sea bueno no le afecta absolutamente a nadie”.

En el caso de Medina, señala dos métodos para no dejarse amedrentar por las maldades del perverso Titivillus: “la mía fue volverme un perfeccionista absoluto y  no mandar las cosas a imprenta hasta que no haya revisado 200.000 veces todo. Pero es absurdo, porque algo siempre sale mal.  El otro sistema es el de mi compañero Rubén Salas, diseñador gráfico, que, una vez el libro ha llegado al mercado, no lo vuelve a abrir jamás. Creo que es una postura mucho más inteligente que la mía, vive mucho mejor”.

Temerosa de la precariedad, el hechizo del que se sirve Botto adquiere los tintes de maldición, pues se trata de ese traicionero “tener pasión por lo que haces”. “Expresarme a través de la fotografía es casi una necesidad, es lo que me hace feliz. Y eso en ocasiones se acaba convirtiendo en un problema porque te motivas una barbaridad con cada proyecto, le dedicas muchísimo tiempo y aceptas condiciones que no deberías. Muchas veces la gente me dice ‘ah qué suerte que te dedicas a lo que te gusta’, pero tiene su lado negativo, como cuando alguien te pide que le hagas gratis una exposición. A mí no se me ocurre ir a un arquitecto y pedirle que me haga un plano de mi casa sin pagarle a cambio”, critica.

Con cinco años, hay quien tiene pánico a la oscuridad o a las criaturas amenazantes que quizás se escondían bajo su cama. Pasadas las décadas, los monstruos de algunos humanos adoptan nuevas hechuras, pero los  de otros se mantienen constantes en el tiempo.  A este segundo escenario responden los sustos de Moreno: “si voy a la raíz, mi miedo siempre es el mismo, tanto en la creación artística como en la vida. Es miedo a decepcionar, a no cumplir con unas expectativas que yo misma asumo que se vuelcan sobre mí”.  

El fantasma de la errata persigue también al editor de Fandogaia desde la adolescencia. El suyo es un pánico perseverante: “empecé a imprimir piezas con 16 años y ya tengo 38, así que creo que esa preocupación siempre va a estar ahí, como una vocecita en el fondo del cerebro que te dice ‘¿pero eso seguro que estaba bien? ¿Seguro que has mandado la última versión de los archivos?’. Pero, por una mera cuestión de rutina, te obligas a confiar en tu criterio, en tu trabajo y en tus años de experiencia. Y dices ‘que sea, lo que sea, para adelante’. No hay otra forma de afrontarlo que intentar pensar que siempre estamos intentando dar la mejor versión de nosotros mismos y que la gente también va a creer en ello. Si sale algo mal, a la siguiente lo harás mejor. Es importante aceptar los fallos de uno mismo. Pero eso no quita que el runrún siempre esté ahí. Una vez has enviado la pieza a imprenta, solo puedes cruzar los dedos y esperar”.

En cambio, López Lam considera que esos espectros que le perturban han ido mudando de aspecto con el tiempo: “antes era no tener ideas nuevas o tiempo para llevarlas a cabo. Ahora me conformo con poder terminar la única idea que he tenido desde hace 5 años mientras miro mi hoja de vida y calculo lo que me quedará de pensión”. También Selen Botto se ha ido encontrando con nuevos monstruos en cada pantalla vital. Así, relata que cuando era más joven lo que realmente le inquietaba era “encontrar mi manera de expresarme, aprender mucho, llegar, por ejemplo, a publicar algo, a tener un proyecto propio… Ahora que ya he alcanzado esos objetivos,  por una parte, siento una gran satisfacción, pero, por otro lado, veo que la cuestión económica está muy mal, así que es inevitable plantearse hasta qué punto vale la pena continuar”.

Temores en colectivo

Existen pánicos íntimos y únicos, personalísimos, creados a medida, diseñados exclusivamente en algún rincón concreto de nuestras tripas. Y otros que chapotean en los charcos de las inquietudes compartidas. La mayoría de inquietudes que azotan a los profesionales de la cultura corresponden a esta segunda categoría, la de los espectros que aterrorizan en plural. Las dificultades para ganarse la vida es uno de ellos: “la precariedad azota a diferentes agentes del mundo laboral. Es el cuco moderno, ningún asesino de peli slasher podría ser más efectivo”, cuenta el ilustrador. 

En cuanto al pavor a las erratas, Medina reconoce que constituyen “la pesadilla de cualquier editor. También es cierto que Fandogamia es una editorial pequeña e independiente: yo cumplo muchas funciones y, al final, si algo relacionado con la revisión sale mal, ha pasado por mis manos. Si es un trabajo que has encargado a otra persona, te fastidia que haya salido mal, pero no ha sido culpa tuya expresamente. En mi caso, si hay algún error, la ‘medalla al fracaso’ me la cuelgo yo; creo que eso me hace estar todavía más atento”. También Moreno clasifica a sus temores como fantasmas colectivos. De hecho, considera que todo artista que muestra su obra tiene el anhelo del reconocimiento público y necesita “llevar a cabo ese intercambio entre su imaginario y el entorno. No creo que nadie sea realmente impasible a la mirada externa. Puede afectarte poco lo que digan las críticas, pero es un factor que se tiene en cuenta”.

La clave, quizás, es encontrar el sortilegio necesario para seguir creando, aunque sea con el susto en el cuerpo y un puñado de muertos vivientes (quizás con traje de facturas no pagadas o síndromes del impostor) aporreando la puerta.