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'The Mole', el infiltrado que se ganó la confianza de Alejandro Cao de Benós y le traicionó

Durante diez años, Ulrich Larsen, un cocinero de baja permanente por enfermedad, logró acercarse a Alejandro Cao de Benós afiliándose a la Asociación de Amigos de Corea del Norte. Ahí mostró su fervor revolucionario entre los militantes, viajó al país comunista y se postuló como intermediario para grandes negocios. Con su cámara oculta logró capturar comentarios extremadamente racistas de Cao de Benós con los africanos y su predisposición al tráfico de armas y metanfetamina

13/02/2021 - 

MURCIA. Es un documental con valor cinematográfico. No por lo que revela, negocios turbios de un país con docena de boicots y embargos encima, sino por sus personajes. De Alejandro Cao de Benós poco hay que añadir que no se haya dicho ya o se haya averiguado con sus apariciones en medios. Sin embargo, el protagonista se pasa una década ganándose la confianza del comunista juche catalán. Todo para esclarecer algo previsible y que si lo leyeras en un periódico no te parecería una exclusiva mundial. Corea del Norte hace lo que sea por vender armas o lo que les pongas por delante, porque es un país con necesidades acuciantes y está aislado, por sí mismo y por duras sanciones. 

Al final de todo el periplo, Ulrich se encuentra con su mujer, que no sabe nada de lo que ha hecho, la ha estado mintiendo. El director del documental, Mads Brügger, organiza una reunión para confesarlo todo y decirle que piensa que su marido es un héroe y está orgulloso de él, pero ella no traga. Le dice que es un "idiota", que podría haber estado más pendiente de su familia y haber limpiado un poco más en casa. Ese es para mí el punto álgido de este rompedor documental. 

Durante varios momentos del metraje se ridiculiza a los militantes de la Asociación de Amigos de Corea del Norte. Son gentes un tanto desubicadas, se les ve de temperamento frágil y nervioso, ellos quieren creer, como los buscadores de OVNIS. No vamos a descubrir ahora cómo son los militantes de ciertas tendencias radicales en las que terminan entrando por una cuestión psicológica más que ideológica. Son especialmente grotescas sus manifestaciones de cuatro personas e incluso menos. Sin embargo ¿pasarse diez años entre ellos para dar una noticia de una relevancia relativa? No sé, Ulrich.

Cuando luego su mujer está decepcionada con él, llamándole imbécil, sin importarle su gesta, llega ese poder de las imágenes, la carga cinematográfica, cuando el espectador puede pensar si no será ese hombre más freak que los pobres diablos que profesan la ideología juche en Occidente. Porque, si lo hubiera hecho al revés, si en lugar del culo del mundo, Corea del Norte, hubiera descubierto como hacen estas guarrerías los países más avanzados, habría sido de Pulitzer, pero ¿quién no se imaginaba algo así?

Por lo demás, de Cao de Benós tenemos dosis para apretar el émbolo con cuidado porque vienen cargadas. Se destaca cómo han incidido los medios internacionales en por qué un descendiente de aristócratas nacido en una España rica y democrática ha decidido dedicar su vida a un país lejano cuyos líderes llevaron el estalinismo a cotas religiosas y esotéricas ni siquiera imaginadas por Iosif. En algunos medios se le ha tratado directamente de "payaso". Sin embargo, lo que se sale de su personaje habitual son unos comentarios en una conversación coloquial. 

Después de tanta lucha de clases e imperialismo, resulta que en la intimidad de su bar juche en Tarragona, Cao de Benós se refiere a los negros de Namibia como vagos que necesitan la autoridad de un blanco, si no te robarán y si no estás encima de ellos para que trabajen, se echarán a dormir. "Si el amo blanco no está, se comportarán como animales y lo destrozarán todo", dice textualmente. "No olvides que son muy fuertes, trabajan todo el día bajo el sol cortando el césped y cosas así. El negro tiene la cosa de que cuando no le miras te van a robar incluso una gota de agua". 

La exclusiva no deja de ser interesante, pero no es sorprendente. Mediante un actor que simula ser un empresario inversor, Ulrich se la pega a Cao de Benós y este les introduce y consigue citas con altos cargos del régimen. Después de visitas a Pyongyang en las que se dedican a beber día y noche, -les dicen unos asesores que cuidado, que Corea del Norte es uno de los países en los que más se bebe del mundo- les llevan a los arrabales de la capital y, cuando piensan que les van a meter dos tiros, los meten en un sótano en el que hay instalaciones de lujo y ya por fin se sientan a negociar. 

Parece una película, pero lo más increíble es que le oficial de inteligencia norcoreano que está presente en esa reunión y en otra posterior en África no se molestase en mirar en Google la empresa a la que dice representar el actor danés, pues admite que se inventó el nombre sobre la marcha. Quién diría que el país más hermético del mundo tiene semejantes agujeros de gruyere en sus servicios de Inteligencia más elementales. 

La exclusiva es que Corea del Norte, por culpa de las sanciones, no puede comerciar, pero sí montar tinglados indirectos. En este caso, el inversor dice que se va a comprar una isla en Namibia en la que se construirá un resort con campo de golf como tapadera y, debajo, subterráneo, fábricas de misiles y metanfetamina. Si el inversor pone el dinero, los norcoreanos se encargarían de todo. La gracia es que no cobrarían en metálico, sino en petróleo, ya que el inversor debería pagar a un empresario jordano que introduce combustible en Corea del Norte. Un triángulo.

De hecho, este empresario explica con todo detalle cómo elude la vigilancia por satélite con su flota. Así se las tiene que gastar Kim Jong-un para conseguir petróleo. Una pena que el plan se parase y no saliese adelante para comprobar si no se marcan un Cachitos picantes, la película aquella del denostado Woody Allen en su época que no gusta a los puristas, en la que unos ladrones montan una tienda de galletas como tapadera para hacer un butrón y se hacen ricos vendiéndolas porque resulta que la receta de la abuela era una maravilla. Aquí tal vez podría haber sucedido lo mismo, el resort en una isla privada en Namibia igual daba más que el mercado de los misiles y la meta de las fábricas secretas que querían montar debajo. Suena muy oneroso producir meta en el sur de África y luego tener que llevársela a los consumidores con pelas atravesando el planeta. En resumen, está claro que los males del siglo XXI tienen cierta querencia por venir envueltos en comedia. 

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