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Javier Cercas: "Solo hay dos tipos de novelas: las buenas y las malas, todo lo demás es palabrería"

28/03/2021 - 

MURCIA. Es uno de los escritores más importantes en lengua española. Tras el éxito de Terra alta, que le valió el Premio Planeta 2019, Javier Cercas vuelve a su sello habitual -Tusquets- para seguir con las andanzas de Melchor Marín, el policía convertido en héroe tras el incidente de Cambrils, vinculado con el atentado terrorista en Barcelona en 2017. Marín encarna en la literatura de Cercas el representante de la ley instruido, honesto, valiente que se enfrenta a las maldades de una sociedad catalana en la que la política y la lucha de clases siguen siendo piedras angulares de su deterioro. Su nuevo libro se titula Independencia.

-El título de esta nueva novela es una de esas palabras valiosas que usted afirma que los partidos separatistas se han apropiado y cuyo significado han pervertido. ¿De qué manera han pervertido esta palabra concretamente: independencia?
-En el lenguaje de los secesionistas, 'Independencia' significa en realidad secesión o separación (de hecho, antes los independentistas, en Cataluña, se llamaban separatistas). España no es un país independiente: ¿cómo va a ser independiente un país que tiene una moneda en común con otros? La independencia, tal y como se entendía en el siglo XIX, es imposible, a menos que te marches de la UE, cosa que poca gente quiere en Cataluña. Y aunque te marches. Pero, claro, la palabra independencia es más bonita que la palabra separación o secesión, que sería la correcta. Lo mismo ocurre con muchísimas palabras más: democracia, libertad, exilio etc. Si quieres conquistar la realidad, conquista primero el lenguaje; en Cataluña, los secesionistas lo han conseguido. Por eso, sólo los tontos piensan que los secesionistas son tontos.

-Independencia continúa las andanzas de Melchor Marín tras Terra Alta. Aunque ambas novelas son autónomas, parece que se ha imbuido en la novela policial con esta saga.
-Borges decía que todas las novelas son novelas policiales. Sea como sea, todas las mías lo han sido siempre, en cierto sentido (y de hecho, lo son todas las novelas que me gustan, del Quijote para acá): en todas hay un enigma y alguien que intenta descifrar ese enigma, y en eso consiste el fundamento de la llamada novela policial. Claro, en Terra alta e Independencia el protagonista es un policía que debe resolver un caso, lo que hace más evidente ese esquema; pero ya le digo que ese esquema estaba siempre en mis novelas. Por lo demás, quien crea que la llamada narración policial es un género menor no sabe lo que es la literatura; en literatura no hay géneros mayores o menores: sólo formas mayores o menores de usar los géneros. La comedia, digamos, tiene a Shakespeare y a Molière, pero también a un montón de nulidades; lo mismo pasa con la narración policial: tiene a Poe o Borges o Sciascia, pero también a muchos escritores malos. En definitiva, sólo hay dos tipos de novelas: las buenas y las malas. Todo lo demás es palabrería.

-Ricardo Piglia hablaba de la épica del género y decía que tenía la capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación. ¿Está de acuerdo con esta tesis de la investigación como método que comparten policías y novelistas?
-Claro: es lo que intentaba explicar antes. Y lo que intenté explicar mejor en El punto ciego, un librito donde reescribí unas conferencias que pronuncié en inglés en 2015, en la universidad de Oxford. Tanto en la investigación policial como en la novela hay al principio una incógnita o una pregunta. Lo que diferencia al novelista del policía es que el novelista no contesta la pregunta, lo tiene prohibido, al menos no la contesta de una forma clara, unívoca, taxativa; sus respuestas son siempre ambiguas, poliédricas, contradictorias, tornasoladas: en el fondo, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. En definitiva, es el lector quien tiene la respuesta final. Porque, como decía un personaje de Terra alta, la mitad de una novela la escribe el autor, mientras que otra mitad la escribe el lector. En definitiva, es el lector quien termina las novelas.

-Este nuevo libro se sitúa en unos años posteriores a la pandemia -a la que hace una mención muy lateral-, pero en esos años el conflicto catalán sigue vigente y la clase política es la misma. En un momento dado, Vidal, uno de los personajes, hablando con el corresponsal de The Guardian le dice una frase que repetía su padre: "El catalán que no quiere la independencia no tiene corazón; el que la quiere, no tiene cabeza". ¿Cree en esa frase y, por extensión, cree que es inagotable?
-Vidal es un representante perfecto de la élite económica catalana, y su frase no sólo delata el cinismo absoluto de esta, sino que define el nudo del problema catalán, o más bien el nudo del problema del secesionismo catalán: la sentimentalización de la política, que es un rasgo común del nacionalpopulismo de nuestro tiempo (el secesionismo catalán es quizá la manifestación más visible en España de ese nacionalpopulismo que campa por sus respetos en Occidente desde la crisis de 2008). Esa sentimentalización es un error, porque vuelve los problemas irresolubles: la prueba es que sobre sentimientos no se puede discutir; cada uno tiene los que tiene, y se acabó. La política no debería funcionar así, al menos la política democrática. Precisamente, la democracia consiste en la racionalización de la política, es decir, la destribalización de la política; eso es lo que nos permite poder discutir de los problemas y eventualmente resolverlos. Por lo demás, yo escribí esa frase de Vidal antes de que Sandro Rosell, ínclito representante de la élite económica barcelonesa, le dijera más o menos lo mismo a Jordi Évole en televisión. Évole le preguntó qué votaría en un referéndum de independencia de Cataluña, y Rosell contestó: “Votaría que sí. Pero, si el resultado del referéndum fuese positivo y Cataluña fuese independiente, al día siguiente me marcharía”. Es exactamente eso: cumplo con mi corazoncito (y con mi tribu), pero el dinero lo pongo a buen recaudo.

-Dice también uno de sus personajes que las manifestaciones del Procés no eran tales, sino más bien desfiles. Y afirma que sacar a la gente de casa es fácil, que lo complicado es volver a meterlas. ¿A qué atribuye el hecho de esta aminoración absoluta del conflicto catalán en la agenda política y social? ¿Únicamente a la llegada de la pandemia?
-No. También al cansancio general, a que algunos han descubierto que les han mentido, o que se han mentido a sí mismos y a los demás y no saben cómo regresar a la realidad; y por supuesto a que la verdad hace hombres y mujeres libres pero las mentiras hacen esclavos. Y a mil razones más. Pero el conflicto sigue ahí, y seguirá durante muchos años; en esto como en tantas otras cosas, la historia es inapelable: dividir una sociedad es muy fácil, pero volverla a unir es muy difícil.

-En el libro tampoco salen especialmente bien parados los periodistas. Sólo hay algo peor que ellos -dice un personaje-: los políticos. ¿Hasta qué punto y en qué medida el periodismo es corresponsable de la agitación y el ruido actuales en la política española y, concretamente, en la catalana?
-Lo es muchísimo, por supuesto, porque los medios de comunicación tienen un poder extraordinario (no digamos las redes sociales) y por lo tanto una extraordinaria responsabilidad. Ese poder puede usarse para bien o para mal. Por eso, si me pregunta a mí –no a mi personaje- qué opino de los periodistas, la respuesta es: no hay nada mejor que un buen periodista y no hay nada peor que un mal periodista. Dicho de otra manera: necesitamos el buen periodismo como el agua que bebemos. Contra lo que piensan tantos periodistas, yo creo que el periodismo es ahora mismo más necesario que nunca, no porque se mienta más que nunca, sino porque la mentira tiene mayor capacidad de difusión que nunca. Me refiero al buen periodismo, claro está: aquél que no se conforma con contar la verdad sino que, además, es capaz de desmontar las mentiras.

Foto: DANIEL MORDZINSKI

-Independencia habla de política pero, sobre todo, de la clase social burguesa que ha accedido a clase política catalana. Familias de políticos con riquezas cuyo origen desconocemos y que, sin embargo, tal y como dice otro de sus personajes, "a los ricos les encanta dar lecciones de moral". ¿No tienen suficiente con su dinero y su poder?
-Parece que no, y por supuesto no me refiero sólo a los ricos catalanes. Pero también dan lecciones de moral los políticos, los periodistas y, en fin, la afición en general. Es una pasión de nuestro tiempo. Una pasión tóxica: la moral se practica, no se predica. A menudo, quien da lecciones de moral es un canalla. Es el famoso “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Por eso la virtud es secreta o no es: en cuanto se hace espectáculo de ella, deja de ser virtud.

-Dice en el libro que la maldad asoma cuando las cosas van mal, que mientras todo va bien, la maldad suele permanecer tímida. Me pregunto de qué modo entonces comparecerán, en caso de que lo hagan, los héroes de nuestro tiempo. Melchor podría ser uno de ellos y, sin embargo, tiene enormes zonas oscuras en su pasado. Es, de algún modo, el héroe prudente, alejado de los héroes irreflexivos, por ejemplo, del Procés.
-Lo de la maldad lo dice, de nuevo, uno de mis personajes –un policía, por más señas-, pero estoy de acuerdo con él. Lo que quiere decir es que, mientras no hay muchos problemas, la gente suele comportarse correctamente; el problema es cuando llegan los problemas, valga la redundancia. Entonces, en situaciones extremas, las mejores personas pueden cometer los peores errores o barbaridades, de hecho pueden convertirse en bestias. Esto es un hecho. En cuanto a los héroes, son muy excepcionales, porque el heroísmo es una forma de excelencia moral (como la santidad, digamos): un héroe no es sólo capaz de comportarse de forma decente en una situación excepcional; es también capaz de comportarse de manera excepcional. Por eso hay tan pocos. Y son anónimos: le repito que la virtud es secreta o no es; le repito que, en cuanto la virtud se hace pública, desaparece. Dicho de otro modo, la expresión “héroe anónimo” es un pleonasmo: un héroe es anónimo por definición. O casi.

-La principal investigación de Independencia tiene como protagonista a la alcaldesa de Barcelona a que intentan chantajear con material privado. Este eje narrativo me recordaba, llevado al extremo, al famoso episodio del cerdo de la serie Black Mirror en la que el Primer Ministro de Reino Unido es también chantajeado. ¿Hasta dónde llega realmente la vulnerabilidad de los políticos en la actualidad, donde la transparencia se ha convertido casi en una dictadura y nadie puede tener la más mínima mancha en su pasado?
-La vulnerabilidad de los políticos y la de todo el mundo, usted y yo incluidos. Es enorme, claro. La sextorsión –así es como llaman a la extorsión sexual los policías- está a la orden del día. A la alcaldesa de mi novela la extorsionan con una grabación antigua, de cuando apenas existían internet y las redes sociales, pero tiene usted razón: la transparencia –es decir, la destrucción de la privacidad- es simplemente aterradora. Hay que controlar internet y las redes sociales, que ahora mismo no tiene ninguna o casi ninguna regulación y por eso son literalmente tóxicas.

-Ricky sería encarnación del fracaso, del intentar llegar a la élite y no poder alcanzar su objetivo. De ese fracaso surge la rabia y, en ocasiones, el mal. Al final del libro dice que las segundas oportunidades, el fracaso en España es casi un privilegio que muy pocos alcanzan. Esto nos separa de sociedades como la norteamericana en la que los fracasos son logros. ¿Hay modo de cambiarlo?
-No creo que en Norteamérica los fracasos sean logros (ni en España privilegios): los fracasos son fracasos en todas partes, y allí también. Pero es verdad que la norteamericana es una sociedad más fluida que la nuestra –o que las nuestras: me refiero a Europa- y que allí es más fácil levantarse de un fracaso y volver a empezar. Ricky habla sobre todo del fracaso económico o empresarial, pero vale para muchas otras cosas (habría que definir muy bien qué entendemos por fracaso y por éxito, esos dos impostores, como los llamaba Kipling). El problema de Ricky es que busca la independencia personal o económica de manera equivocada, arrimándose a la élite económica barcelonesa, que lo usa para sus propósitos y luego lo utiliza como papel higiénico. Es lo que suelen hacer las élites enquistadas en el poder con quienes se acercan a ellas con la ingenuidad (o el ánimo arribista) con que lo hace Ricky. Y por eso dice la editorial, con razón, que Independencia es un furioso alegato contra la tiranía de los dueños del dinero y los amos del mundo. La democracia es el mejor invento que hemos acuñado los seres humanos para defendernos de esas élites voraces (el poder siempre quiere más poder, y el dinero, más dinero). Quemar contenedores no sirve absolutamente para nada, salvo para que algún pobre desgraciado pierda su trabajo. Lo que sirve es tomarse la democracia en serio. Tomarse la democracia en serio y leer a Cervantes. Así se cambian las cosas, así se hace la revolución.

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