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ofendidita / OPINIÓN

Homenaje a la camarera desconocida

Foto: KIKE TABERNER
21/09/2020 - 

Aviso a navegantes: si estáis buscando una oda costumbrista a la vida de bar y las reuniones con amigos ante un vermut y unas olivas, lamento deciros que no habéis llegado al lugar adecuado. Continuad vuestra travesía que, de momento, no me patrocina ninguna marca de cerveza (aunque oye, estoy abierta a colaboraciones, que la vida está muy dura y a un módico precio te hago por aquí una publicidad encubierta mega cuqui). Y aunque, por una parte, estamos inmersos en la rueda de aplauso/demonización de los sanitarios según sople el viento y, por la otra, se mantiene el runrún de fondo de que menudos vagos los maestros que lo hacen todo mal, he decidido saltarme vilmente la agenda informativa y lanzar mi propio homenaje a uno de los colectivos más olvidados en este shock colectivo: los camareros. Sí, esos trabajadores invisibles que están al otro lado de la barra aguantando nuestras neuras, hipocondrías y monsergas varias. Ahora que ya empezamos a asumir que el coronavirus sí entiende de clases sociales -y por ello su influencia es mucho mayor en los barrios más vulnerables- toca aceptar que sus consecuencias en nuestras rutinas vitales también lo hacen.

Y me da igual si hablamos de empleados para los que la barra es un curro temporal, si no han encontrado otra cosa o si es una profesión que de verdad les gusta (friendly reminder: no todo el mundo aspira a ser creativo publicitario). Primero se chuparon sus meses de ERTE que, para muchos, fueron un auténtico festival de miseria ya que en hostelería lo de las horas pagadas en negro es una simpática praxis que no tiene visos de llegar saltar por los aires. Y luego… luego llego la aclamada reapertura de las terrazas y todos ansiábamos escapar del confinamiento al son de una bravas y unos tercios.

Foto: KIKE TABERNER

Así fue como a las habituales jornadas maratonianas y los sueldos lamentables se les sumó la responsabilidad de implementar unas condiciones de seguridad e higiene que evitaran rebrotes en sus puestos de trabajo. Hay una pandemia. Que tú, tus compañeros y todos estos comensales no acaben en la UCI depende de ti. Toma, una bayeta y un spray con lejía, suerte”.  Una angustia añadida por un total de cero euros o mejoras laborales a cambio. Y ya puedes dar gracias, que hay 800 en cola esperando para quedarse ese puesto. ¿Qué tienes fiebre? Da igual, vienes a fichar y ya veremos lo que pasa. Porque para que todos pudiéramos reunirnos con los colegas a echarnos de nuevo unas cañas, unos cafelitos o unos gin-tonics en copita de balón, necesitábamos a miles de asalariados teniendo que desinfectar mesas, obligar a los clientes a usar las mascarillas en interior y a ponerse gel hidroalcohólico y conseguir que se marchen a su puñetera casa a llorar a la hora del cierre. Y, obviamente, acabar bajando la persiana a las mil porque como ese simpático grupo de compañeros de farra no han querido irse cuando debían, es a los curritos a los que les toca limpiar y recoger sillas mucho después del teórico fin de su turno.

Así que, mira, como nadie va a hacerles dibujitos motivadores ni les van a entregar placas de reconocimiento ni nada, aprovecho este hueco para decirles que muchas gracias a los obreros de la hostelería por aguantarnos en estos tiempos pandémicos de histeria colectiva. Ahora me diréis, “ya, ya, pero yo siempre veo las terrazas llenas de gente y sin guardar las distancias de seguridad”. Pues sí, cariños míos, pero es que eso tampoco es decisión ni culpa de los trabajadores, que entre cumplir las órdenes que llegan de los dueños del local y mantener a raya a la fauna parroquiana ya tienen suficiente.

Foto: KIKE TABERNER

Y mira, José Miguel, si tú ya vas dramando por las esquinas porque te oprime el alma tener que llevar la mascarilla desde que sales de casa hasta que llegas a la cena con tus colegas del fútbol en la pizzería esa, imagínate a los camareros que llevan 12 horas sirviendo platos con la boca y la nariz tapadas. Y encima aguantando a zanguangos desquiciados como tú con sus exigencias, sus manías y sus bromitas que sólo han oído 356 millones de veces porque ahora todos nos creemos Broncano. O los grupitos que te la lían para pagar la cuenta, un subgénero que también triunfa mucho. ¡Ah! Y eso por no hablar de si la que carga con la bandeja es una fémina, que a todo ese carrusel de emociones tiene que sumarle los comentarios y miradas de babosos crónicos.

Vamos, que, si su antigua normalidad ya rimaba con explotación y precariedad, imaginaos el estrés extra que está acumulando ahora este colectivo. ¿Y que reciben a cambio de tanto sacrificio físico y mental? Pues a ejemplares como Marisa, la señora de mechas perfectamente ejecutadas con la que coincidí hace unas mañanas en una cafetería y que estaba pagando todas sus frustraciones hablándole al camarero con una mezcla de prepotencia y clasismo condescendiente. Un encanto de mujer. A ver, Marisa, reina, yo entiendo que necesitas chutarte melatonina para dormir, que el psicópata de tu jefe no para de pedirte informes absurdos, que no te da tiempo a ir a pilates, y te sientes al borde del colapso nervioso, pero esa persona que lleva desde las 07:30 de la mañana sirviendo desayunos a cambio del salario mínimo no tiene la culpa. Que lo de que quien paga manda y que el cliente siempre tiene la razón es una patraña para que la clase media aspiracional sienta que ostente un mínimo poder cuando ejerce de consumidor. Pero a ti eso te da igual, porque piensas que a cambio del euro con sesenta céntimos que vas a gastar tienes derecho a ser una cretina sideral. Marisas del mundo, qué queréis que os diga, poco se escupe en los cafés.

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