España ganó el Mundial, la FIFA ganó mucho más

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TRIBUNA LIBRE
Publicado: 05/08/2026 · 06:00
Actualizado: 05/08/2026 · 06:00
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España ganó el Mundial dos veces el 19 de julio. La primera, en el marcador, con un 1-0 frente a Argentina en el MetLife Stadium. La segunda, mucho más silenciosa, en la caja registradora. De esa apenas se habló durante la retransmisión.

Porque el Mundial ya no es únicamente el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Es una de las mayores industrias del entretenimiento global y un extraordinario generador de riqueza, influencia y poder. El balón sigue decidiendo quién levanta la Copa, pero son las audiencias, los patrocinadores y los derechos audiovisuales quienes determinan quién gana realmente el torneo.

El verdadero campeón juega en otra liga

Los aficionados siguen creyendo que el negocio empieza cuando rueda el balón. En realidad, empieza mucho antes y termina bastante después del pitido final.

La FIFA prevé ingresar cerca de 8.911 millones de dólares por el Mundial de 2026, dentro de un ciclo 2023-2026 revisado al alza hasta los 13.000 millones. La mayor parte procede de los derechos audiovisuales, seguida de la venta de entradas y experiencias VIP, y del patrocinio comercial. Ese es el verdadero orden de importancia económica, aunque rara vez coincida con la percepción del aficionado.

Con semejante volumen de ingresos llega también un reparto sin precedentes: 871 millones de dólares para las 48 selecciones participantes, 355 millones para los clubes que cedieron jugadores durante todo el ciclo clasificatorio y un premio récord de 50 millones de dólares, unos 44 millones de euros,  para el campeón. Nunca un Mundial había generado ni distribuido tanto dinero.

España ganó mucho más que una estrella

La Real Federación Española de Fútbol recibe esos 44 millones de euros, que posteriormente distribuye según el acuerdo alcanzado con los capitanes antes del torneo. En torno al 40-45 % corresponde a la plantilla, lo que sitúa la prima individual de cada uno de los 26 jugadores entre 765.000 y 865.000 euros brutos, prácticamente el doble de lo percibido tras conquistar la Eurocopa de 2024.

Sin embargo, esa sigue siendo la parte más visible y, paradójicamente, la menos relevante desde el punto de vista económico.

La segunda estrella ha multiplicado el valor comercial de la selección. La RFEF ha pasado de contar con un reducido grupo de patrocinadores a superar los cuarenta socios comerciales. Grandes compañías como Ebro, Mapfre, Telefónica Movistar, Halcón Viajes o Silbö se incorporaron a la categoría premium, mientras Adidas continúa capitalizando uno de los activos comerciales más rentables del deporte: la camiseta de la selección campeona del mundo. Son marcas que han hecho su agosto pero en julio.

Algunas consultoras estiman que el efecto económico podría superar los 8.000 millones de euros sobre el PIB español. Conviene tratar esta cifra con prudencia, ya que no responde a una auditoría oficial. Pero incluso aunque el impacto final fuera inferior, el patrón resulta evidente: cuando España gana, no solo celebra el vestuario. También ganan las marcas que patrocinan la camiseta, las empresas que financian las concentraciones, las cadenas de televisión y un entramado empresarial que convierte una victoria deportiva en actividad económica.

El Mundial ya no compite con el fútbol

Para comprender la magnitud del fenómeno conviene sacar el balón del terreno de juego. Vayamos a los números, que es lo único que no discute con el árbitro.

La NBA proyecta unos ingresos cercanos a 14.300 millones de dólares para toda la temporada 2025/26. La Fórmula 1 cerró 2025 con unos 3.870 millones, mientras que el Comité Olímpico Internacional maneja cifras muy inferiores en sus ejercicios anuales.

La diferencia es que esas organizaciones desarrollan su actividad durante meses. El Mundial concentra, en apenas cinco semanas, un volumen de negocio comparable al de algunas de las mayores competiciones deportivas del planeta.

Eso significa que el fútbol ha dejado de competir únicamente con otros deportes. Hoy compite por la atención global con las grandes plataformas audiovisuales, la industria del entretenimiento y las marcas que buscan los pocos escaparates capaces de reunir a miles de millones de espectadores al mismo tiempo.

Donde hay miles de millones, aparece el poder

Y donde existe un negocio de semejante dimensión, inevitablemente aparece la política.

La imagen de Donald Trump irrumpiendo en la fotografía oficial mientras España levantaba el trofeo no fue una simple anécdota protocolaria. Fue el recordatorio de que un Mundial ya no representa solo un acontecimiento deportivo, sino también un escenario de influencia internacional.

La FIFA, con sede en Zúrich, administra hoy uno de los activos más codiciados del planeta. Su capacidad para atraer gobiernos, multinacionales y líderes políticos demuestra que el torneo trasciende el deporte. Es una plataforma global de reputación, diplomacia y poder económico.

Esa quizá sea la mayor paradoja del fútbol moderno. El torneo se disputa en tres países, se financia con capital global, se consume en todos los continentes y pertenece, en realidad, a quien controla sus derechos comerciales. El negocio no tiene ni bandera ni fronteras. Tiene contratos.

Cuando se apagan los focos del estadio, queda la clasificación que nunca aparece en las pantallas. La de quién facturó más, quién reforzó su marca, quién ganó influencia y quién aprovechó mejor el mayor escaparate deportivo del planeta.

España conquistó el Mundial. Pero el verdadero vencedor volvió a ser el mismo de siempre: un modelo económico capaz de transformar noventa minutos de fútbol en miles de millones de dólares, influencia política y valor empresarial. Hace tiempo que el fútbol dejó de ser únicamente un deporte. Hoy es una industria global. El balón decide quién levanta la Copa; el negocio decide casi todo lo demás.

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