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CONFINAMIENTO

Recluido en un barco, más sencillo y menos estresante de lo que parece

30/03/2020 - 

CARTAGENA. Cualquiera de los que no tenemos una embarcación de recreo ni hemos experimentado la sensación de vivir más de una jornada, podemos pensar todo lo contrario; vivir confinado en una como la de Luis González y Lucía Álvarez, el Sargantana, debe ser una auténtica pesadilla.

El suyo tiene una longitud de 11 metros y una anchura de 4, por lo que en su interior las distancias entre las estancias son minúsculas para los no experimentados. Pero Lucía no lo ve así. Los navegantes están muy habituados a espacios reducidos durante los tiempos de navegación recluidos en sus embarcaciones, por lo que un confinamiento obligado es una lata para todos, pero no más estresante que estar en casa para ellos.

A la pareja, que tiene su barco amarrado en el Yatch Port de Cartagena, -puerto con cerca de 400 puntos de amarre- el estado de alarma les cogió visitando una casa que se están construyendo en la ciudad portuaria. Viven en Madrid pero se escaparon para hacer una visita a su nueva vivienda y fue entonces cuando contemplaron todo lo que se venía encima. 

Tras pensarlo detenidamente, decidieron quedarse en su barco, que usan casi como segunda vivienda desde que lo compraron hace cuatro años. Sabían que esto no iba a ser un fin de semana y dos noches de navegación. Catorce días como mínimo y mucho tiempo sin salir, pero decidieron que era la mejor elección y ahí continúan, aguantando, como todos los demás.

"Venimos muchos fines de semana y salimos a navegar con frecuencia", dice Lucía, quien lleva esta experiencia con la misma intranquilidad que cualquier otro. Tiene la familia repartida por diferentes puntos de la geografía española y a una hija en Luxemburgo por lo que hay que tirar mucho de conexión telefónica o videoconferencias para ponerse al día y darse ánimos. "Tenemos padres mayores y pertenecen a los grupos de riesgo" por lo que es por ellos por los que más sufren.

Asegura que no se aburre ni un solo momento y que el confinamiento es perfectamente llevadero, porque a pesar de no tener trabajo -está prejubilada- "en un barco siempre hay algo que arreglar, limpiar o colocar". Salir a navegar está prohibido, por lo que la actividad se circunscribe alrededor de su casa flotante.

Eso sí, tiene un pero. Luis tiene que trabajar, bueno, teletrabajar, por lo que el espacio se reduce cuando uno de ellos tiene que ocupar parte del mismo con el ordenador, documentos y llamadas telefónicas. "Si fuésemos los dos en esas condiciones, sí que sería un enorme inconveniente", añade Lucía, "pero al ser solo él quien trabaja, lo sobrellevamos".

Si a eso le añadimos que en el puerto son solo diez familias las que comparten este espacio con casi 300 embarcaciones, la paz es absoluta. "Estamos solos", dice Lucía, "es que no hay casi nadie. Hemos ido viendo cómo nuestros vecinos de pantalán se iban marchando poco a poco y nos hemos quedado poquísimos". En el Yatch Port son muchos los propietarios de embarcaciones de origen alemán, holandés e inglés y se anticiparon a lo que le venía encima a España para regresar a sus países y dejar sus barcos amarrados en puerto.

El hecho de salir a cubierta -su particular terraza-, y disfrutar del aire y del sol es un lujo que no todos podemos tener. Además, hay espacios comunes en Yatch Port -lavandería, oficinas, baños, biblioteca-, que les ofrecen la posibilidad de estirar las piernas cuando hay que hacer uso de ellos. "No salgo a pasear como a alguien se le podría ocurrir, porque veo lo que los demás están viviendo recluidos en sus barrios y sus casas y me parece muy insolidario hacerlo", añade Lucía, quien cada noche, a partir de las ocho, sale a cubierta a aplaudir como reconocimiento a todos aquellos que están trabajando fuera de casa tanto en hospitales como en la carretera o vigilando que se cumple el confinamiento. Luego, regresa a su ‘vivienda’ y en el casi sepulcral silencio piensa, como la mayoría de los españoles, cuándo se acabará esto y cuándo podrá volver a ver a la familia y cuándo soltar amarras para navegar.

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