MURCIA. Hay meses que se leen en el calendario y otros que se sienten antes de llegar. En Mula, septiembre pertenece a los segundos. Basta con que cambien las conversaciones, aparezcan los primeros carteles y alguien pregunte qué día baja el Niño para entender que algo está a punto de empezar.
Las Feria y Fiestas de Mula 2026 vuelven a reunir durante varias semanas aquello que mejor explica a la ciudad: tradición, música, cultura, deporte, encuentro y una programación pensada para que distintas generaciones compartan los mismos espacios.
Tras las primeras citas del mes, el 10.º Almuerzo Motero y el 42.º Encuentro Teatral Ciudad de Mula abren una programación que desembocará el 19 de septiembre en la inauguración oficial de las fiestas, con espectáculo piromusical, la Agrupación Musical Muleña junto a Pere Vicalet, comparsas locales y Roneo Fest.
Después llegará una de esas semanas en las que cada día parece contener su propia fiesta. El Arrebato, La Mundial, Rock&Roll Star, Mula Vibra, la Orquesta Mónaco Party, Señor Aliaga, la Macrofiesta Kraken, Fraderita, Los de Siempre o Guerreras K-Pop se repartirán por una programación en la que también habrá DJs, actividades infantiles, noches de mayores, folclore y propuestas para públicos muy distintos.
Pero hay una parte de estas fiestas que no necesita escenario.
Está en la romería del Divino Niño Jesús de Balate, en su llegada a Mula y en el camino de regreso a su santuario. Cada septiembre, miles de personas vuelven a acompañar una tradición convertida en una de las grandes expresiones populares del municipio. Hay quienes hacen el recorrido por costumbre, quienes lo hacen por promesa, por agradecimiento o por una petición íntima. Cambian las generaciones, pero el camino permanece.
También están la Virgen del Carmen y San Felipe Mártir, unidos a la historia de la ciudad y a unas celebraciones que se transmiten desde hace siglos. Procesiones, campanas, pólvora y actos religiosos forman parte de un paisaje emocional que muchos muleños aprendieron antes incluso de saber explicarlo. No es solo fe. Es memoria, patrimonio cultural y una forma colectiva de reconocerse.
Y alrededor de todo ello está la ciudad.
Las terrazas llenas, la hostelería, el comercio, las familias que prolongan las sobremesas, quienes regresan por unos días y quienes descubren Mula por primera vez. Durante septiembre, la ciudad no solo recibe más visitantes: se convierte en una gran carta de presentación de sí misma.
Porque quien llega atraído por una actuación puede terminar recorriendo el casco histórico, descubriendo su patrimonio, sentándose a comer o participando en alguna de las visitas guiadas programadas durante el mes.
También hay una voluntad clara de que estas fiestas sean compartidas. La programación incluye ludoteca durante las principales noches, Puntos Violeta y una hora silenciosa en las atracciones de feria, medidas que recuerdan que celebrar también significa pensar en quién puede quedarse fuera.
Por eso septiembre ocupa un lugar distinto en Mula. Porque las fiestas no se limitan a aquello que aparece impreso en un programa. Están también en una banda que dobla una esquina, en el olor de la pólvora, en una romería, en una conversación improvisada o en alguien que vuelve a casa por unos días.
Las fiestas terminan. Septiembre pasa. Pero Mula lleva siglos encontrando la forma de reconocerse cada vez que vuelve.