El saber más popular, que es el saber contemporáneo, dice -sin ninguna base que sustente su diatriba- que el proceso creativo necesita de un arranque ocioso, de un extremo aburrimiento. Dicen estos nuevos popes que se vive bien si vives lento, que se piensa bien si no haces nada, que se anulan mecanismos fagocitadores entre humanos cuando no decimos ni actuamos, y que todo ese parcours no-intelectual conduce al culmen creativo, a la obra de arte. El flâneur moderno -según ellos, por supuesto- no busca inspirarse, deleitarse o sumergirse en el entorno. No es un monje taoísta que subsume la naturaleza en una jungla de hormigón. Ni tampoco el beatnik turbio que acudía a todos los antros de be-bop.
Los contrarios -los que opinan lo contrario- manifiestan honra y gloria por modelos creativos más dinámicos, más salvajes -por qué no-. Dicen que el impulso es necesario, que requiere iniciativa, que interpela al intelecto, que te abrasa cuando quema y se consume en vaso ancho a trago largo. Miller -Henry-, Kerouac, Capote o D'Annunzio son ejemplos de este axioma conflictual.
Hay teorías que se aferran a las curvas de riqueza, a periodos de prosperidad. Otras se recrean en las crisis, en etapas medio oscuras donde hay trauma, caos y una ética dudosa. Muchos asimilan el proceso creativo a la inconsciencia y otros muchos acumulan argumentos para establecer el nexo espiritual como base de los flujos de arte. Sin embargo, sucede que el criterio circunstancial es una hipótesis de estudio escasamente rigurosa para estudiar las propias circunstancias del fenómeno creativo, algo así como intentar racionalizar lo irracional, o aplicar modelos escolásticos a un hecho, en esencia, humano. Todo ello desemboca en una miríada de modelos que -excluyentes o no- impiden determinar el hecho común o necesario en la génesis del proceso creativo. Todo vale y, muchas veces, todo vale al mismo tiempo.
Entendido como el íter que culmina en una obra de arte, el proceso creativo ha sido más o menos común, profundo o regular a lo largo de la historia en unas áreas geográficas que en otras. Ha sido más intenso, excelso o profuso en esas áreas que en las otras. Más fundado, angosto e intencionado. Y esas áreas, más allá de ciclos, de dinero, de deidades y actitudes, más allá de símbolos, guerras, tesis, brillo o autonomía, esas áreas corresponden siempre a zonas con un clima más benigno. Por el contrario, donde el clima ha sido más extremo, rara vez los usos, las costumbres y los procesos han sobrepasado lo decorativo, artesanal o funcional.
No es casual que el prolongado periodo de oscuridad de la Edad Media transcurriera en una etapa de especial calor en Europa, ni que el Renacimiento y el Barroco se produjeran en la -llamada por los expertos- Pequeña Edad de Hielo, que no es otra cosa que una época de temperaturas más bajas que la anterior y que se extiende en el continente europeo desde el S.XIV hasta mediados del S.XIX. No es casual tampoco que en las zonas de calor o frío extremo haya un menor número de manifestaciones artísticas. A veces ninguna. A veces un rito, un objeto o una performance trivial. Suficiente esfuerzo requería el día a día para hacer de lo creativo una ocupación.
Tampoco debería ser casual que en estos años de calentamiento global se esté produciendo una crisis creativa, que en cualquiera de las disciplinas existentes no sólo no haya -eso dicen- obras maestras sino obras de especial consideración capaces de trascender el paso del tiempo, que Ray Bradbury escribiera Farenheit 451 o Stephen Hawking hablara -en 2017- del fin del mundo, que la IA -plenamente asentada entre nosotros- haya comenzado su itinerario por adocenar la sed artística del ser humano y erigirse en eje creativo posmoderno.
Sin afán científico, didáctico o moral, desearía que esto fuera sólo un ciclo y no la antesala de un apocalipsis implacable. Que prefiero que termine esto y vuelva el frío. Que no es porque tenga miedo al fin del mundo sino porque temo que se acabe antes la cultura. Que vivir sin arte es muy difícil, pero crear bajo el calor es muy osado.