Opinión

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El eurocristiano tibio

Un León visita (media) Salamanca

"Resulta muy conmovedor predicar la donación de una buena parte de nuestras riquezas a los necesitados, un ideal cristiano que comparto, pero ese discurso sería bastante ineficaz si previamente no hubiéramos generado las riquezas a repartir"

Publicado: 14/06/2026 · 06:00
Actualizado: 14/06/2026 · 06:00
  • El papa León XIV interviene durante su visita al Congreso de los Diputados.
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En su discurso a los diputados y senadores, el papa León XIV mencionó a la escuela de Salamanca. Nos recordó que el dominico Francisco de Vitoria proclamó que todos los humanos eran sujetos de derechos y deberes. Y todos eran todos, no solo los colonizadores o los cristianos. Esa idea constituía nada menos que la raíz de lo que ahora llamamos “derechos humanos”. Además, al cuestionar que los españoles se apropiasen de las tierras de los indios, sentó las bases del posterior derecho internacional. En ese contexto, el Papa nos instó a acoger, integrar y promover a todos los inmigrantes. 

Los que hemos tenido que dirigir instituciones universitarias solemos conocer, siquiera superficialmente, algunas de las tesis del economista austríaco Peter Drucker. Fue ese devoto cristiano quien introdujo la noción de “sociedad del conocimiento”. Personalmente, me impresionó que nos recomendase que prestásemos atención a lo que nuestros interlocutores dijesen, pero también a lo que no dijesen. Ese consejo me fue muy útil en mis modestas negociaciones con dirigentes políticos, sindicalistas y estudiantiles. En el caso del Papa, eché de menos que no comentase las ideas económicas de la escuela de Salamanca. El eclesiástico antiesclavista Diego de Covarrubias escribió que el precio de una mercancía dependía de la apreciación que los hombres hiciesen de ella. Y eso incluso aunque la apreciación pareciese (o fuese) completamente irracional. De ese modo abrió la puerta a la teoría subjetiva del valor, tan importante en la ciencia económica moderna.

 

Estoy con León XIV en rechazar cualquier forma de idolatría, pero no denostaría todas las formas de beneficio, pues entonces apenas habría economía"

 

El jesuita Luis de Molina defendió nuestra capacidad de usar nuestro libre albedrío para hacer el bien, posibilidad que negaban los luteranos, que nos consideraban incapaces por el pecado original. Pero también señaló que el precio de una mercancía dependía de varios factores: la abundancia o escasez del bien; el número de compradores y vendedores; la urgencia de los compradores en adquirirlo… En resumen, inició la teoría de la oferta y la demanda, principal opción económica frente a la teoría marxista (hoy desacreditada) de que el valor de un bien depende del trabajo socialmente necesario para producirlo. Y el agustino Martín de Azpilcueta, partidario de la soberanía popular frente al absolutismo regio, descubrió que la afluencia masiva de plata americana a España elevaba los precios porque había más dinero para adquirir los mismos bienes. Eso era un antecedente de la teoría cuantitativa del dinero, tan discutida en los tiempos actuales (por no hablar de la inflación, que está provocando el descenso del poder adquisitivo de los consumidores a pesar del incremento global del PIB). A la vista de esos datos, me extrañó que el Papa no dijese nada de cómo podríamos generar las ingentes cantidades de bienes necesarios para atender a los numerosos inmigrantes pobres que, siguiendo su consejo, entrarían en España. Y eso sin contar las necesidades de los propios españoles que sufren escasez de entrada. 

Al día siguiente descubrí que la omisión del Papa no había sido involuntaria: agradeció a los miles de voluntarios que habían ayudado a organizar su viaje apostólico que lo hubiesen hecho de forma libre y gratuita. Y los elogió porque gracias a ellos Madrid estaba ahora más cerca de la Ciudad de Dios, una de cuyas características es la gratuidad. Esa idea provenía de Agustín de Hipona, a cuya orden pertenecía el cardenal Prevost. Posteriormente, ya en Barcelona, el Papa se pronunció contra “la idolatría del beneficio”. 

En ambos casos llevaba mucha razón, pero no toda la razón. Y eso porque obvió sendos problemas de escala. Una cosa es contribuir durante unas pocas semanas a organizar una visita papal y otra distinta acoger extranjeros pobres durante muchos años. Análogamente, una cosa es auxiliar a unos pocos pobres y otra distinta socorrer a millones de pobres. Como Drucker descubrió, el Estado no podía asegurar “la redención social” si la nación no era suficientemente productiva. De hecho, sin el desarrollo económico de la revolución industrial, resultado a su vez de la aplicación de la ciencia y la ingeniería a la producción de bienes, los europeos habríamos seguido viviendo en la pobreza típica de los siglos anteriores. Resulta muy conmovedor predicar la donación de una buena parte de nuestras riquezas a los necesitados, un ideal cristiano que comparto, pero ese discurso sería bastante ineficaz si previamente no hubiéramos generado las riquezas a repartir.

El papa León XIII, en el que Prevost se inspiró para elegir el nombre de León XIV, impulsó La doctrina social de la iglesia. Su encíclica Rerum Novarum supuso un paso adelante en los derechos de los trabajadores. Claro que también decía que no habría salarios adecuados sin los empresarios que los pagasen. Y, a su vez, esos empresarios no podrían pagarlos si sus empresas no obtenían beneficios. Estoy con León XIV en rechazar cualquier forma de idolatría, pero no denostaría todas las formas de beneficio, pues entonces apenas habría economía. 

En suma, repartir riquezas y generarlas son conceptos indisolubles. Siendo verdad que la caridad es la mayor de las virtudes cristianas, también lo es que, sin desarrollar suficientemente la producción, no podremos acoger a las multitudes de pobres que seguirán llegando si no controlamos las fronteras (control que Gibraltar y el Vaticano hacen a la perfección). El Papa nos instó a no enfocar el drama de las migraciones solo desde un punto de vista económico. De acuerdo, pero sería suicida enfocarlo prescindiendo por completo de la economía. Ni solo Covarrubias, ni solo Vitoria, sino ambos. Ya saben, siempre hay dos orillas: repartir y generar, trabajar y emprender, ética y ciencia, servicios públicos e impuestos, inmigración y control de fronteras, solidaridad y economía… Nunca lo uno sin lo otro. Ni liberalismo extremo, que conduce a un egoísmo individualista, ni socialismo radical, que conduce a generalizar la pobreza.

Postdata: aun contando con miles de voluntarios, el viaje del Papa ha costado más de 25 millones de euros. Su visita generará unos 150 millones de euros, pero ese beneficio no habría sido posible sin ningún gasto previo. Al parecer, con la gratuidad de los voluntarios no habría bastado. 


 

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