¿Quiere café? Pues dos tazas

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La discreta revolución que ha transformado una bebida originada a miles de kilómetros de distancia en una de las claves para entender a la Asia contemporánea

Publicado: 26/07/2026 · 06:00
Actualizado: 26/07/2026 · 06:00
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Va por delante que adoro el café. Sería incapaz de arrancar el día sin recurrir a ese brebaje perfumado, caliente, negro y misterioso. Tras su ingestión matutina mi cerebro empieza a funcionar, las calles se ponen en su sitio y el mundo echa a andar con su acelerado ritmo. Y he sido testigo de cómo el café está teniendo en la actualidad un vigoroso resurgir: desde el acceso de nuevas formas de tomar café en el ámbito  doméstico a través de la inefable Nespresso, a la proliferación de los cafés de especialidad en cada una de las esquinas de nuestras ciudades. Pero el fenómeno tiene unas características aún más llamativas y singulares en su propagación en Asia. 

Pero antes de entrar en el tema, no me resisto a rememorar una muy vieja canción cargada de jolgorio, socarronería y cierta picardía erótica: “Yo te daré, te daré, niña hermosa; te daré una cosa que yo solo sé..¡CAFÉ!”. Estoy seguro que la mayoría de mis lectores serán capaces de completar la estrofa de forma automática. Se trata de una canción cantada por nuestros abuelos, nuestros padres e incluso, en el caso de alguno ya algo talludito, en los patios de los colegios. Sin embargo, pocos conocen el origen de esta melodía. Procede de una canción popular cubana del siglo XIX titulada “El negro no puede”. La canción cruzó el Atlántico en el siglo XX, se sometió a un cierto revamping y acabó instalándose en la memoria sentimental y colectiva del universo hispano. Y esa palabra que todos esperamos al final de la canción (¡CAFÉ!) siempre fue mucho más que una bebida.

En efecto, con la palabra café se evocan los conceptos de colonización, de comercio, de intelectualidad, de primeros encuentros (“vamos a vernos y tomamos un café”), de elemento propiciador de acuerdos y negocios (“tomamos un café y lo ponemos en marcha”). Y el café ha sido parte indispensable de la gran cultura europea desde el siglo XVIII. Rememoremos a mi admirado Balzac, con esa vida tan exagerada y loca siempre, una vida medio de sátrapa, que afirmaba que necesitaba cientos de tazas de café al día para poder regar su literatura y escribir bajo la despiadada presión que le imponían sus editores. Y en Viena, café en mesa y en locales emblemáticos, intercambiaban ideas Zweig, Freud y compañía. Y en el Paris de los años 50 y 60,  el café se convirtió al existencialismo de los intelectuales y artistas de la Rive Gauche. 

Por ello, siendo una bebida tan ligada a la tradición europea, jamás habría podido anticipar hace pocos años que Asía sería el terreno donde esta cultura cafetera adoptaría una de sus manifestaciones más singulares. Es cierto que en mis primeros viajes a Asía, hace ya más de 12 años, me chocó la proliferación sobre todo de Starbucks en lugares como Seúl y Shanghái. Pero todavía no se había producido la desenfrenada expansión que ha tenido lugar en los últimos años. En efecto, la revolución silente del café no se está produciendo en Occidente sino además de en las ciudades citadas, en toda Asia en general (en Hanoi, en Taipéi, en Tokio). 

Y, volvemos a Seul, que es la ciudad que ilustra mejor este fenómeno. No hay que olvidar que las ciudades, como las personas, tienen olores que forman parte de nuestra memoria. El olor de Buenos Aires en invierno para mí es el de las almendras garrapiñadas y el de Londres es de asfalto denso y mercuriano o el de Valencia a principios de mayo con ese azahar perfumado y sugerente que produce ligereza y la alegría de estar vivo. En fin, Seúl que durante siglos ha olido a Kimchi o a ginseng o a los aceites de las planchas callejeras, ahora huele al imbatible aroma del café recién molido. 

  • Starbucks en Shangai

Detengámonos ahora en el Café Onion situado en barrio gentrificado de Seongsu-dong. Hace 20 años era una zona sin mucha gracia de talleres mecánicos, fabricas sin interés y almacenes de mercancías. Algo así como Shoreditch en Londres. No entiendo como hay gente, como a mi querido Tito Vilella (que algo de buen gusto, tiene), a la que le chifla. Ahora se ha convertido, también como Shoreditch, en la zona que “mola” con sus galerías de arte, sus restaurantes modernos, sus estudios de arquitectura, con la presencia de diseñadores de moda y, como no, sus cafeterías que son el decorado perfecto para los insaciables Instagramers.  Su especialidad es el latte de vainilla y hay bofetadas para conseguir un lugar casi tanto como para conseguir una reserva en un restaurante de moda. Hay colas en la calle. Colas asiáticas donde nadie protesta y todos esperan flojito y cooperando.

Aunque lo interesante está en su interior, con un ambiente que resulta incluso más curioso que su café: estudiantes haciendo fotos a su café como si se tratase de una obra de arte, modernos posando y disfrutando de la descuidada, pero sólida estética industrial, el barista oficiando tras la barra como si fuese un implacable maestro de ceremonias. Está claro que en este lugar lo de beberse el café es lo menos importante. Aquí se discute sobre los diferentes cafés, se admiran, se contempla, se le hacen fotos. De alguna forma, el café está realizando la función que en el pasado hacía el té. En su imprescindible “El libro del té” de Kakuzo Okakura (a mí me gusta más que “El elogio de la sombra” de Tanizaki, porque es más liviano y revelador) se decía que “el té es una religión del arte de vivir”. Pues bien, actualmente las cafeterías en Asia han ocupado ese lugar. Pero de una forma que dice mucho y más para entender Asia que ningún tratado de geoestrategia. En efecto, ahora el continente que siempre había olido a té también huele al mejor café. 

¿Qué ha sucedido? Espíritus impetuosos, binarios y poco sofisticados no tendrán empacho en sostener que el café ha arrasado al té. Y esto no es cierto. Esa es la forma como Occidente tiende a ver el mundo con su inevitable inclinación a que toda situación termine con unos vencedores y otros vencidos. En Asia, se evita esa simplificación. En realidad, siempre suceden muchas cosas a la vez. El pasado, el futuro que será, siempre converge en un presente penetrado por infinitos contenidos. Así el té sigue siendo muchas cosas en Asia. Es tradición, familia, hospitalidad, raíces, recuerdos y memoria. En China es parte de las buenas costumbres y de la cortesía. En Japón, alcanza el nivel de ceremonia porque los señores japoneses son formales. En la India es un dialogo cotidiano. Y, por contraste, el café representa la Asia moderna: la gran ciudad como polo de atracción imbatible, los espacios de coworking, la modernidad, los encuentros sobre la marcha, la primera cita, la biblioteca improvisada donde pasa horas estudiando el universitario. Se trata de experiencias que responden a necesidades actuales y nuevas de una sociedad que está en una transformación acelerada. Por lo tanto, el café no ha desplazado al té. Lo que está haciendo es ocupar lugares que antes no existían y que por lo tanto el té no ocupaba. Esta circunstancia nos permite entender algunas de las claves de la Asia moderna. 

Esta historia no empezó en Corea del Sur. Realmente arranca en Etiopia donde está el origen del café. Y pronto salta al mundo árabe y viaje luego y bien por las rutas abiertas por los comerciantes musulmanes y europeos. Así, los colonizadores británicos plantan el café en la India; los franceses lo hacen en Vietnam y los holandeses en la isla de Java. El resultado es que Asia pasó a ser uno de los mayores productores de café del mundo. Con mucha antelación a convertirse en el continente que más café consume. Por lo tanto, el té seguía siendo la bebida dominante mientras Asia exportaba todo el café que producía. Pero algo cambió. Y ese algo fue el imparable y rapidísimo proceso de urbanización. Fueron las ciudades las que cambiaron las pautas de consumo y de convivencia. Las ciudades permitieron el nacimiento de una nueva clase media, que la exposición al mundo exterior fuese más inmediata, que se creasen nuevas profesiones. Y esta necesidad la vio Starbucks y se implantó con éxito y acierto en toda Asia. Y luego llegaron las cadenas locales asiáticas lo que supuso la proliferación de miles de cafeterías de calidad notable en toda Asia. De esta forma, Asia, ese gran laboratorio actual de la humanidad, ha hecho lo que hace siempre, transformar una realidad preexistente para ajustarla a sus circunstancias y apetitos.  

Asía ha cambiado. Durante todo el siglo XX fue sobre todo la fábrica del mundo. Y precisamente esa gran capacidad de producción industrial era su sello de identidad. El mundo del siglo XXI tiene otros fundamentos: la tecnología, el diseño, la economía, el conocimiento, la creatividad. Y es justamente lo que reúne muchas veces las cafeterías asiáticas entre sus cuatro paredes: a arquitectos, a diseñadores, a modernos, a empresarios, a abogados (siempre tiene que haber un abogado en toda buena película), a creadores, a programadores. La cafetería está sustituyendo a los restaurantes como lugar de encuentro, como los restaurantes remplazaron a los salones de Paris y a la ópera. Y la cafetería para los nuevos tiempos es perfecta: uno trabaja sin parecer que trabaja (parecer que trabajas es feo y vulgar), uno descansa sin que le lancen miradas acusadoras y por supuesto uno se deja ver que es fundamental para la gente sepa que existes. 

Y el café es un producto perfecto para este contexto. Ya no representa a Occidente, si no que simboliza el éxito urbano. Y además supone un lujo totalmente democrático. Así, el café de especialidad, costando mucho menos que reloj de lujo o algún accesorio de firma, transmite unas sensaciones parecidas: diseño, tiempo, clase, buen gusto y modernidad. Y con esto, y para concluir, volvemos a una constante de la Asia actual: Asia ya no copia, Asía crea y traduce. Y lo hace a su manera. Asía toma ideas de fuera y las devuelve mejoradas y enriquecidas. Por eso Asia es la región más pujante del mundo. Y es una de las razones de su éxito global. Y todo ello desde una diversidad que resulta poderosamente asiática. Asía ya no solo huelo a jazmín si no, y mucho, a café recién molido. 

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