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La sonrisa de Xi Jinping

Publicado: 17/05/2026 · 06:00
Actualizado: 17/05/2026 · 06:00
  • Xi Jinping.
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Tengo la impresión, reciente, de que mientras el mundo está en llamas, incertidumbre y en un estado convulso, China está venciendo la partida por goleada. Recuerdo que una de las cosas que más disfrutaba de mis veranos en Jávea es que eran el momento para lecturas gozosas y prolongadas. Y fue en uno de esos veranos que descubrí el inquietante y esclarecedor El arte de la guerra de Sun Tzu. En seguida detecté las similitudes con El Príncipe de Nicolás Maquiavelo

Ambas obras son profundamente pragmáticas, muy realistas, contrarias a todo buenismo ingenuo, analizan a fondo el ejercicio del poder y lo apartan de la moral conceptual y abstracta. También entienden que la dialéctica, la controversia y el conflicto son inherentes a la realidad humana. Sin embargo, de ambas obras se desprenden algunas de las profundas diferencias existentes entre el pensamiento occidental y la tradición china. Mientras la célebre virtud de Maquiavelo se basa en la valentía, asumir riesgos, dinamismo, la voluntad indomable e incluso la fuerza para doblegar al caos natural, la inevitable entropía y para conseguir que el orden prevalezca, las enseñanzas de Sun Tzu están profundamente imbuidas del taoísmo. Esto hace que la visión que se desprende del mundo es más serena al asumir que la realidad cambia, que la violencia y la fuerza no son sostenibles de forma permanente. Por lo tanto, no parece prudente estar anclado en principios apriorísticos y absolutos, ni provocar el choque directo para conseguir los fines, ni se puede creer en victorias duraderas. Se trata de una obra profundamente psicológica. No cuenta batallas, ni habla de gloria militar, ni de armas. Se centra en lo más profundo de nuestra pobre y querida naturaleza humana: el miedo, las pasiones, el deseo, la sensibilidad y la tendencia insuperable a engañarnos a nosotros mismos.

Estas cualidades convirtieron a El arte de la guerra en libro de cabecera de números estadistas como Napoleón Bonaparte (aquí hay debate) y obviamente Mao Zedong; generales como Mac Arthur y Colin Powell (con el que coincidí en un ascensor en Pekín camino de un desayuno con clientes en el último piso de un interminable rascacielos); diplomáticos aventajados y, en este caso muy pro-chinos, como Henry Kissinger o mi admirado y querido embajador Manuel Valencia, así como de numerosos líderes empresariales como nuestro gran banquero patrio don Emilio Botín.

Se trata sin duda de una obra muy contemporánea y que explica muchas de las cosas que están sucediendo en nuestro cambiante siglo XXI. Y nos permite entender este triunfo que no es pobre ni pasajero de China. Una de sus frases memorables es “La mejor victoria es vencer sin luchar”, esa fuerza sin esfuerzo que nos fascina. No solo por su elegancia (el occidental triunfa sudando y despeinándose) sino por inapelable eficacia. Y es muy posible que esta enseñanza inspire directamente la actuación de Xi Jinping.

Así China, de momento, no recurre, a pesar de que el Ejercito Rojo se está fortaleciendo alarmantemente, a las ofensivas militares típicas de los occidentales. Y sin embargo progresa decisivamente en todos los frentes. Por supuesto en el económico (ha sido la máquina más eficaz para sacar a gente de la pobreza de forma masiva) gracias a su asombroso desarrollo industrial, tecnológico, comercial y en el sector energético. Pero no solo en esos ámbitos claramente materiales y reales, China está también desarrollándose en otra dimensión más intangible pero no menos relevante: en la narración serena y estructurada, en la dimensión psicológica y muy valiosa de proporcionar estabilidad y seguridad. Todo esto quizás contribuya a explicar la sonrisa de Xi. 

Porque Xi Jinping ha decidido aplicar de forma directa El arte de la guerra a las relaciones internacionales. Y especialmente en su relación con su gran rival, los Estados Unidos de América. Y esto se ha visto estos días con ocasión de la reunión de los líderes de ambas potencias en Pekín. Parece que todo ha sido paz y armonía. Y, sobre todo, nos hemos encontrado con un Trump atípico: contenido, benevolente, comedido, sonriente en todo momento. No hay ni rastro del Trump de las guerras comerciales, ni del que amenazaba a China con todos los males del infierno, ni del de las declaraciones incendiarias y desbocadas. Todo está resultando meticulosamente fraternal y conciliador. Parece que como si la visión que China quiere proyectar de si misma haya condicionado al presidente Trump.

  • Xi Jinping y Donald Trump, en el Templo del Cielo, en Pekín. 

En efecto, China está consiguiendo mostrar tranquilidad, autocontrol, orden y sobre todo continuismo. Y a la vez se aleja del show al que, lamentablemente, nos tienen acostumbrados nuestros sistemas políticos: el exabrupto, el descontrol emocional, la agresividad de muchos de nuestros agentes políticos y sociales. China quiere que el mundo la perciba como la garante de la estabilidad planetaria. Y el decorado, mis tantas veces añorado Pekín, ayuda: con su tradición milenaria en la Ciudad Prohibida y el Templo del Cielo, con sus largas avenidas inmensas y geométricamente comunistas consiguiendo una perfecta transición entre presente, pasado y futuro. Y también la impecable coreografía china: los protocolos suaves, lentos y controlados, la calma, los pequeños gestos, los silencios. Y Trump, el gran maestro del espectáculo, que no es tonto, no ha podido más que adaptarse a la situación si no quería hacer el ridículo. 

¿Qué puede salir de este encuentro? Ni va a producirse un choque histórico ni se va a conseguir una reconciliación duradera. Y esto es así porque ambos países se están jugando todo. Caben dos escenarios a largo plazo: o que se llegue a una coexistencia pacífica, aunque competitiva, lo que sería un desenlace feliz, o que entremos de forma irreversible en una nueva y peligrosísima guerra fría de naturaleza tecnológica, geoestratégica y financiera. La buena noticia es que ambos países, de momento, se necesitan. China es la que más se ha beneficiado de un sistema internacional diseñado por los Estados Unidos que ha permitido su crecimiento imparable a través del comercio global lo que a su vez le ha garantizado su paz social interna. Y Estados Unidos no puede permitirse simultáneamente el caos en Oriente Medio, el hundimiento de las cadenas de suministro asiáticas en las que China es clave y el incremento descontrolado y duradero de los precios energéticos. Es cierto que son los dos grandes rivales, pero simultáneamente sigue siendo muy dependientes. Quizás el gran duelo será inevitable (en esta reunión se ha invocado por Xi a Tucídides), pero de momento no se puede producir porque ambas potencias tienen mucho que perder. Por lo tanto, se va a acordar algo tan poético (y chino) como ganar tiempo. 

Hay un tema que no se ha tocado y que es el más candente, el elefante en la habitación: el tema de Taiwán. Es cierto que el portavoz del gobierno chino ha manifestado de forma expresa que un conflicto sobre Taiwán podría tener efectos devastadores para todos. No obstante, de momento, el presidente Trump no ha entrado al trapo y es previsible que no lo haga. Hasta hace muy poco no era concebible ningún encuentro entre ambos países sin manifestaciones rotundas sobre la isla. Y lo que está prevaleciendo por parte de todos es la prudencia sobre la cuestión. 

Y esto es así porque el tema esencial de esta cumbre no es otro que el de la Inteligencia Artificial (IA). Todo el orden mundial se está empezando a construir en torno a ella. Se trata de la nueva realidad que va a resultar determinante para estructurar el planeta. Y si China consigue el total control sobre la IA, y está muy cerca de hacerlo, los equilibrios globales cambiaran. Y con todas las distracciones en las que nuestras democracias occidentales están inmersas, le estamos dejando hacerlo. 

Mientras tanto, Europa observa esta situación con nerviosismo ya que está poniendo su inanidad en terrible evidencia. Europa siguen siendo los consumidores de alto poder adquisitivo que todos cortejan, pero está dejando de ser la protagonista de su destino para convertirse en un observador perplejo de su imparable decadencia. Y no parece, tristemente, que esto vaya a cambiar. Ojalá me equivoque. 

  • Xi Jinping. 

Y volvamos, para cerrar el bucle, a la sonrisa de Xi. No es la del héroe arrollador y triunfador occidental. No es seductora, ni amplia ni exuberante ni mediterránea. Es mucho más perturbadora. Es la sonrisa serena del que se sabe el amo del juego. Del que es consciente, como cantaba José Alfredo en su memorable ranchera No me amenaces, que “ahí traes la baraja, yo tengo los ases”. Es la sonrisa del que domina el tiempo y quizás la eternidad. La sonrisa de China. 

Y yo mientras tanto en París con aguacero. Feliz con mis hijos. Como si nada hubiese cambiado.

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