La privacidad ya no es un derecho: es un producto de lujo

Opinión

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Publicado: 19/10/2026 · 06:00
Actualizado: 19/10/2026 · 06:00
  • Archivo - Un niño conectado a varios dispositivos móviles sin supervisión.
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CASTELLÓ. La privacidad no desapareció de golpe. La cedimos progresivamente, a cambio de comodidad, y sin leer la letra pequeña.

Hay una frase que se repite demasiado fácil en nuestras mentes: “No tengo nada que esconder”. Se lo dicen personas razonables cuando se les pregunta si les preocupa que sus datos sean recopilados. Y la frase, en apariencia, tiene lógica. Si no haces nada malo, ¿qué importa que alguien sepa lo que haces? El problema es que ese argumento confunde privacidad con secreto. Y son cosas muy distintas.

La privacidad no es el derecho a esconder actos vergonzosos. Es el derecho a controlar lo que es público. A decidir qué compartes, con quién y en qué contexto. Es lo que te permite ser una persona diferente con tu pareja, con tu jefe, con tus amigos y con tu médico. Es la condición básica para pensar con libertad, para cometer errores sin que queden registrados para siempre y para existir como individuo y no solo como perfil de datos que siempre se comporta igual.

 

Lo que hemos cedido en los últimos veinte años no es un dato aislado. Sin darnos cuenta del cambio de lo gratis, hemos compartido lo que somos.

 

Cada búsqueda, cada compra, cada ruta que hemos seguido, cada conversación que hemos tenido, cada página en la que hemos pasado más de treinta segundos. Ningún dato por separado es especialmente revelador. Pero el conjunto dibuja un retrato de quién eres, qué te preocupa, cuáles son tus debilidades y cómo puedes ser influenciado, con una precisión que muchas veces supera lo que conocen las personas más cercanas a ti.

 

¿Nunca te ha pasado hablar sobre un tema con alguien y la siguiente vez que abres el móvil aparecer un anuncio o noticia sobre ello? No es coincidencia.

 

Y eso tiene un valor económico enorme. El mercado global de datos personales mueve cientos de miles de millones de euros al año. El problema es que en esa transacción la mayoría de las personas ni siquiera saben que son una de las partes. Ni quién compra, ni qué exactamente se vende, ni para qué se usa. Las empresas saben todo sobre nosotros y nosotros casi nada sobre cómo utilizan lo que saben.

 

El resultado es que proteger la privacidad se ha convertido en un privilegio. Usar un servicio de correo que no analiza tu contenido cuesta dinero. Navegar sin ser rastreado requiere conocimientos técnicos o herramientas de pago. Tener un móvil que no comparte tu localización de forma permanente exige ajustes que la mayoría desconoce. La privacidad, que en principio es un derecho recogido en la legislación europea, se ha convertido en la práctica en algo que solo ejercen quienes tienen tiempo, dinero y conocimiento para hacerlo.

 

Hay una paradoja final que merece nombrarse: la misma generación que más ha reclamado derechos individuales en la historia es también la que más datos personales ha cedido voluntariamente. Reclamamos privacidad en redes sociales publicándolo en redes sociales. Nos indignamos cuando una empresa filtra nuestros datos y a los cinco minutos aceptamos las cookies de otra sin leer las condiciones. No es incoherencia; es que el sistema está diseñado para que la cesión sea fácil y la protección sea costosa.

 

Otro problema es nuestra resistencia a pagar por algo que siempre hemos tenido gratis. Antes de Netflix, demasiada población española descargaba películas en eMule, permitiendo en muchos casos infectar nuestro ordenador. Ahora, a cambio de no pagar, utilizamos de forma gratuita Gmail o ChatGPT, ¿y sabes qué? Que cuando no pagas por algo, es porque el producto… eres tú.

 

La privacidad es uno de los pocos bienes que, una vez cedido, es muy difícil de recuperar.

 

La pregunta no es si tienes algo que esconder. La pregunta es si alguien más debería decidir por ti lo que merece ser público. Y si estás lo suficientemente formado para usar determinadas tecnologías.

 

Jose Bort. Presidente Fundación E&S y autor de El Buen Emprendedor.

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