Opinión

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La inteligencia artificial y el riesgo de una generación perdida

Publicado: 26/01/2026 ·06:00
Actualizado: 26/01/2026 · 06:00
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CASTELLÓ. La inteligencia artificial no va a quitarle el trabajo a las personas. Va a quitárselo a quienes decidan no aprender a convivir con ella.

Puede parecer una afirmación provocadora, pero resume con bastante precisión el momento histórico que estamos viviendo.

Durante 2025 hemos asistido a una explosión de soluciones basadas en inteligencia artificial. Como ocurre con toda gran ola tecnológica, muchas de ellas desaparecerán: eran modas, experimentos o propuestas sin un problema real detrás. Sin embargo, sería un error confundir ese ajuste natural con una marcha atrás. La IA no es una tendencia pasajera; es un cambio estructural en la forma en que trabajamos, producimos valor y tomamos decisiones.

La pregunta relevante ya no es si la IA sustituirá empleos, sino qué tipo de profesionales sobrevivirán —y prosperarán— en este nuevo contexto. Y la respuesta es clara: aquellos que sepan apoyarse en la tecnología para ser más productivos, más analíticos y, paradójicamente, más humanos.

En mi experiencia profesional —tanto en el ámbito empresarial como en el de la inversión y el trabajo— gran parte del valor no está en ejecutar tareas repetitivas, sino en conectar personas, interpretar contextos y detectar oportunidades. Precisamente ahí es donde la inteligencia artificial se convierte en una aliada extraordinaria. No reemplaza la relación humana, pero libera tiempo y energía eliminando fricción, automatizando procesos y acelerando análisis que antes consumían horas o días.

Este es un matiz clave que suele perderse en el debate público. La IA no deshumaniza el trabajo; bien utilizada, lo recentra en aquello que solo las personas pueden hacer: generar confianza, ejercer criterio, liderar con propósito y tomar decisiones en entornos complejos e inciertos.

Un ejemplo sencillo lo ilustra bien. Mi último libro está escrito por mí, con mis ideas y mi voz. Pero el proceso fue radicalmente distinto a lo que habría sido hace solo unos años. Utilicé ChatGPT como interlocutor inicial: para ordenar ideas, generar primeros borradores y contrastar enfoques. El resultado fue el mismo —un libro auténtico—, pero el tiempo necesario se redujo de uno o dos años a apenas dos meses. No escribí menos; escribí mejor y con mayor foco.

Por eso, probablemente, el aprendizaje más importante que cualquier profesional debería priorizar en 2026 no es una herramienta concreta, sino la alfabetización en inteligencia artificial. Entender qué puede hacer, qué no puede hacer y, sobre todo, cómo integrarla de forma ética y estratégica en el día a día.

La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas no destruyen el trabajo, sino que redefinen su naturaleza. Esta vez no es diferente. La diferencia es la velocidad. Y ante la velocidad, solo hay dos opciones: resistirse o adaptarse.

Elegir aprender IA hoy no es una cuestión técnica. Es una decisión profundamente profesional

La historia económica reciente ofrece ejemplos claros de lo que ocurre cuando una parte de la sociedad decide no adaptarse a un cambio estructural. En el norte de España, durante décadas, miles de personas trabajaron en la minería y en los astilleros. Cuando esos sectores dejaron de ser viables, muchos profesionales supieron reconvertirse, formarse en nuevas disciplinas y trasladarse allí donde había oportunidades. Otros no pudieron o no quisieron hacerlo. El resultado fueron las llamadas “generaciones perdidas”, colectivos que necesitaron —y siguen necesitando— el apoyo permanente del Estado del bienestar.

La diferencia no estuvo en el talento, ni siquiera en el esfuerzo, sino en la capacidad de adaptación al cambio. Hoy nos encontramos ante una transformación de alcance mucho mayor. La inteligencia artificial no afectará a un sector concreto ni a una región específica: afectará a prácticamente todos los profesionales, independientemente de su edad, su nivel de estudios o su posición.

Una generación perdida no puede ser una parte significativa de la población activa, porque eso sería social y económicamente insostenible. Por eso, la adaptación a la inteligencia artificial no es solo una responsabilidad individual, sino un reto colectivo.

La buena noticia es que, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas, esta es extraordinariamente accesible. La IA no exige conocimientos técnicos avanzados: exige curiosidad, criterio y voluntad de aprender. En muchos casos, basta con saber interactuar, formular preguntas y entender cómo apoyarse en ella. Es una tecnología diseñada desde la experiencia de usuario, pensada para personas, no para ingenieros.

El verdadero riesgo, por tanto, no es la inteligencia artificial. El riesgo es decidir no aprender a usarla.

Jose Bort. Presidente Fundación E&S, XarxaTec y autor del Buen Emprendedor

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