La incomodidad, esa gran aliada del crecimiento personal

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" ¿Cuántas veces cambiamos de postura una y otra vez, cuando estamos incómodos en una silla, antes de preguntarnos si lo que realmente necesitamos es levantarnos y cambiar de asiento?"

Publicado: 07/10/2026 · 06:00
Actualizado: 07/10/2026 · 06:00
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Nos gusta estar cómodos. Es lógico. Si podemos elegir entre una situación que conocemos, controlamos y nos proporciona seguridad, y otra que nos obliga a movernos hacia un terreno incierto, lo normal es que prefiramos la primera. El problema aparece cuando esa comodidad empieza a apretarnos y, aun siendo conscientes de ello, seguimos allí. Nos acostumbramos a trabajos que ya no nos satisfacen, relaciones que han dejado de hacernos felices, lugares en los que ya no queremos estar o rutinas que un día nos dieron seguridad, pero que ahora empiezan a asfixiarnos. ¿Cuántas veces cambiamos de postura una y otra vez, cuando estamos incómodos en una silla, antes de preguntarnos si lo que realmente necesitamos es levantarnos y cambiar de asiento? 

La comodidad tiene buena prensa. Todos queremos vivir cómodamente, sentirnos seguros, tener cierta estabilidad y saber qué podemos esperar mañana. No hay nada malo en ello. Necesitamos espacios donde descansar, personas con las que podamos sentirnos tranquilos y una cierta seguridad desde la que construir nuestra vida. El problema comienza cuando esa comodidad deja de ser un lugar de descanso y se convierte en un búnker del que es difícil salir. Porque la comodidad nos invita a quedarnos. Pero la incomodidad nos hace preguntarnos por qué seguimos en una situación que empieza a limitarnos y nos empuja a movernos.

Hay una imagen de la naturaleza que siempre me ha parecido muy sugerente para entenderlo. El cangrejo ermitaño utiliza conchas vacías para proteger su cuerpo. Pero crece. Llega un momento en el que aquella concha que durante un tiempo le proporcionó protección empieza a quedarle pequeña y necesita encontrar otra. La concha no se ha vuelto mala. Tampoco fue un error elegirla. Cumplió perfectamente su función durante una etapa de su vida. Sencillamente, el cangrejo ha crecido y ya no cabe cómodamente dentro de ella. Quizá crecer consista también, para nosotros, en reconocer cuándo la concha que un día nos protegió ha empezado a quedarnos pequeña.

 

No siempre podemos cambiar las circunstancias que nos rodean, pero sí podemos revisar la posición que adoptamos ante ellas"

 

Nuestra concha puede ser un trabajo, una relación afectiva, una casa, una ciudad, una determinada forma de vivir o incluso una manera de entender quiénes somos. Durante años puede habernos dado seguridad y permitirnos desarrollarnos. Pero nosotros cambiamos. Lo que necesitábamos hace diez o veinte años no tiene por qué ser necesariamente lo que necesitamos ahora. Entonces aparece la incomodidad. Algo comienza a apretarnos. Al principio apenas lo percibimos. Después buscamos pequeñas adaptaciones para continuar dentro. Hasta que llega un momento en el que resulta difícil ignorar que aquella concha ya no corresponde con la persona en la que nos hemos convertido.

Pero aquí aparece una cuestión que solemos olvidar cuando hablamos alegremente de abandonar nuestra zona de confort. Darse cuenta de que una concha nos queda pequeña no significa que podamos abandonarla inmediatamente. Entre una concha y otra existe un espacio de vulnerabilidad, y no todas las personas pueden permitirse quedar expuestas de la misma manera ni en cualquier momento de su vida. Es muy fácil decirle a alguien que deje un trabajo que le hace infeliz. Otra cosa es hacerlo cuando tiene cuarenta años, una hipoteca, dos hijos y una familia que depende de sus ingresos. También podemos tomar conciencia a los sesenta de que determinadas circunstancias de nuestra vida ya no nos permiten crecer, pero el coste, las posibilidades y las consecuencias del cambio pueden ser muy diferentes de las que hubieran existido treinta años antes.

Viktor Frankl insistió en algo que resulta esencialmente pertinente en estas situaciones: no siempre podemos cambiar las circunstancias que nos rodean, pero sí podemos revisar la posición que adoptamos ante ellas. Quizá por eso tomar conciencia de nuestra incomodidad no significa necesariamente salir corriendo, pues no debe convertirse en una orden que obedecemos impulsivamente. Escucharla no significa hacer inmediatamente lo que nos pide, sino comprender la información que nos está proporcionando. Hay momentos en los que podremos levantarnos y cambiar de silla. En otros tendremos que esperar, prepararnos, ahorrar, aprender, hablar con alguien, buscar alternativas o construir poco a poco las condiciones que nos permitan movernos sin provocar un daño mayor que aquel que queremos evitar. A veces crecer consiste precisamente en preparar otra concha antes de abandonar la que tenemos.

También existe otra incomodidad que conviene no confundir con la anterior. No siempre sentirnos incómodos significa que estemos en el lugar equivocado. Hay incomodidades que aparecen precisamente porque estamos creciendo. Aprender algo nuevo incomoda. Asumir una responsabilidad que nunca habíamos tenido incomoda. Reconocer un error, enfrentarnos a nuestros miedos, comenzar un proyecto o mantener una conversación que llevamos meses evitando también incomoda. En esos casos, salir corriendo ante la primera molestia nos devolvería rápidamente a la comodidad, pero probablemente nos impediría avanzar. Algunas incomodidades nos dicen que debemos marcharnos. Otras nos dicen que debemos permanecer y atravesarlas. La dificultad está en aprender a distinguir unas de otras.

Nos hemos acostumbrado a pensar que estar cómodos es siempre una buena señal. Pero también deberíamos preguntarnos qué precio pagamos cuando esa comodidad termina convirtiéndose en una prisión que limita nuestro crecimiento personal. Abandonar una concha conocida genera incertidumbre, aunque dentro de ella ya empecemos a sentirnos incómodos. ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos quedamos porque conocemos perfectamente lo que tenemos o empezamos a plantearnos que quizá ha llegado el momento de buscar algo diferente? No siempre podremos cambiar de concha en ese momento, ni hacerlo será necesariamente la mejor decisión. Pero la incomodidad ya nos está proporcionando una información que merece nuestra atención. Quizá la pregunta no sea todavía qué debemos cambiar, sino otra mucho más sencilla: ¿qué está pasando en mi vida para que aquello que antes me hacía sentir cómodo ahora empiece a incomodarme?

 

Dr. Pedro Juan Martín Castejón 

Profesor de Marketing en la Universidad de Murcia y ENAE Business School

Miembro del Consejo Directivo de Marketing y Comercialización (CGE)

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