No nos dábamos cuenta entonces, pero los de mi generación probablemente vivimos una de las mejores épocas para ser joven en España. Andábamos tan perdidos como cualquiera que no haya cumplido el cuarto de siglo, por supuesto. Teníamos problemas de trabajo, de amores, de estudios y de relaciones familiares. Pero, en el fondo, sin que lo tuviéramos muy claro, éramos felices. Tanto, que mi amigo Pablo Verdú apostaría todo su capital a que a mí no me gustaría volver a aquel momento. Y ganaría. Si se piensa bien, la ventaja con la que contábamos los que festeábamos en los 90 y hasta los 2000, me atrevería a decir, es que nuestro mundo era muy pequeño. Los problemas nos surgían de las alcantarillas y las soluciones las teníamos guardadas en un cajón de la cómoda. No vivimos una pandemia. Ni teníamos redes sociales que nos daban acceso a cualquier parte del mundo. Y eso facilita mucho las cosas.
Ahora sí. El confinamiento desgarró la mente y el presente de los adolescentes, que ya han entrado en la juventud. Y los móviles no es que les hayan abierto puertas que hasta entonces estaban sometidas a siete cerrojos, lo cual, en principio, no tendría por qué estar mal. La verdadera complicación es que nadie les explica lo que hay detrás de cada una de ellas, ni si necesitan manual de instrucciones, ni las claves para poder cruzarlas de regreso. La vida no es fácil, pero se maneja mejor cuando te desenvuelves en un entorno conocido. Sin cortapisas, se vuelve un agujero negro en el que lo mismo te puede absorber el terraplanismo –un conocido me contaba el otro día que tiene varios ejemplares en su ámbito familiar-, que los trastornos alimentarios, el machismo o el populismo simplón –no barato, nunca sale barato- de la ultraderecha.
Hasta la anarquía, entendida como movimiento ideológico, exige una enorme responsabilidad. De lo contrario, la madriguera del Conejo Blanco por la que cae Alicia deja de ser de Carroll y pasa a la claustrofobia de Lovecraft. Pero si desconfían cuando les demostramos que la Tierra es esférica, si no les sabemos explicar cómo hemos llegado a tener este problema de vivienda, si eludimos los debates difíciles y convenientes o si, en resumidas cuentas, no sabemos entretenerles más que un scroll infinito de TikTok, no tienen dónde aferrarse. Suben y bajan escaleras sin barandilla. Reaccionan a la realidad como quien siente la leve caminata de un insecto por la pierna, se revuelven sin control, reaccionan con el instinto de supervivencia que nos genera el miedo a lo desconocido.
Y ahí surge el caos y la ira y la desesperanza. Y las convocatorias de Blocus, la plataforma que, al parecer, está regurgitando los feroces altercados que agitan medio planeta, como en Barcelona, como en Bilbao. Toca sentarse con ellos, ayudarles con lo que de verdad necesitan, explicarles, darles paciencia, recomponer la sociedad adulta para que podamos abandonarnos en su regazo, que es lo que lleva haciendo la Humanidad desde la famosa elipsis de Kubrick en 2001, una odisea del espacio. Los que fuimos jóvenes en tiempos mejores no tenemos la llave del futuro, que nos ha pasado por encima hasta dejarnos en un territorio agreste y para el que no disponemos de mapa. Ellos sí. Son quienes han nacido en la nueva era quienes aportarán la solución para las amenazas que nos acechan, si aún les damos tiempo. Pero estamos obligados a darles un punto de apoyo, para que muevan el mundo como Arquímedes. Su nuevo mundo.
@Faroimpostor