MURCIA. Vivimos en una época en la que lo extraordinario parece haber sustituido a lo importante. Todo debe ser espectacular, inmediato y llamativo. Las redes sociales premian el ruido, la política se alimenta del enfrentamiento permanente y el éxito suele medirse por la notoriedad antes que por el servicio. Sin embargo, la verdadera grandeza continúa escondida donde siempre estuvo: en la sencillez de cada día, en las personas normales que hacen extraordinariamente bien aquello que les corresponde.
La reciente trayectoria de la selección española de fútbol y el trabajo realizado por su seleccionador han vuelto a demostrar que el talento florece cuando existe un proyecto colectivo. Pero, entre todos los nombres propios, hay uno especial: Pau Cubarsí. Su irrupción deportiva ha sido y es espectacular, pero todavía resulta más admirable la persona que deja entrever en cada entrevista y en cada gesto. Con apenas 19 años, posee una serenidad impropia de su edad. No necesita exhibirse, ni alimentar polémicas, ni construir un personaje para conquistar a la opinión pública. Habla con naturalidad, reconoce el trabajo de quienes le rodean y afronta cada éxito con una humildad que hoy resulta revolucionaria. Su historial deportivo es más que impresionante, pero lo que nos debe mover, lo que realmente sorprende es su humanidad. Es un auténtico señor.
Frente al discurso baratero de que la juventud está perdida, Pau Cabursí representa justamente lo contrario. Demuestra que existen jóvenes preparados, responsables, soñadores, alegres por los cuatro costados, con valores para dar y vender y, con una capacidad para asumir responsabilidades por muy encima de la media. Quizá el problema nunca haya sido la juventud, sino los modelos que muchas veces los adultos ofrecemos en casa.
Mientras que algunos buscan desesperadamente aparentar grandeza, él la ejerce sin necesidad de proclamarla"
Su ejemplo desmonta muchas teorías sobre la mediocridad instalada en nuestra sociedad. Mientras que algunos buscan desesperadamente aparentar grandeza, él la ejerce sin necesidad de proclamarla. Porque la verdadera grandeza no consiste en parecer importante, sino en hacer bien lo pequeño de cada día, lo ordinario.
Y ahí reside precisamente una de las grandes lecciones de nuestro tiempo: la grandeza sigue estando en lo ordinario. Está en el amor con el que uno desempeña su trabajo, en la alegría con la que afronta las dificultades, en el afán constante de superación y en esas ganas de comerse el mundo sin pisar a nadie. Esa forma de entender la vida forma parte también de nuestra tierra y de una manera profundamente humana de construir comunidad.
Desgraciadamente, cuando dirigimos la mirada hacia buena parte del mundo político, el contraste resulta inevitable. Mientras que algunos jóvenes, los hay a cientos, enseñan prudencia, responsabilidad y sentido del deber, demasiados dirigentes parecen instalados en una permanente competición por el protagonismo. Los aires de grandeza resuenan con fuerza, pero de verdadera grandeza queda bastante menos.
La política debería ser una escuela de servicio y no un escenario para el ego. Gobernar nunca debería consistir en alimentar divisiones ni en convertir al adversario en enemigo. Sin embargo, asistimos con frecuencia a un espectáculo donde el interés partidista parece imponerse sobre el bien común. Comparar determinadas actitudes con la humildad y naturalidad de Pau Cubarsí sí produce, sencillamente, vergüenza.
La humildad, el trabajo silencioso, la madurez, el respeto y la sencillez continúan siendo virtudes capaces de transformar el mundo"
Hace casi dos mil quinientos años, Platón ya advertía de uno de los grandes peligros de la política: que las personas buenas decidieran apartarse de ella, la política, por cansancio o por desprecio. Sostenía que una de las mayores desgracias consistía precisamente en dejar el gobierno de la ciudad en manos de quienes buscaban el poder por el poder.
Quizá no se trate de obligar a los buenos a entrar en política, como proponía el filósofo griego. Pero sí existe la responsabilidad moral difícil de eludir. Abandonar la comodidad cuando las circunstancias lo exigen, hacer de tripas corazón y trabajar por el prójimo, cada uno desde el lugar que ocupa. La construcción del bien común no pertenece únicamente a los políticos, es tarea de toda la sociedad.
La grandeza nunca ha dependido del cargo, del dinero o la fama. Depende de la forma de vivir. Un joven futbolista puede ofrecer hoy una lección ética mucho más profunda que muchos discursos institucionales. La humildad, el trabajo silencioso, la madurez, el respeto y la sencillez continúan siendo virtudes capaces de transformar el mundo.
Quizá haya llegado el momento de reconocer que los mayores no siempre tienen todas las respuestas. Tal vez debamos aprender de jóvenes como Pau, que sin grandes discursos enseñan, con su ejemplo cotidiano, que la verdadera excelencia consiste en seguir siendo una persona normal cuando todos esperan que uno deje de serlo. Ahí tenemos a nuestro Carlitos y al gran Rafa Nadal, Roger Federer o el mismísimo Jannik Sinner.
Pues al final, la historia siempre acaba recordando a quienes hicieron extraordinario lo ordinario. Y esa sigue siendo, ayer como hoy, la forma más auténtica de alcanzar la auténtica grandeza.
Mariano Galián Tudela
Presidente del partido nacional Valores en la Región de Murcia