Aunque la Casa Real haya rectificado quitando la horrorosa fotografía del tren y aceptado ahora, el funeral católico por las víctimas, les conviene a los Reyes de España y a sus equipos, seguir atentamente los medios de comunicación tradicionales y los nuevos -donde se cuece todo hoy día-, en los que La Corona pierde adeptos, seguidores y defensores. Y es que, en estas semanas, hemos vivido varios momentos del jefe del Estado que demuestran que está actuando desconectado de la realidad, de la sensibilidad, de la necesidad y de la inquietud del actual pueblo español, el del presente y el del futuro, el de los jóvenes.
A diferencia de su augusto padre, que sí trabajó en sintonía con parte de esa generación ansiosa de cambio durante la Transición, Felipe VI ejerce sus funciones enrocado en modelos en crisis y perjudiciales para la nación. Vean su discurso reciente en el Parlamento Europeo o cómo llamó a los presos españoles en Venezuela, retenidos... El soberano está totalmente anticuado para los importantes desafíos que atraviesa este país y la Casa del Rey -sus consejeros y funcionarios- lo están arrastrando a esa pérdida de cariño y de legitimidad. Tampoco ayuda su consorte con la verborrea de estos últimos días ni la propia vestimenta de Don Felipe en su aparición en el lugar del desastre ferroviario. La imagen es todo y un rey debe vestirse de rey y no de dominguero.
Ser fieles al Rey es contraproducente para la Monarquía Española. Lo valiente y lo útil es ser leales al Rey, una diferencia muy poco analizada desde la más alta institución. La fidelidad es a la persona, para obtener algún favor afectivo o de otra índole. La lealtad, por el contrario, es decir la verdad para salvar La Corona. Ha sido insuficiente tener al mejor monarca preparado de la historia, puesto que carece de intuición política y de empatía, como demuestra el desplante a los familiares de las víctimas del tren de Adamuz, ejerciendo de Ministro de la Realeza del Gobierno Sánchez. Optó por los políticos y abandonó al pueblo. Subsanado esto, mediante la presencia del funeral en Huelva, debería replantearse la Casa Real, más contundencia frente a Moncloa.
Muchos nos preguntamos si a su augusto padre le hubiera pasado esto. La respuesta es evidente. El anterior jefe de Estado conserva aún esa habilidad de ir reenganchándose al pueblo y a sus inquietudes -las compartamos algunos o no- y ha estado genialmente asesorado en las graves crisis. La plantilla de la Casa del Rey de Don Juan Carlos era otra cosa: profesionales ilustres y buenos consejeros. Los de ahora, a la vista está...
Si Su Majestad no cambia el rumbo de sus actos y gestos, con un golpe de timón -fuerte y eficaz-, y busca verdaderos consejeros que sean leales y no fieles -el mejor lo tiene desterrado y enfermo en Abu Dabi-, la Tercera República vendrá de la mano de los monárquicos españoles, sin lugar a duda.
Nos sentimos huérfanos en estas horas tan aciagas de la patria, tanto por las tragedias como por la corrupción total de este régimen político iniciado en 1978. No obstante, estamos convencidos de que la catarsis está cerca, y sólo los hábiles permanecerán y serán los auténticos protagonistas, junto al pueblo español, de esa nueva era anhelada.