Agosto siempre ha sido un mes indeciso. Este arranca un sábado cualquiera, todos los son en verano, con esa indeterminación de calor asfixiante, nubes estrujadas en un puño y una brisa de levante a la que hemos coartado su libertad de refrescar el ambiente. Es por la tarde, en una playa cualquiera, todas lo son en verano, y una mujer vestida con doble capa negra hasta los tobillos, y tocada con un hijab marrón, se aventura hacia la orilla. Entra apenas unos metros, lo suficiente para que las olas, que baten con el ímpetu de un niño juguetón, le golpeen por debajo de la cintura. Se coloca de espaldas al horizonte. Salta, se asombra, disfruta. Se le ve en la cara. Sonríe como probablemente no lo hacía desde que era niña, poco antes de ser madre. Su hijo, un muchacho bien esculpido por la genética y el gimnasio, juega con un crío en la arena. Es el nieto de la señora, que gana en el torrefacto Mediterráneo toneladas de la libertad que le arrebatan la vida, los quehaceres, las preocupaciones, la lejanía, los tajines y unos cuantos preceptos mal entendidos. Decenas de olas después, vuelve a la arena y deja paso a su nuera, que no esconde su melena rubia y recogida en una trenza, pero sí vela apenas con un tul negro su biquini, verde y blanco. Se divierte, pero su rostro no viaja a la infancia como el de su joven suegra. Una gaviota picotea un pedazo de pan arenoso. Los bañistas planean mentalmente la cena. Hace rato que los servicios de vigilancia playera han arriado la bandera amarilla.
Días después, agosto sigue dubitativo. En casa, donde no entra una sola corriente de aire, pese a que han recibido invitación, me asomo a mi otra realidad, que es la de los medios de comunicación. Veo publicada una foto en la que aparece otra mujer cubierta de arriba abajo con varias capas de blanco marfileño, con un hijab marrón claro. Está sentada en un espigón de Ceuta, con esa mirada triste que nunca termina de borrarse. El pie de foto indica que se trata de una madre que espera noticias de su hijo, desaparecido en otra playa que hemos convertido en frontera, donde las olas apenas aguantan el peso de miles de chanclas que flotan sobre el agua cristalina. No sabe si está vivo o muerto. Probablemente no entienda de donde vino el aire de la desbandada. Probablemente sí entienda por qué la generación de su pequeño, todos los hijos lo son, tengan la edad que tengan, la dejó en casa con su vida, sus quehaceres, sus preocupaciones, su lejanía, sus tajines y unos cuantos preceptos mal entendidos. Está de espaldas al Mediterráneo, como si no quisiera ver la trampa en la que se esconden la libertad, el futuro y los planes para la cena de varias generaciones como la de su niño. Ni las gaviotas se apoyan sobre las alambradas de la frontera. Los bañistas han modificado sus rutinas habituales. Varios migrantes se refrescan con la manguera del jardín de un cementerio cercano. Europa mantiene la bandera roja izada en lo alto de los mástiles.
@Faroimpostor