¡Envidiadme: yo nací en una casa con terraza y balcones! Hoy, la palabra terraza se ha jibarizado, y es la que todos (¿) tenemos en casa, como exterior del salón o cuarto de estar. En mis tiempos de niño, la terraza era la azotea. Pero azotea quedó como palabra antigua y se generalizó terraza. La terraza era comunal, y las señoras y las “chachas”, con todo respeto a las tales, subían a tender la ropa.
Carlos Saura poetizó muy bien aquel mundo de sábanas al sol y equívocas sombras proyectadas mentidamente sobre los lienzos que bufaba el viento, siempre débil. Lo hizo en Pajarico, la mejor película de toda su producción. Un canto sereno y lúcido a la Murcia que yo conocí de niño; años sesenta.
Pero también era el espacio abierto, infinito, en comparación con las habitaciones sobre las que estaba construida. La panorámica de la calle era más ancha, se hacía más paisaje que lo observado desde los balcones. Los balcones, otra maravilla que ponía la libertad al servicio de la vista de los habitantes de la casa.
Un balcón abierto era un abrir la casa al fresco. García Lorca lo dejó escrito: “Si muero / dejad el balcón abierto…”. Las puertas, los visillos, los postigos, semicerrados a la hora de siesta de mayo a septiembre. ¡Y qué fresca humedad fluía hacia adentro y por debajo, de esos balcones semicerrados, produciendo la angostura que el aire necesita para enfriarse un poco!
Recuerdo mi cara, mi mejilla, sobre las losas del suelo, recibiendo aquel fresco inusitado. La penumbra refrescaba: vieja sabiduría de amas de casa de tierra cálida. Y las 2x12 losas externas del balcón, con su férrea baranda. Los brazos sobre la alineada barra, apoyados para que la vista mirase más descansada. Y las persianas de cáñamo, con su cuerda, arriba la garrucha chica por la que giraban, haciendo izar o levar la enrrolladura de las lejas sabiamente unidas.
Las casas han perdido mucho cambiando balcones por ventanas. Y; encima ventanas de cristales correderos, que únicamente dejan media abertura para saludar al exterior. ¡Cuánto hemos perdido con haber dejado aquel mundo de balcones!
Las terrazas son hoy áticos, ya no al servicio de todos, sino de los más pudientes. Las terrazas eran campo de fútbol, espacio para jugar al “un, dos, tres: esconderite inglés” o al “pañuelo”: ¡cógelo y corre! Y las mañanas de Reyes, con todos los juguetes nuevos, y espacio para gozarlos…
Aquel paraíso de terrazas y balcones no fue paraíso porque yo, y muchos, gozáramos nuestra infancia de aquella feliz inocencia, cuando la década quebraba el siglo pasado. Fue paraíso, porque eran elementos de una arquitectura más humana y más libre.