MURCIA. Murcia se ha despertado hoy con un silencio que se nota en el aire. No era el bullicio de siempre en el centro; esta mañana la ciudad se movía al paso lento de miles de personas que se han acercado al Ayuntamiento solo para decir adiós. No había prisa, ni citas, ni papeles. Solo una marea de gente que quería devolverle a José Ballesta un poco del cariño que él le regaló a su tierra. El alcalde que buscó la excelencia hasta su último aliento, fallecido este domingo a los 67 años, ya no es de unos o de otros; hoy es de todos.
Lo que se vive en las puertas del Ayuntamiento es el retrato de una devoción que no entiende de edades ni de carnés. Resulta conmovedor ver a un hombre que, con las manos temblorosas y apenas fuerzas para salvar los escalones del consistorio, se aferra a la barandilla con una determinación asombrosa. "Cualquier esfuerzo es poco por él", confiesa. A su lado, señoras con andador, jóvenes en silencio y personas en silla de ruedas aguardan su turno. No hay prisa, solo el respeto sagrado de quien va a despedir a un familiar. Como decía una mujer que esperaba paciente junto a su marido: "Confiábamos en él porque sabíamos que era más que un político; era alguien que quería a Murcia con pasión y siempre lo demostró".
El catedrático que amó su tierra
José Ballesta fue muchas cosas: el brillante catedrático de Medicina, el rector que transformó la Universidad, el portavoz y el consejero. Pero, por encima de los cargos, fue el murciano que entregó su tiempo y su salud a esta ciudad. Incluso cuando la enfermedad golpeaba con más dureza, su vocación de servicio público fue su medicina. Sus compañeros lo definen hoy como "un murciano de los de verdad", alguien que entendía que gobernar no era mandar, sino cuidar de su casa grande.
Ahora será Rebeca Pérez quien asuma el timón en funciones hasta las próximas elecciones, pero hoy nadie piensa en plenos ni en votos. Hoy Murcia solo piensa en ese hombre que buscaba la perfección en cada rincón del municipio y que, al marcharse, ha conseguido algo casi imposible en estos tiempos: que toda una ciudad, sin importar su ideología, se ponga de acuerdo para decir, entre lágrimas, que le echará de menos.
Un duelo que borra las fronteras políticas
Lejos de los focos y los discursos habituales, la política ha bajado hoy las banderas. Es ahí, entre las sillas donde tantas veces anunció proyectos, donde se ha visto a la oposición rota, con lágrimas en los ojos, abrazando a los compañeros de gobierno. Es el respeto a "la buena persona", al hombre que siempre tenía una palabra elegante para el rival.