De la Fuente se acuerda en su investidura como doctor honoris causa por la UCAM de Gavi y Pedri

Deportes

FÚTBOL. SELECCIÓN ESPAÑOLA

El seleccionador remarcó que "los logros más memorables no son aquellos que conseguimos de manera individual, sino aquellos que alcanzamos junto a las personas con las que hemos construido lazos auténticos" y que "las victorias fortalecen la confianza y las derrotas, el carácter, y ambos aprendizajes son necesarios"

  • Luis de la Fuente.
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MURCIA. El seleccionador nacional de fútbol, Luis de la Fuente Castillo, el hombre que guio a España a conquistar los títulos del Mundial, la Eurocopa y la Liga de Naciones, fue investido este jueves como doctor honoris causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM) y, además de agradecer el nombramiento, habló de valores en su discurso y citó a sus jugadores Pablo Páez "Gavi" y Pedro González "Pedri", ambos lesionados en citas internacionales bajo su tutela, además de al tenista Rafa Nadal, entre otros deportistas. Además, remarcó que "los logros más memorables no son aquellos que conseguimos de manera individual, sino aquellos que alcanzamos junto a las personas con las que hemos construido lazos auténticos" y que "las victorias fortalecen la confianza y las derrotas, el carácter, y ambos aprendizajes son necesarios".

Su alocución fue completa fue así:

"Excelentísimo señor presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, excelentísimo y reverendísimo señor obispo de la Diócesis de Cartagena, rectora magnífica de la Universidad Católica San Antonio de Murcia, excelentísimas e ilustrísimas autoridades, estimados miembros del Patronato y del Claustro de Profesores de la Universidad Católica San Antonio de Murcia, querida madrina, presidente y miembros del Comité Olímpico Español, señoras y señores:

Cuando era un niño, jamás imaginé que un balón pudiera traerme hasta un lugar como esta Universidad. Tampoco sospeché que, después de miles de entrenamientos, viajes, victorias y derrotas, la lección más importante que me dejaría el fútbol no tendría que ver con los goles ni con los títulos, sino con las personas.

Es por ello por lo que, en primer lugar, quiero agradeceros que hayáis pensado en mí para recibir este doctorado. No sé si lo merezco o, al menos, prefiero pensar que es producto, sin duda alguna, de vuestro cariño por la Selección, a la que represento en estos momentos como voz única de una pasión común.

Aceptar la máxima distinción que otorga esta Universidad es un motivo de profundo orgullo, pero, sobre todo, es una responsabilidad intelectual y ética. Y me gustaría no defraudar las expectativas que habéis puesto en mí.

La solidaridad surge de manera natural cuando las personas se sienten valoradas, respetadas y queridas. Lo vemos cuando un jugador lesionado recibe el apoyo del grupo. Recuerdo la desolación en el vestuario de Valladolid tras la lesión de Gavi o a Alejandro Remiro cargando en brazos a Pedri en la Eurocopa de 2024 para que llegase junto al resto de sus compañeros. También ocurre cuando un compañero atraviesa un problema personal, sabe que no está solo y puede apoyarse en el de al lado. Es el momento en el que renuncia al protagonismo individual porque entiende que el bien común es más importante. Es en esos instantes cuando el equipo deja de ser una suma de individuos y se convierte en una comunidad, en una familia.

Sinceramente, creo que esta es una de las grandes aportaciones del deporte a nuestra sociedad. Nos encontramos en una época en la que muchas personas experimentan aislamiento o falta de pertenencia. El deporte nos recuerda que nadie está llamado a recorrer el camino solo. Nos enseña que la fortaleza individual crece cuando nos sentimos parte de algo más grande.

Aprendemos que cuidar de los demás y, sobre todo, dejarnos cuidar no es una debilidad, sino una fortaleza. Y que los logros más memorables no son aquellos que conseguimos de manera individual, sino aquellos que alcanzamos junto a las personas con las que hemos construido lazos auténticos.

A menudo nos fijamos solo en los triunfos, en las medallas y en ganar campeonatos. He tenido la suerte de vivir algunos de esos momentos, pero, como dice mi admiradísimo Rafa Nadal, por mucho que triunfes, siempre se pierde más que se gana.

Con el paso del tiempo se comprende que los títulos ocupan una vitrina, mientras que las personas ocupan el corazón. Los trofeos se recuerdan. La familia se lleva para siempre.

A lo largo de este pasado Mundial ha quedado patente mi afición por Roma y mi pasión por Marco Aurelio. Creo que inspirarnos en el pasado siempre nos hará avanzar hacia el futuro. Hay una idea de Marco Aurelio que siempre me ha acompañado. Decía que lo que no es bueno para la colmena tampoco es bueno para la abeja. Es una frase sencilla, pero encierra una enorme sabiduría.

Con frecuencia pensamos en el éxito de forma individual. Nos preguntamos qué podemos conseguir para nosotros. Sin embargo, las sociedades avanzan cuando nos preguntamos qué podemos aportar al colectivo. El deporte nos enseña precisamente eso. Nos recuerda que formamos parte de una misma comunidad, que nuestras acciones tienen consecuencias sobre quienes nos rodean y que el respeto, la disciplina y la responsabilidad no son conceptos abstractos y obsoletos, sino decisiones vitales y cotidianas. Marco Aurelio y los estoicos hablaban de centrarse en aquello que depende de nosotros y de no perder esfuerzos en lo que no podemos cambiar.

No podemos controlar el resultado de un partido ni las decisiones arbitrales. Tampoco podemos controlar muchas de las circunstancias que nos rodean. Antes de empezar el Mundial, hablamos con los jugadores y les dijimos que teníamos por delante miles y miles de kilómetros, cambios de huso horario y traslados intempestivos. Habíamos trabajado para tener las mejores condiciones, pero había cuestiones que escapaban a nuestras posibilidades de acción. En más de 50 días no hubo una sola protesta. Porque lo que sí podemos controlar es nuestra actitud.

Podemos controlar nuestro esfuerzo, nuestra conducta y nuestra capacidad de perseverar. Podemos controlar el tiempo que dedicamos a aquello que no ocurre como deseamos, pero lo importante es centrarnos en reparar lo que está en nuestras manos y abandonar aquello que sólo nos distrae y nos impide alcanzar nuestros objetivos, sean estos los que sean.

Creo que esa enseñanza resulta especialmente valiosa para los jóvenes. Porque vivimos en una cultura en la que muchas veces se exalta el resultado y se olvida el proceso. Necesitamos el éxito inmediato. Las recompensas instantáneas. Pero el deporte sigue transmitiendo una verdad eterna: no existe atajo para el trabajo bien hecho. Los logros importantes requieren tiempo, paciencia, sacrificio, constancia y carácter.

Julio César decía "no hay un gran logro sin sufrimiento". Por eso quiero dirigirme especialmente a los estudiantes. Algunos de vosotros os convertiréis en entrenadores. Otros seréis investigadores u os vincularéis a la gestión deportiva, a la educación física o a la preparación de deportistas. Permitidme una reflexión nacida de la experiencia. Vuestra influencia será mucho mayor de lo que imagináis. Quizás no forméis campeones del mundo ni entrenéis en estadios llenos. Pero seguramente tendréis la oportunidad de impactar en la vida de cientos o miles de personas. Algo extraordinario.

A veces olvidamos que detrás de cada deportista hay una persona. Un niño inseguro, una adolescente que busca la confianza en sí misma, un joven que necesita encontrar su lugar en el mundo. Por eso, educar a través del deporte implica una enorme responsabilidad. No basta con enseñar táctica ni con entrenar la condición física. Hay que formar personas.

A lo largo de mi carrera he conocido a personas de culturas, idiomas y creencias muy diferentes. Y esa experiencia me ha reafirmado en una convicción profunda. Creo en la bondad de las personas. Creo que la inmensa mayoría desea hacer el bien, aunque a veces el ruido que hace la minoría se escuche más.

En mi opinión, buscamos ser útiles y tenemos la aspiración de dejar una huella positiva en la sociedad. A veces fallaremos, tomaremos malas decisiones o cometeremos errores. Como decía antes, la perfección no existe. Pero he comprobado una y otra vez que, cuando las personas reciben confianza, responsabilidad y oportunidades, suelen sacar a relucir lo mejor de sí mismas.

Un entrenador debe ayudar a los deportistas a su cargo a crecer y a descubrir virtudes y capacidades que no creían tener. Debe ser un mentor. Esta es una Universidad con vocación católica y quiero manifestar, entre sus muros, que mi fe católica también me ha ayudado a entender el deporte desde esta perspectiva. La dignidad de la persona está por encima de cualquier resultado. Un campeonato es maravilloso. Un trofeo genera felicidad. Una victoria se celebra.

Pero nada de esto define completamente quiénes somos. Nuestro valor no depende del marcador ni de la fama. No depende de los aplausos. Depende de cómo vivimos, del trato que dispensamos a los demás y de nuestra respuesta ante las dificultades. Y en el deporte, como en la vida, tarde o temprano todos conocemos la derrota. Y quizá sea precisamente ahí donde aparecen las lecciones más importantes. Las victorias nos dan alegría. Las derrotas, profundidad. Las victorias fortalecen la confianza. Las derrotas, el carácter. Y ambos aprendizajes son necesarios.

Cuando pienso en los referentes que necesitan nuestros jóvenes, no pienso en personas perfectas. Creo que no existen. Más bien pienso en personas coherentes, aquellas que intentan vivir de acuerdo con sus principios, reconocen sus errores y se esfuerzan por enmendarlos. El mundo, la sociedad y, por supuesto, la juventud necesitan referentes así. Aquellos que entienden que la grandeza no consiste en ser superior a los demás, sino en ser mejor que uno mismo cada día.

Cuando me preguntan qué significa el deporte en mi vida, siempre contesto que, más allá de lo saludable que es y de verme más o menos bien, lo que más satisfacción me reporta es la motivación de superarme a mí mismo. Ese es mi objetivo y nunca dejo de intentarlo. Todos creemos que se necesitan ejemplos de esfuerzo, de integridad, de respeto y de humildad. Y el deporte tiene una capacidad extraordinaria para ofrecerlos a través de cada entrenador, profesor, investigador, dirigente y deportista. Todos somos modelos para alguien. Y la pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿qué ejemplo estamos ofreciendo?

Por último, me gustaría realizar una última reflexión. Durante los muchísimos años que llevo dedicado al mundo del fútbol, después de tantos viajes, partidos y campeonatos, he llegado a una conclusión muy sencilla. En mi memoria, aquello que permanece más nítido no siempre son las victorias, sino, más bien, quienes nos acompañaron en el camino. Los abrazos, las conversaciones, la confianza compartida. La sensación de haber formado parte de algo más grande que uno mismo.

Y eso, precisamente eso, es lo que el deporte puede ofrecer a la sociedad: enseñar que liderar no es sinónimo de imponerse y que el éxito tiene más sentido cuando se comparte. Que la excelencia deportiva debe ir acompañada de excelencia humana. La verdadera victoria no consiste únicamente en ganar partidos -aunque ganar sea muy importante-. Repito una vez más que no nos engañemos, porque sin las victorias no estaríamos aquí.

Pero la verdadera victoria consiste en formar mujeres y hombres íntegros, capaces de servir a los demás, de trabajar juntos y de construir una sociedad mejor. Si logramos eso, los trofeos, los récords y las victorias serán importantes, pero habremos logrado algo infinitamente más valioso. Habremos convertido el deporte en una auténtica escuela de vida. Habremos conseguido que nos trascienda y que sirva para transformar vidas. Esa será la mayor victoria que podamos conseguir.

De nuevo y una vez más, excelentísima señora presidenta, excelentísimas e ilustrísimas autoridades, miembros del Patronato y del Claustro de Profesores, querida madrina, querido Alejandro, señoras y señores: Muchas gracias por este honor y creedme de verdad cuando os digo que, a partir de ahora, intentaré estar cada día un poquito más a la altura de este reconocimiento".

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