'Sunshine Hotel': Cuando en el capitalismo el siguiente sin techo puedes ser tú

Series y televisión

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

Un documental hecho sin apenas presupuesto retrató un hostal para huéspedes al borde de la indigencia. Muchos de ellos habían sido profesionales, pero algo falló

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VALÈNCIA. Creo que no existe mayor símbolo de lo que es el capitalismo sin control y la mentalidad estadounidense que la historia de Nueva York, una ciudad cuyo alcalde ha traído el escándalo por declarar que su ideología es el socialismo democrático. Al respecto, me hizo gracia recientemente leer una columna de opinión en el New York Times que aseguraba que algunos locatis de esa ciudad podían verse seducidos por esas ideas, pero que nunca funcionarían en el resto de Estados Unidos porque era una “ideología fallida”. ¿Más fallido el socialismo democrático europeo que el capitalismo estadounidense? Lo dudo. 

Porque el legado de la ciudad, como digo, viene bien si queremos analizar lo que ese comentarista califica, por oposición, como “ideas de éxito”. Hay que partir de que, tras intentar aplicar políticas sociales en un contexto de desindustrialización, Nueva York fue enviada a la ruina por el propio gobierno federal y eso supuso dos décadas, los 70 y los 80, de escenarios prácticamente bélicos y postapocalípticos en sus otrora barrios populares, más epidemias de heroína, primero, y crack, después. Y luego podemos ver Sunshine Hotel, un documental rodado a finales de los 90 en Lower Manhattan, justo antes de que la gentrificación cambiara la isla por completo. 

El autor, Michael Dominic, reunió imágenes y testimonios de lo que eran las flophouses, alojamientos urbanos extremadamente baratos donde solían refugiarse las personas sin recursos. Eran peores que un hostal, más que habitaciones eran cubículos de 1,2x1,8 metros. Estaban diseñados para que el huésped pudiera sobrevivir una noche más, punto. En 1999, cuando se rodó, había 125 residentes. Pocos años después, el inmueble fue reconvertido y ahora es una de las zonas más caras de Manhattan. 

Ahí vivían personajes que no tenían donde ir y estaban al límite. Podían tener desde adicción a las drogas a enfermedades mentales, problemas de salud que les habían arruinado o, simplemente, una racha de mala suerte, lo que en Estados Unidos a quien no tiene una red familiar le puede suponer pasar de arquitecto a sin techo de un día para otro. 

Precisamente, esa era la parte más interesante del documental, cuando se atrevía a derribar los mitos o ideas preconcebidas sobre los sin techo o la gente que está a punto de serlo. A esas historias se accedía por el relato de Nathan Smith, gerente del hotel, que revelaba que ahí había habido médicos, abogados y profesionales cualificados de todo tipo que, por avatares de la vida, habían acabado completamente solos y sin dinero. 

Este personaje, cicerone de la película, habla con toda normalidad de lo que le pasa a sus huéspedes, sin ningún tipo de juicio por medio. Antes, trabajaba como pianista en night clubs y había sido taxista, por lo que durante los años 70 y 80 se podría decir que había hecho un máster sobre todo lo que puede ofrecer Nueva York. En un momento, por ejemplo, a un huésped le da un ataque epiléptico en el baño y él lleva el asunto con total parsimonia sin alterarse lo más mínimo. 

Entretanto, otros de los personajes pueden estar pintando sus acuarelas o departiendo sobre filosofía mientras una prostituta trans tiene que hacer la calle solo para poder pagarse ese cubículo y dormir bajo un techo cada día… Todo en un ambiente en el que Dominic trata de no ser un intruso y deja que todo el mundo hable y se exprese. Una idea cinematográfica y artísticamente interesante, pero que pasada por quince años de Callejeros y programas de televisión morbosos ha acabado ligeramente desgastada. 

No obstante, el autor no tenía ninguna premeditación. Años atrás, había trabajado como camarero en un restaurante de la zona, donde algunos clientes residían en flophouses de este tipo. Tiempo después, un reportaje de la radio pública estadounidense, NPR, analizó estas pensiones y se decidió a volver y hacerse amigo de Nathan Smith, que en un principio se negaba a que se filmara un documental sobre su trabajo, pero logró convencerlo. 

La industria audiovisual y sus productoras son un ejemplo paradigmático de uso instrumental de otras personas. Sus profesionales, cuando quieren algo de alguien son melosos y pesados, imposibles de quitar de encima, cuando es al revés: no existen. Son una trituradora voraz, pero en este caso Dominic no pasó por ahí, se aprovechó rodando y luego se fue. Se quedó como amigo de Smith hasta que se murió. Siguieron quedando para ver combates de boxeo y lo hacía en casa del director. Pregunten si esto es habitual entre los periodistas que ruedan documentales sobre miseria.

Dominic venía del celuloide, pero esta película la hizo con sus ahorros y una cámara digital Sony DV-CAM. A finales de los noventa fue justo cuando empezó esa oleada de documentales rodados con esta tecnología mucho más asequible y barata. Este caso fue uno de los pioneros. Eso sí, no sabía cómo hacer un documental. Solo había trabajado en ficción y videoclips. Tuvo que comprarse el manual de Michael Rabiger de cine documental para aprender sobre la marcha cómo se hacía. 

Para poner cierta distancia entre los personajes y él, dejó que todo lo narrara Smith. Los textos los escribieron juntos y acabó firmándole como co-autor. Tampoco quiso añadir ninguna banda sonora que manipulase emocionalmente al espectador, el jazz que se escucha en los pasillos del Sunshine Hotel es el que tenían puesto. Solo se usa Clair de lune al principio, pero por una sencilla razón, porque la escuchó un día dentro del hostal. 

Puede que este acercamiento de Dominic tenga algo de safari, como un Sean Baker aún más radical. En su momento, el director dice que había poesía en esos personajes y que no pretendía aportar soluciones, solo mostrarlos. Si con eso lograba que la gente fuera más tolerante con ellos, le parecía suficiente. Por lo pronto, lo que podemos decir es que un testimonio de aquella época de estas características merece más la pena que buena parte de la cartelera de aquella época como valioso testimonio de un mundo de un tiempo pasado, pero con una salvedad: la gentrificación no ha acabado con él, solo lo ha desplazado.

 

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