Pepi, la chica de ojos verdes que encendió el rock en Murcia… y más de un corazón

Murcia Plaza Cultura

Estaba tras el mostrador de La Alegría de la Huerta, donde además de vender discos se instaló la primera escalera mecánica de la ciudad

1 / 7
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

MURCIA. Pepita bajaba la aguja sobre el vinilo y comenzaba la ceremonia.

Al otro lado del mostrador esperaba un muchacho que quizá llevaba varios días ahorrando para comprarse aquel disco. No había escuchado más que unos segundos en la radio, alguien le había hablado de él o simplemente le fascinaba aquella portada. Antes de decidirse, podía oírlo.

Pepita colocaba el disco, dejaba caer suavemente la aguja y durante unos minutos desaparecía Murcia.

Solo quedaban una canción, un tocadiscos y las ganas enormes de descubrir qué estaba ocurriendo musicalmente en el mundo.

Pero había un pequeño problema.

No todos los muchachos que entraban querían escuchar el disco.

Algunos ya sabían perfectamente cómo sonaba.

Lo que querían era verla a ella.

Pepita era joven, guapa y tenía unos ojos verdes difíciles de ignorar. Y entre sus admiradores había no pocos músicos murcianos que encontraron una excusa perfecta para acercarse al mostrador de La Alegría de la Huerta.

-¿Ha llegado algo nuevo?

Probablemente daba igual la respuesta.

Había que escuchar la última novedad. Y si para escucharla había que quedarse unos minutos junto a Pepita, mucho mejor.

  • Pepi en una tienda de discos -

Aquello también formó parte de la historia del rock murciano.

Porque la historia de la música no está hecha solamente de guitarras, escenarios y discos. También está construida con pequeños lugares donde una generación se encontraba, hablaba, se enamoraba y descubría que más allá de nuestras calles estaba ocurriendo algo extraordinario.

Y La Alegría de la Huerta fue uno de aquellos lugares.

La escalera que llevaba al futuro

Había además algo que convertía la llegada a aquella galería comercial en toda una experiencia.

Allí se instaló la primera escalera mecánica que tuvo Murcia.

Hoy puede parecer una anécdota insignificante. Entonces no lo era.

Para quienes habíamos crecido subiendo escaleras peldaño a peldaño, aquello tenía algo de prodigio. Ponías un pie sobre un escalón y la máquina te llevaba. Murcia descubría de repente que las escaleras también podían moverse.

Puede parecer exagerado decirlo ahora, pero aquella escalera y aquellos discos pertenecían de alguna manera al mismo mundo.

Todo se estaba poniendo en movimiento.

La ciudad cambiaba. Los jóvenes cambiábamos. Cambiaba nuestra forma de vestir, de bailar, de llevar el pelo y hasta de relacionarnos con nuestros padres.

Y cambiaba, sobre todo, la música.

  • Pepi bailando -

Los discos que llegaban hasta aquellas tiendas traían noticias de otro planeta: guitarras eléctricas, baterías, voces nuevas y una manera distinta de entender la juventud.

La escalera mecánica te llevaba hasta la galería.

Pepita y sus discos te llevaban bastante más lejos.

Cuando para escuchar música había que buscarla.

Las generaciones actuales difícilmente pueden imaginarlo.

Hoy escribes el nombre de una canción en un teléfono y, unos segundos después, la estás escuchando. Nosotros teníamos que perseguir las canciones.

Esperábamos que sonaran en la radio. Preguntábamos a un amigo. Buscábamos el disco. Mirábamos escaparates. Ahorrábamos.

Y acudíamos a las tiendas.

Ritmo, Carrot's, La Alegría de la Huerta... aquellos establecimientos fueron mucho más que comercios. Eran nuestros particulares centros de información musical.

Allí se sabía qué acababa de llegar, qué grupo comenzaba a despuntar y qué canción estaba poniendo patas arriba Inglaterra, Estados Unidos o media Europa.

No existía internet.

Existía el mostrador.

Y detrás de aquel mostrador había personas que conocían la música y, algo todavía más importante, conocían a quienes entraban buscando música.

Pepita era una de ellas.

Con los años, muchos de aquellos muchachos acabarían formando grupos. Algunos subirían a escenarios, otros abandonarían la guitarra cuando llegaron el trabajo, el matrimonio y los hijos. Algunos continuaron tocando durante toda su vida.

Pero durante una época todos compartieron algo: aquella fascinación por los discos recién llegados.

Bueno...

Por los discos y por los ojos verdes de quien los ponía.

La chica de los ojos verdes

Quizá por eso Pepita terminó formando parte de la memoria sentimental de los pioneros del rock murciano sin haber empuñado una guitarra ni subido a un escenario.

No le hizo falta.

Desde detrás de aquel mostrador vio pasar una generación.

  • Pepi modelo -

Muchachos con pantalones estrechos, acampanados, tupés, guitarras, sueños y muy poco dinero. Jóvenes que podían pasarse media tarde hablando de una canción y que discutían apasionadamente sobre si un grupo era mejor que otro.

Algunos entrarían de verdad buscando una novedad.

Otros inventarían la novedad que hiciera falta para volver a verla.

Me gusta imaginarlos llegando con expresión muy seria:

-Pepita, ¿te ha llegado el último disco?

Y a Pepita, que seguramente sabía perfectamente a qué habían venido, poniendo el vinilo una vez más.

La aguja descendía.

Comenzaba a sonar la música.

Y ninguno de ellos podía sospechar que, sesenta años después, recordaríamos todavía aquella escena.

Los lugares que permanecen

Las ciudades pierden establecimientos, cambian escaparates y derriban edificios. Desaparecen lugares que creíamos eternos.

Pero existe una geografía que no figura en ningún plano.

Es la geografía de la memoria.

En ella siguen abiertos algunos cines que ya cerraron, continúan funcionando bares que desaparecieron hace décadas y todavía podemos entrar en tiendas que físicamente ya no existen.

La Alegría de la Huerta pertenece a esa Murcia.

Y Pepita también.

Porque cuando contamos la historia del rock de nuestra Región solemos hablar de cantantes, guitarristas, baterías, conjuntos, salas y canciones.

Pero alrededor de todos ellos hubo otras personas sin las cuales aquella historia estaría incompleta.

Personas que vendieron los discos.

Que recomendaron canciones.

Que permitieron escucharlas.

Que estuvieron allí cuando todo comenzaba.

Pepita fue una de ellas.

Y quizá por eso, cuando vuelvo mentalmente a aquella Murcia, no recuerdo solamente una tienda de discos.

Veo una galería comercial.

Veo la primera escalera mecánica de Murcia avanzando lentamente.

Veo subir por ella a unos muchachos que querían descubrir el rock and roll.

Y al final del recorrido veo a una muchacha joven detrás de un mostrador.

Tiene un disco entre las manos.

Tiene una aguja preparada para caer sobre el vinilo.

Y tiene unos enormes ojos verdes.

Aunque, después de tantos años, ya podemos contar el secreto: algunos de aquellos músicos nunca fueron allí por el disco.

Fueron por Pepita.

  • Pepi reina -

 

Recibe toda la actualidad
Murcia Plaza

Recibe toda la actualidad de Murcia Plaza en tu correo